En una de las ilustraciones de Jesús, un hombre fue asaltado y dejado por muerto en el camino de Jericó. Esto es lo que pasó: “Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y al verlo pasó de largo. Asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, al verlo pasó de largo” (Lucas 10:31-32). Seguro que la actitud de esas dos personas nos sorprende. Pero ¿qué diríamos si la razón por la que no se ocuparon del hombre no fue falta de compasión, sino que andaban con el tiempo justo para dar un estudio bíblico o llegaban tarde a una reunión del concilio? ¿Tendrían justificación?
“No le presté mucha atención a esa parábola hasta después de haber pastoreado durante un buen número de años. Había pasado al lado de mucha gente a quien podría haber ayudado, pero al estar demasiado distraído con las actividades de la iglesia, esas vidas rotas en el camino no encajaban en mi agenda. El amor no es algo que se pueda programar. El hombre malherido del ejemplo no podía esperar tres semanas para una cita, ni a que el samaritano creara una ONG para cuidar a las víctimas de asaltos”.
Las experiencias más gratificantes de la vida raramente llegan de forma escalonada. Nos topamos con ellas en encuentros inesperados y en momentos críticos de la vida de la gente. En efecto, pocos recordarán tu último sermón pero esos mismos podrán repetirte con todo detalle, lo que les dijiste cuando los visitaste en el hospital o cuando tomaste un café con ellos un día, porque eso los tocó personalmente.
Resulta muy seductor pensar que tu trabajo por las multitudes justifica tu omisión de cuidar de aquellos que solamente son alcanzados individualmente. Pero Jesús dijo: “Si un pastor tiene cien ovejas y se descarría una de ellas, ¿no va a buscar la que se ha descarriado?” (Mateo 18:12). Cuando Pedro manifestó: “Señor; tú sabes que te amo”, Jesús respondió: “…Pastorea mis ovejas” (Juan 21:16 RVR1960). Pastor, hoy el Señor te está diciendo eso a ti.
“YO SOY EL BUEN PASTOR; EL BUEN PASTOR SU VIDA DA POR LAS OVEJAS” (Juan 10:11)