Cuando Jesús estaba en la Tierra, enseñando y sanando, declaró: He descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. Que todo aquél que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero (Juan 6:38;40).
El nacimiento de Jesús en Belén fue el comienzo de su misión en la Tierra de demostrar el amor de Dios y dar su vida en la cruz para liberarnos de la pena y el poder del pecado.
Esa carta terminaba diciendo: «No puedo dejar de pensar que, por el bien de otros, se vaya el ser a quien amo y con quien éramos uno. Pero Dios lo hizo: se encontró con una casa mucho más vacía que la mía, para que yo pudiera vivir allí con Él para siempre».
«Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna» (Juan 3:16).
Padre celestial, tu amor hacia nosotros es sublime. Gracias por dar a tu Hijo para salvarnos.