En ocasiones, muchas más de las que queremos aceptar, las disensiones, los enojos, las discusiones surgen tanto en la familia secular como en el mismísimo seno de la Iglesia. Más aún, en todo ámbito donde confluyen los seres humanos, con sus distintas formas de pensar, de ver las cosas, de actuar ante las más diversas situaciones. Lamentablemente, esto es común y hasta “normal” dentro de nuestra naturaleza caída fuera del Huerto del Edén.
Es así como las relaciones se deterioran, se van rompiendo. A veces con esfuerzo, con buena voluntad, se logran reconstruir, se consigue reanudarlas razonablemente dentro de una atmósfera sana. Pero es como las heridas. Aunque nos cueste y pese reconocerlo, quedan cicatrices en la mayoría de las situaciones, salvo excepciones; salvo en aquellas en las que un milagro del Señor logra hacer lo que los seres humanos no podemos.
Es como cuando un vaso se rompe. Con esmero y paciencia podemos reunir cada uno de los trozos y pegarlos hasta que quede armado nuevamente. Pero si hay algo irrefutable, es que una vez reconstruido no es más que unos cuantos pedazos pegados. Su aspecto no solo ya no volverá a ser el mismo, sino que muy probablemente al recibir agua, haya quedado alguna fisura que el pegamento no pudo restaurar y el líquido en mayor o menor medida tienda a perderse.
Las guerras en este mundo han comenzado así, aunque parezca exagerado. Una pequeña disensión, un desacuerdo al que no se le dio trascendencia en su momento, generó un ligero resentimiento que con el tiempo fue creciendo y sumando más personas. El resentimiento se hizo colectivo y a la postre fue transformándose en rencor. El rencor dio paso al odio y el odio dio lugar a un acto terrible, adentrándose en un camino sin retorno. Personas contra personas. Grupos contra grupos. Pueblos contra pueblos. Finalmente, países contra países.