2ª SAMUEL 18:33 “Entonces el rey se turbó, subió a la sala que estaba encima de la puerta y lloró.”
En los años 80, el grupo británico Mike and the Mechanics grabó una impactante canción titulada, «The Living Years» («En Vida»). El protagonista llora la muerte de su padre aunque la relación entre ellos había sido tensa, marcada por el silencio más que el compartir.
El cantante dice con remordimiento: «No llegué a decirle todo lo que tenía que decir». Arrepentido por las palabras que ninguno de los dos dijo y el amor que ninguno expresó, se lamenta: «Ojalá se lo hubiera dicho en vida».
De manera similar, el rey David lamentó la relación rota con su hijo Absalón. Lleno de ira porque su padre rehusó castigar a Amnón por haber violado a su hermana Tamar, Absalón lo mató y huyó (2ª Samuel 13:21-34).
El siervo de David, Joab, sabía que el rey anhelaba ver a su hijo fugitivo, así que hizo los arreglos para que Absalón se presentara ante su padre. Pero su relación nunca volvió a ser igual. La amargura de Absalón fue la chispa que encendió un conflicto que terminó con su muerte. Fue una amarga victoria para el rey David, que lamentó la pérdida de su hijo y su fallida relación con él. Sin embargo, no hubo llanto suficiente que pudiera reparar el dolor de David.