Job estaba pasando un tiempo duro, había perdido a sus seres queridos y, al mismo tiempo, sus posesiones, por lo que se encontraba en duelo e inestable económicamente. Además, enferma con una plaga maligna que le causaba dolor desde la cabeza a los pies. Al ver esta situación, la esposa de Job muestra una actitud no esperada:
“Entonces le dijo su mujer: ¿Aún retienes tu integridad? Maldice a Dios, y muérete. Y él le dijo: Como suele hablar cualquiera de las mujeres fatuas (insensatas), has hablado. ¿Pues qué? ¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos? En todo esto no pecó Job con sus labios.” Job 2:9-10 RVR 1960
En medio del sufrimiento que le producían todas aquellas llagas, y sin saber cuándo algo de su situación iba a cambiar, Job se mantuvo firme. Él le dijo: “No puedes hablar de esa manera.” Y además le hace una pregunta muy significativa: “Recibimos el bien de parte de Dios, ¿y no recibiremos también el mal?”.En otras palabras, Job le decía: ¿No tiene Él el derecho de hacerlo? ¿No es Él el alfarero y nosotros el barro? ¿No es Él el pastor y nosotros las ovejas? ¿No es Él el amo y nosotros los siervos? Job era un hombre temeroso de Dios en todo tiempo, sabía quién era Él, por lo tanto, no podía pensar en alejarse de su presencia por difícil que fuera lo que estaba afrontando.
Y Jehová dijo a Satanás: ¿No has considerado a mi siervo Job, que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal? Job 1:8 RVR 1960