El templo estaba a rebosar. No faltó nadie aquella mañana de domingo, como si se hubiesen puesto de acuerdo para llegar puntuales, a pesar de que el cielo nublado amenazaba lluvia.
A un lado, la hermana Juana, que siempre desentonaba en los coros, pero a quien se veía en su rostro que estaba en plena adoración al Señor. Juan, el diácono que amonestaba a los niños que no se concentraban en la prédica del pastor, sobre todo cuando hablaba sobre Apocalipsis. Ah, y también Dolores, la fiel creyente que generalmente llevaba la bolsa para pedir las ofrendas y, si tú no le dabas, se paraba junto a ti y sacudía el pequeño saco hasta que, por vergüenza, echabas un billete dentro.

Juan José vio cómo echaban billetes en la talega. Y, muy a pesar suyo, no podía eludir el momento. Cerró sus ojos, levantó las manos al cielo y clamó fuertemente. Supuso que al verlo tan espiritual, nadie osaría molestarlo.
Y, por supuesto, no daría un solo céntimo. Pero su esposa lo golpeó suavemente con el codo en el costado. Él gruñó y, de mala gana, sacó un euro y lo depositó. Hubiera querido tener la oportunidad de sacar solo unas monedas.