“Porque vuestra obediencia ha venido a ser notoria a todos, así que me gozo de vosotros; pero quiero que seas sabios para el bien, e ingenuos para el mal”.
Romanos 16:19
El cristianismo es algo muy simple y sencillo, y a la vez complejo. A veces difícil de entender, pero realmente fundamental y trascendental; es una puerta estrecha que nos lleva por caminos desconocidos, que nos enseña acerca de la vida y cómo debemos conducirnos en ella, y también nos habla de una realidad espiritual que podemos experimentar paulatinamente, para ir madurando y creciendo en gracia, amor, sabiduría y paz.

Y la base de este crecimiento, madurez y frutos, es una sola: La Obediencia. Hablar de obediencia es más fácil que practicarla; se trata de escoger entre mis propios sentimientos y deseos, lo que quiero y puedo y lo que no, confrontándome a mí mismo. Al final pasa que aunque yo quisiera, ya no puedo seguir mis propios pasos, ni siquiera hacer mi entera voluntad conforme a mí me plazca, ni apoyarme en mi propia sabiduría o lógica. La vida que ha crecido en mí (en Espíritu) no me lo permite, pues amonesta mi conciencia, me roba la paz y me siento intranquilo, pues ya no soy ni sordo ni ciego para no oír, entender, ver y discernir la voz de Dios.