Seguramente
tienes una personalidad normal, no eres una persona mala, no le haces daño a
nadie, eres feliz y disfrutas con tus amistades momentos felices, momentos de
triunfo y victorias. Sin embargo, piensas que esas cosas buenas o muy buenas
que pasan a tu alrededor no te pueden pasar a ti, no porque no seas una buena
persona ni porque no cumplas con tus obligaciones en el hogar, en la escuela o en el
trabajo, es porque simplemente, piensas que no te mereces las cosas buenas, no
mereces que Dios te complazca y te consienta, porque te ves como un simple ser
humano que no hace nada espectacular ni por Él, ni por los demás.
Pero
una vez que Dios decide actuar rotundamente en tu vida, inesperadamente, te
agarra por sorpresa y te dirige de cabeza a las bendiciones y a la alegría,
características que te invaden cuando Él te apoya y te acompaña en un momento
especial. ¡Ojo!, no es que los demás días no estuviera contigo, es que
finalmente, un día en particular, por... no se sabe por qué, le prestaste atención.
Entonces lo sentiste y te diste cuesta que estaba ahí contigo celebrando tu
felicidad.

Ese
conjunto de cosas, eventos y personas que ocurren coordinadas a tu favor, sin
tener que pedir o pagar nada por ellas, es parte de lo que incluye la gracia de
Dios, un concepto o mensaje muy difícil de entender y aceptar. Es por medio de
situaciones en las que recibes más de lo que esperabas de personas insólitas,
en las que se muestra la gracia de Dios en su máxima expresión. Aunque día tras
día, esa misma gracia ya nos protege, nos cuida, nos acompaña y nos guía, no
nos damos cuenta de su significado, ni de su existencia.