Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión, borra mi culpa, lava del todo mi delito, limpia mi pecado.
Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu.
Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso. Enseñaré a los malvados tus caminos, los pecadores volverán a ti.

Hablar de pecado hoy no está muy bien visto. Es decir, las filosofías ateas lo presentan como un invento moral que reprime nuestros impulsos más genuinos y controla nuestras mentes. Sin embargo, el sentimiento de culpa de haber obrado mal, existe. Y permanece, por mucho que se niegue el valor de la moral cristiana.
Toda persona, además de cuerpo y mente, tiene lo que llamamos conciencia. Ella nos da el sentido del bien y del mal, común en todas las culturas del mundo. Entre una y otra civilización puede haber valores y criterios diferentes, pero hay ciertos aspectos en los que todas las culturas y religiones coinciden y están de acuerdo. El bien existe, y el mal también. Pecado es toda actitud deliberada que daña al hombre y sus relaciones, ya sea con los demás, consigo mismo, con el mundo o con Dios. El pecado, fruto perverso de la libertad, hiere a la humanidad y mutila el alma.
¿Es innata la conciencia? Si no se desarrolla, queda latente en la persona y es entonces cuando decimos que alguien no tiene escrúpulos. Pero si se educa y se cultiva, la conciencia nos permite andar por la vida con unos principios éticos, favoreciendo una convivencia armoniosa y madurando nuestra humanidad.