A la vecina de enfrente no se le podía negar que era una persona callada, cumplidora de sus deberes, que izaba la bandera nacional los días festivos, que jamás se la veía cuchichear; y de su casa, jamás salían gritos o ruidos que hicieran pensar en las grescas comunes de muchos hogares de la calle.

Unos y otros coincidían en asegurar que era buena persona. Ejemplar cuando se trataba de ayudar al prójimo. Entusiasta al saludar con un “Buenos días”, y generalmente cuidadosa a la hora de guardarse en su casa. Nunca se la vio después de las diez de la noche afuera.
Así las cosas, el comité de barrio no tuvo el más mínimo temor de tocar a su puerta cuando, próximos a la celebración de la Navidad, dispusieron poner luces de colores, engalanar la calle con adornos y pintar sobre la acera un enorme papá Noel con una bolsa desproporcionada de regalos en su espalda.
–¿Cómo se les ocurre?, expresó escandalizada. ¡Lo que faltaba! Una práctica tan impía no puede atraer mi participación. Para este tipo de actividades no doy un solo euro-, y se les quedó mirando furibunda, como si uno de los visitantes la hubiese animado a participar en un aquelarre de brujas.