miércoles, 17 de mayo de 2017

Semejantes en Su muerte y en Su resurrección

Lo que quiero es conocer a Cristo, sentir en mí el poder de su resurrección y ser solidario en sus sufrimientos; haciéndome semejante a Él en su muerte, espero llegar a la resurrección de los muertos. Filipenses 3: 10-11
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Debemos saber que hay un propósito en todo; es decir, la razón por la cual Dios permitió o ha permitido que situaciones difíciles nos sucedan, estremeciéndonos hasta el punto de ver nuestro corazón despedazarse. El hecho de que nos sucedan no quiere decir que Él no nos quiere o que se olvidó de nosotros. Estas cosas tienen que suceder para que nuestro carácter sea perfeccionado a la manera de Cristo, porque solamente alcanzaremos parecernos a Él en la medida que aprendamos a morir con Él.

La persona que no ha desarrollado este carácter no podrá alcanzar su llamado, porque no tendrá la fortaleza para enfrentarse al enemigo que se opone a que lleguemos a nuestro destino. El carácter se desarrolla con mucho dolor, padecimiento, sufrimiento, agonía e impotencia al no poder hacer que las cosas cambien. Cuando suceden estas cosas no debemos quejarnos ni lamentarnos, solamente darle la gloria a Él y decirle “Hágase Tu voluntad”.
Son momentos en los que debemos buscar más Su Presencia por medio del ayuno, oración, cilicio...; porque éstos nos ayudarán a fortalecernos y ser más sensibles a Su voz, anulando los deseos de la carne que quiere que nos rebelemos de nuestra situación.
No desmayemos hasta que la obra Él la termine en nosotros y podamos coronarnos con el carácter de Cristo; nuestro propósito se verá cumplido cuando hayamos sido semejantes a Él en Su muerte y Su resurrección.

Mi parte es confiar

«”Reprime tu llanto, las lágrimas de tus ojos, pues tus obras tendrán su recompensa: tus hijos volverán del país enemigo”, afirma el Señor. “Se vislumbra esperanza en tu futuro: tus hijos volverán a su patria”, afirma el Señor» (Jeremías 31: 16-17, NVI).
Mi parte es confiarConfío en Dios. La mayor parte del tiempo. Confío a Él casi todas las cosas de mi vida, pero a veces me cuesta confiar en que cuida de mis hijos y hace lo que es mejor para llevarlos más cerca de Él. El caso es que sus vidas no son como yo esperaba. Ellos creían en Dios, pero…
Una mañana, oré y lloré pidiéndole a Dios que se moviera en sus corazones y que se revelara a sí mismo en sus vidas de una manera tangible. Le dije todas las cosas que había hecho para enseñarles a confiar en Dios. Le conté cómo los habíamos llevado a la iglesia y a la Escuela Sabática; cómo nos habíamos sacrificado para que asistieran a escuelas cristianas. Cómo oraba con ellos cada mañana de camino a la escuela y cada noche antes de acostarse, día tras día… y mi lista continuaba. Ahora quería que Dios hiciera su parte, mostrándose y llamando su atención de una manera más profunda.
A través de mis lágrimas lo oí hablar suavemente a mi corazón: «Con amor eterno te he amado; por eso te sigo con fidelidad».
«Yo sé que me amas —le respondí—. Pero por favor, ayuda a que mis hijos sepan que Tú los amas», continué mi súplica y clamor.
Y Dios continuó susurrándome: «Con amor eterno te he amado; por eso te sigo con fidelidad». Yo sabía que Dios estaba tratando de decirme algo. A regañadientes me paré y abrí mi Biblia en la cita que mi corazón estaba oyendo. A medida que leía el pasaje, acomodé las palabras de Jeremías 31 como una oración por mis hijos. Y cuando llegué a los versículos 16 y 17 me detuve instantáneamente.
«”Reprime tu llanto, pues tus obras tendrán su recompensa: tus hijos volverán del país enemigo», afirma el Señor. “Se vislumbra esperanza en tu futuro: tus hijos volverán a su patria», afirma el Señor».
Parece que Dios tiene sentido del humor. Allí estaba yo, recordando todo lo que yo había «hecho» en nombre de mis hijos con lágrimas y lamentos, y Dios tenía un versículo para eso. Y una promesa que me recordó confiar en Él. Incluso con el asunto de mis hijos, Él está obrando, no se rinde. Él persiste en su propósito. Y los ama todo el tiempo y los sigue con fidelidad para que vuelvan sus corazones a Él. Mi parte es confiar.

