Cuando usted se acerca a un ascensor y ve que el botón de subida está encendido, ¿lo presiona? O cuando está en un supermercado, detenido en una fila que no se mueve, ¿cómo reacciona? Nuestra paciencia, o la falta de ella, se ve en muchos aspectos de nuestra vida.
La esperanza que viene de la paciencia, no es un atributo natural con la que se nazca. Tampoco es una habilidad que podemos desarrollar por nosotros mismos. Solo se adquiere con la ayuda del Espíritu Santo.
Es importante comprender que la paciencia no puede desarrollarse sola, sin otros atributos de la vida cristiana. Al pensar en la vida de David y su fidelidad, podemos ver que esto es cierto. Mientras esperaba ser nombrado rey por designio divino, tuvo varias oportunidades para matar a Saúl, quien gobernaba en ese momento la nación. Pero, al negarse a sacar ventaja de la situación, David mostró, además, su discernimiento, sabiduría, el amor y la fe en el tiempo de Dios (1 Samuel 24.10, 11; 26.10, 11).
La paciencia es una de las nueve cualidades mencionadas como fruto del Espíritu Santo (Gálatas 5.22, 23). Así que, para dar evidencias de esta importante virtud, debemos rendir nuestras vidas a Él.