Se acercaba la fiesta de la Pascua. Jesús sabía que le había llegado la hora de abandonar este mundo para volver al Padre. Y habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. Juan 13:1
La agonía de la cruz no era desconocida para Cristo, aunque no había transitado aún por ese camino. Los Romanos habían introducido este cruel método de muerte, mucho años antes de que el Hijo de Dios caminara por esta tierra. Hemos de suponer, entonces, que Jesús había visto, en más de una ocasión, a los reos colgados de maderos en las inmediaciones de las ciudades de Israel.
La verdadera magnitud de la prueba que lo esperaba, se ve revelada en toda su intensidad en el agónico sufrimiento que sufrió en Getsemaní. Allí, el Mesías confesó a sus más íntimos que se sentía angustiado hasta el punto de la muerte. El amor no conoce situaciones personales que lo libraran de la responsabilidad de expresarse en la vida de los que estaban a su alrededor.
¡Cómo no dedicar, entonces, las horas y los días previos a esa titánica prueba, a fortalecer el espíritu y concentrar los recursos espirituales!
Si en algún momento alguna persona tuvo derecho a centrarse en sí mismo frente a una inminente crisis, esa persona fue Jesús. Sería fácil de entender y totalmente comprensible que, frente a semejante prueba, se hubiera mostrado distraído o melancólico.