Pocos días atrás, mi esposa y yo nos deleitamos al compartir una tarde con mis abuelos maternos. Era algo que deseábamos hacer desde hace tiempo: conversar, hacerles preguntas, tomar nota de la variedad de experiencias que les ha tocado vivir en sus ocho décadas de vida, en fin… aprender de ellos.
¡Qué satisfacción supuso escucharlos hablar! Sus historias y anécdotas nos “trasladaron” mentalmente, a la época en la que llegaron de Europa como inmigrantes… al tiempo de su adaptación a esta tierra…y a los momentos de estrechez económica que los llevaron a emigrar nuevamente, a diferentes países y provincias.
Cada uno con distintas situaciones personales y familiares, entrelazadas (a modo de intrahistoria) con los acontecimientos históricos internacionales.
En todo esto, lo que cautivó nuestra atención de manera particular, fue redescubrir un concepto muchas veces olvidado: que nuestras vidas constituyen un continuo devenir de la vida humana.
El ritmo vertiginoso con que se desarrolla nuestro mundo actual constituye, sin duda, uno de los principales escollos a la hora de apartar el tiempo necesario para pensar en la realidad. y aprender de las lecciones que tiene para ofrecernos.
Es obvio, ya que el individualismo y la búsqueda del placer inmediato, al estilo hedonista, no tienen espacio posible en la memoria ni se pueden proyectar hacia el futuro. Digámoslo de una manera más llana: todos tenemos una historia personal, pero nuestro “aquí y ahora” no se debe a una generación espontánea. Todos constituimos un continuo presente, basado en el pasado de quienes nos anteceden que, al mismo tiempo, se desarrolla como el pasado de las futuras generaciones.
¡Qué satisfacción supuso escucharlos hablar! Sus historias y anécdotas nos “trasladaron” mentalmente, a la época en la que llegaron de Europa como inmigrantes… al tiempo de su adaptación a esta tierra…y a los momentos de estrechez económica que los llevaron a emigrar nuevamente, a diferentes países y provincias.
Cada uno con distintas situaciones personales y familiares, entrelazadas (a modo de intrahistoria) con los acontecimientos históricos internacionales.
El ritmo vertiginoso con que se desarrolla nuestro mundo actual constituye, sin duda, uno de los principales escollos a la hora de apartar el tiempo necesario para pensar en la realidad. y aprender de las lecciones que tiene para ofrecernos.
Es obvio, ya que el individualismo y la búsqueda del placer inmediato, al estilo hedonista, no tienen espacio posible en la memoria ni se pueden proyectar hacia el futuro. Digámoslo de una manera más llana: todos tenemos una historia personal, pero nuestro “aquí y ahora” no se debe a una generación espontánea. Todos constituimos un continuo presente, basado en el pasado de quienes nos anteceden que, al mismo tiempo, se desarrolla como el pasado de las futuras generaciones.
La Biblia señala: “Pregunta a las generaciones pasadas; averigua lo que descubrieron sus padres. Nosotros nacimos ayer, y nada sabemos; nuestros días en este mundo son como una sombra. Pero ellos te instruirán, te lo harán saber; compartirán contigo su experiencia” (Job 8:8-10, NVI).
Esta visión, que para los amantes de la inmediatez puede significar algo muy parecido al tedio, llega a nosotros como una oportunidad de considerar nuestras vidas con una mayor conciencia histórica; conciencia que mira hacia el pasado con gratitud y con una actual actitud crítica de aprendizaje, y por ello, toma decisiones responsables, asumiendo la permanente construcción del futuro.
Esta visión, que para los amantes de la inmediatez puede significar algo muy parecido al tedio, llega a nosotros como una oportunidad de considerar nuestras vidas con una mayor conciencia histórica; conciencia que mira hacia el pasado con gratitud y con una actual actitud crítica de aprendizaje, y por ello, toma decisiones responsables, asumiendo la permanente construcción del futuro.