En todos lados leemos o escuchamos esto: "Todo lo que necesitas es…", y al hacer esta apreciación me puse a pensar profundamente, en qué es lo que en realidad necesito. Ahí es donde está lo realmente complicado, lo más profundo.
Todos necesitamos lo básico para vivir, familia, alimento, agua, luz, ropa, un techo, cuidar la salud, trabajo, entre otras cosas que quizá no valoramos en el día a día.
Pero muchos quizá necesiten lujos, coches, fiestas, mucho dinero, un físico perfecto, y miles de “amigos” que aplaudan todo lo que hacen, o... simplemente necesitan aparentar ser el centro del universo, lo que supone una inseguridad terrible, disfrazada de una superioridad insoportable o de una falsa humildad....
...Otros pueden requerir algún tipo de atención o cuidados de salud especiales; por alguna condición tienen que enfrentarse a una patología enfermiza y no se quejan de su vida como, normalmente, hacemos casi todos los demás...
Y puede haber, finalmente, los que necesitan soledad, tristeza..., para hacer de su vida, una triste vida.
¡Qué se yo!, en muchos de estos aspectos he encajado alguna vez. No reconocer ciertas condiciones en mi vida, me llevó a tener tropezones en mi interior de los cuales, aunque duras y no muy justas, aprendí sus lecciones.
Sin embargo, hoy recuerdo unas sabias palabras que escuché hace tiempo en un autobús camino a la universidad: La vida no es el derecho que te ganas por hacer un duro trabajo, por tener un rostro bonito o simplemente, porque sí; la vida es un regalo inmerecido, muchas veces poco valorado, maltratado o ignorado; olvidamos cuidarla y sobre todo, darle el lugar que merece. Olvidamos que es un tesoro que Dios nos puso en las manos para cuidarlo y hacer del mismo, una hermosa obra de arte.