Haber experimentado esta relativamente breve limitación, aún con la certeza, en mi caso, de que en poco más de un mes iba a poder comenzar a caminar normalmente, me inspira un profundo respeto hacia quienes no tienen esta opción y deben valerse de muletas por un prolongado período de tiempo, algunos inclusive de por vida. A pesar del largo tiempo transcurrido desde entonces, afloran en mi mente con extraordinaria nitidez, recuerdos y detalles del accidente como si hubiera ocurrido ayer. Puedo volver a sentir incluso, el agudo dolor de huesos rotos. Creo que Dios, no sé por qué exactamente, me enseñó una formidable lección aquella terrible y dolorosa tarde de agosto.
Hay un momento tan fugaz como traumático, de crisis e intenso dolor, durante el cual nada podemos hacer para evitarlo. Es en esa fracción de segundo cuando se desencadena este evento de impotencia. Quienes han experimentado un accidente sin importar su mayor o menor gravedad, lo saben muy bien.
Luego sobreviene el trauma. Salir de la crisis o permanecer años, inclusive toda la vida sumergidos en ella, sí depende de cada uno de nosotros.