Minorías frente a mayorías

En agosto del año pasado, salíamos mi padre y yo del hotel “Gran Vía Tryp”, situado en la calle que se llama también así, Gran Vía, en Madrid, España.
Resultado de imagen de Minorías frente a mayoríasUn caluroso día y un sol tan radiante que teníamos que usar una mano como visera para detener la intensidad de la luz, nos castigaban constantemente, obligándonos a mantenernos cabizbajos casi todo el tiempo mientras avanzábamos por la comercial y popular calle abarrotada de multitudes en ambas aceras. De vez en cuando desafiábamos al sol levantando la cabeza y en una de esas, alcanzamos ver el espectáculo que se presentaba.
Un estrafalario personaje caminaba por el medio de la calle en la que, valiéndose de un altavoz, gritaba a voz en cuello: “Libertad para los palestinos”. Iba solo, y tres periodistas con cámara, desde diferentes puntos, recogían las imágenes que posteriormente saldrían en algún noticiero de la televisión nacional, acompañándolas de los ajenos transeúntes, incluyéndonos a nosotros que accidentalmente pasábamos por allí, para dar a entender al mundo, que miles de personas desfilaban sumados a la misma consigna, cuando realmente se trataba a lo máximo de cinco personas entre manifestantes y técnicos. El resto no era otra cosa que curiosos o gente de paso.
¿Qué pasó con la inmensa mayoría congregada en aquel lugar? Nada, allí estábamos disfrutando en plenitud del libre albedrío que Dios nos dio, para hacer cada uno lo que estimara conveniente, mientras la minoría seguía estrictamente las directrices de su régimen disciplinario. Nadie gritó siquiera: -¡ustedes son unos locos!. -No, claro que no, lo mejor fue permanecer en silencio y así se evitaban problemas.

Esparcir semillas

Pero el que fue sembrado en buena tierra es el que oye y entiende la palabra, y da fruto; y produce a ciento, a sesenta y a treinta por uno. Mateo 13;23
Recibí un maravilloso email de una mujer que escribió: «Tu mamá fue mi maestra de primer grado en 1958. Nos hizo aprender el Salmo 23 y recitarlo frente a la clase, y a mí me desagradaba hacerlo. Sin embargo, fue el único contacto que tuve con la Biblia hasta 1997, cuando me entregué a Cristo. Entonces, los recuerdos de la Sra. McCasland volvieron como un torrente al releer el Salmo».
Jesús le contó a una gran multitud una parábola sobre un agricultor que sembró semillas que cayeron en distintos tipos de suelos: un suelo duro, uno rocoso, uno espinoso y uno fértil (Mateo 13:1-9). Aunque algunas semillas nunca crecieron, «el que fue sembrado en buena tierra, éste es el que oye y entiende la palabra, y da fruto; y produce a ciento, a sesenta, y a treinta por uno» (verso 23).
En los 20 años que mi madre enseñó en escuelas públicas, junto a la lectura, la escritura y la aritmética, desparramó semillas de bondad y el mensaje del amor de Dios.
El email de su antigua alumna terminaba así: «Por supuesto, he tenido otras influencias posteriores en mi andar cristiano, pero mi corazón siempre vuelve al Salmo 23 y a la dulzura de tu mamá».
Una semilla del amor de Dios que se planta hoy puede producir una impresionante cosecha.

Señor, hoy quiero que mi vida siembre buenas semillas en los que me rodean.
Nosotros sembramos; Dios produce la cosecha.