Me encontraba sentada ante un ventanal con la vista al parque, mirando como todos los días, a las aves que acuden cada mañana al lago. Esto me fascina, y sobre todo, me deleitaba mirando a los patos y a los gansos deslizarse con una gracia y facilidad tan natural, que parecían bailarines sobre la superficie del agua.
Al contemplar su danza, transmisora de paz y felicidad, hasta notaba cierto aire de despreocupación. Casi sentía que me desafiaban a emular esa misma paz y tranquilidad en medio de este convulsionado mundo. Porque la verdad es que la vida viene envuelta en una maraña de situaciones difíciles y dolorosas, ante las cuales nos preguntamos ¿cómo podemos ser como aquellos patos y gansos sobre el agua?
Se notaba que iban sin ningún destino marcado en sus agendas… no había citas en una oficina a las que acudir. En un banco mas allá, estaba sentado un hombre lleno de canas, con su cabeza entre sus manos, y junto a él, una maleta grande que parecía nueva.
Casi podía oírla preguntarle a su dueño: “¿hacia dónde vamos?” Pienso que aquel hombre no tenía ninguna respuesta.
A ver, cuando uno ve cosas comunes y corrientes, parecen tan repetitivas que no las notamos. Sin embargo, algo diferente me ocurrió esa mañana al contemplar al hombre en el banco.
El caso es que le comenté a mi esposo: “algo en mi interior se ha estremecido al ver a ese hombre; no sé qué es”. Sentía tristeza por el anciano y le pedí a mi esposo que levantásemos una plegaria a Dios, algo que hicimos de inmediato. No creo que jamás sepa qué pasó con él después, pero sé que Dios hizo algo maravilloso.