Navidad, palabra que engloba alegría, reconciliación, paz, amor. Eso es la verdadera Navidad. Pero miro a mi alrededor y veo al mundo enloquecer por la preocupación de la Navidad, y pienso: ¿cuándo perdimos el verdadero sentido de lo que es la Navidad? ¿En qué momento nos desviamos de su maravillosa energía?
El mes de Diciembre siempre ha debido tener la connotación amorosa, la representación del renacer del ser inmutable y sereno, Cristo, pero el ser humano se ha dado a la tarea de hacer de este tiempo un tiempo de mercadeo, de peso, de conflicto, de tristeza, de dolor por no poder dar a los suyos una representación tangible de verdadero afecto.
Realmente esto no debe ser así. El amor no tiene una representación tangible porque el amor se entrega a través de un abrazo, de un beso, de una caricia, y no sucede así. Nosotros hemos etiquetado el amor en una joya, en un vestido, en un juguete…y por ello la Navidad ha perdido su sentido.
La unión familiar no se expresa de la forma adecuada. Estamos unidos, pero realmente no lo estamos. Nuestros niños tienen juguetes, pero no tienen a los padres que jueguen con ellos porque están ocupados en sus conversaciones de adultos. Los niños se meten en sus mundos de juegos, y sus padres en sus mundos de adultos, y la familia va tomando una connotación de tú en tu mundo y yo en el mío. Una separación, una división.
Creemos tener una vida perfecta, y en el momento menos oportuno nos damos cuenta que no tenemos nada, que estábamos caminando solos en la vida, que los demás se quedaron atrás o yo me quedé atrás. El egoísmo es el que marca el sendero.
Todo esto es parte del deterioro de nosotros mismos. Vinimos a un mundo creado en amor, y nos hemos perdido en la destrucción de valores. No existe el respeto a los espacios entre nosotros, la libertad se ha confundido y el niño se siente abandonado y recurre a algo que llene su tiempo.