Un niño hizo un bote de papel, y fue tanto el esmero que puso para que quedara bien, que llegó a ser lo mejor que tenía. Lo llevaba a todos lados, lo dejaba en los pequeños riachuelos y lo contemplaba todo el tiempo; pero de repente sucedió algo inesperado: el bote se perdió. El niño muy asustado, comenzó a buscarlo, recorrió calles, tiendas y no lograba hallarlo; a pesar de que pasaron varios días, continuó con la búsqueda hasta que por fin lo encontró. Estaba en una tienda de antigüedades colocado en el mostrador.
El niño entró rápidamente, solicitó al vendedor que le devolviera su bote, pero éste se negó diciéndole que él lo había comprado y que de igual manera, el niño debería hacerlo. Al escuchar esto, el pequeño corrió a casa, sacó todos sus ahorros y regresó a la tienda, compró su bote y al salir le dijo “botecito, cuando te hice yo te amaba, pero al comprarte y recuperarte te amo doblemente.”
Esta ilustración ejemplifica el amor de Dios; la Palabra dice que nosotros somos su creación. Él nos hizo a imagen y semejanza suya, nos formó y ya nos conocía aun antes de que estuviésemos en el vientre de nuestra madre.
Sin embargo, por nuestros pecados, nos alejamos, quisimos experimentar la vida y lo que nos ofrecía, nos apartamos de Él y por mucho tiempo hemos permanecido así, distantes de Dios, de sus propósitos, de sus sueños para con nuestras vidas.