La realidad me dice que soy una mujer normal de edad media, no muy distinta a millones de mi edad. A lo largo de mi vida he tenido una amplia variedad de empleos,
y ahora soy una Asistente ejecutiva.
Cuando obtuve mi primer empleo, y durante los siguientes quince o veinte años, fui llamada una “secretaria”. Ahora no se suele llamar así, no es totalmente correcto hacerlo así en la actualidad, y aunque nunca comprendí por qué había que cambiarlo, “ellos” lo hicieron.
Además del cheque al final de la semana, y aquellas dos gloriosas semanas al año que llaman “vacaciones”, la mayoría de los empleos han sido bastante mundanos, con recompensas que se olvidan a lo largo del día.
Sin embargo, hubo un empleo en particular que he mantenido los últimos 32 años, y que ha demostrado ser el más gratificante, el más satisfactorio y el más importante para mí.
Ese empleo me fue dado cuando me convertí en mamá. Siete años y once meses después de casarme, se me dio mi nuevo “empleo” envuelto en una sabanita rosada. Ashley Christine, como así se llama, seguida por su hermanita 23 meses después, crearon un empleo de por vida y tenía todas las trazas de ser el empleo soñado, aquel del que oímos a los demás hablar y envidiamos.