Recientemente, he recibido una gran lección de mi hijo. Creemos que lo sabemos todo en cuanto a la educación de los niños y que ellos deben aprender todo de nosotros, cuando en realidad, la educación más efectiva es la que es realimentada mutuamente, es cuando de verdad hay aprendizaje.
Esta semana viví dos experiencias con mi hijo de 7 años, que de verdad me inspiraron.
Esta semana viví dos experiencias con mi hijo de 7 años, que de verdad me inspiraron.
La primera sucedió al llegar él de casa de mi mamá después de quedarse a dormir. Me encontraba muy estresada trabajando en casa, y él llegó con varios familiares míos, estuvo un rato andando por la casa, y en un momento dado subió al dormitorio donde me encontraba limpiando, a pedirme ayuda con sus zapatos.
• Mami, ¿no te sientes alegre porque ya vine?, ¿no estás feliz? Mira mi cara, yo sí estoy feliz porque ya vine.
En ese momento, me percaté de que tenía toda la razón y le pedí disculpas, lo abracé y le dije que estaba muy feliz de que ya estuviera en casa, que me había hecho mucha falta.
Son palabras muy sencillas las que recibimos de los niños y que las pasamos por alto, pero si escuchamos sus vocecitas, hasta se podría decir que oímos a Dios a través de ellos.
Nos estresamos demasiado por lo que hay que hacer, por el dinero que necesitamos, por todo menos por nuestros hijos.