Sus ojos se humedecieron con lágrimas espontáneas, mientras Nicole subía a su regazo y se acomodaba contra su pecho. Su pelo acabado de lavar y secar, olía a limón. Palpó su mejilla suavemente, mientras ella descendía de nuevo. Con ojos claros de color azul verdoso, ella contempló su rostro con expectación, le acercó el raído y familiar libro de cuentos y dijo: “¡Léeme abuelito, léeme!”
Ella no tenía conocimiento de cómo su pureza de corazón enternecía el alma de su abuelo o cómo su simple confianza en él, lo conmovía.