Continuamente
daba gracias a Dios por el don que le había conferido, a través del Espíritu
Santo, de la sabiduría e inteligencia que humildemente, intentó poner y siempre
pondrá en aras a su servicio, para su gloria. Si tiene algo es gracias a Él, a
su gracia, y nunca se cansará de darle las gracias por ello, de alabarle,
adorarle lo mejor que pueda y sepa, y darle el mejor servicio cada día que
pase.
A
través de sus vivencias, muchas, gracias a Dios, pudo darse cuenta de que la experiencia
vital puesta al servicio de la fe que, como cristianos tenemos, produce resultados
verdaderamente extraordinarios, ciertamente asombrosos.
El
caso es que, estaban acabando de comer, cuando les formuló esa pregunta que,
debido a su experiencia y creencia en Dios, creía acertada, según él, su
respuesta a ella. Creía, aunque respetaba, y mucho, la opinión de sus pastores
al respecto. ¿Cuántos grupos de gente, atendiendo a su creencia o no en Dios,
creéis que hay?, les preguntó, a sabiendas que la respuesta ya iba implícita en
la pregunta.
- Dos, le
dijeron. Creyentes y no creyentes en Dios.
- En mi opinión,
les comentó, creo que son tres. Me explico:
Creo
que, atendiendo a la fe en Dios, están los no creyentes, como los agnósticos y
ateos, con una sutil aunque apreciable diferencia entre ellos, los creyentes en
Dios, y los pasivos. Situado este último grupo, entre los creyentes y los que
no lo son, y a caballo para ambos. Este es un grupo de gente que merece ser
explicado.
A ver: en la actualidad, y quizá debido a los múltiples problemas
que nuestra sociedad plantea, problemas sobre todo de exaltación del ego, de
egoísmo, etc., muchísima gente, a estimar su porcentaje quizá entre un 80 a un 90%, cree en Dios,
pero no participa ni expone nada, por no hablar de su falta absoluta de
compromiso con Él. Dicen creer en Dios, pero únicamente se basan en su creencia
de un ser superior. Mas nunca se plantean seriamente su creencia en el Creador
de todo, y ni siquiera piensan en Él. Su vida se reduce exclusivamente, a su
diario vivir en este mundo.
Esa
era su opinión en cuanto a la gente.
Había
sido bautizado como cristiano evangélico, unos meses antes, y a su mente, cada
día más, venían, cual torrente, una serie de preguntas que periódicamente inquirían de sus conocimientos. ¡Benditos aquellos que, al no complicarse la
vida por sus conocimientos, no tienen estos problemas bíblicos!
Sabía
y creía fielmente en Jesús como nuestro Señor y Salvador, artífice siendo
Dios, de adquirir naturaleza humana, para a través de su enorme sacrificio en
la cruz del Calvario, por su derramamiento de sangre, por su consecuente muerte
y su posterior resurrección, de su Obra completa en orden al perdón de nuestros
pecados y el restablecimiento, de esta manera, de nuestra relación con Dios.
Pero aún le faltaban cosas. Cosas que, a pesar de su creencia en Dios, aún le
parecían tener un cierto grado eufemístico, cuando no de entelequia. Cosas por
creer, por entender, como la enorme discrepancia entre lo que dice la ciencia y
la Palabra de Dios en cuanto a la creación.
Para
la ciencia, la Tierra tiene… ¿millones de años?, si bien es cierto la falta de
un criterio acertado en cuanto a la edad exacta desde su aparición. Sin
embargo, estudiando la Biblia, la Tierra no pasa de tener unos pocos miles de
años, y el ser humano menos. ¿Cómo se entiende esto?, se preguntaba continuamente.
Aún no sabía de la perfecta voluntad de Dios, como dice su Palabra.