27- Después de estas cosas salió y vio a un publicano llamado Leví, sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo:
—Sígueme.
28- Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió.
29- Leví le hizo un gran banquete en su casa; y había mucha compañía de publicanos y de otros que estaban a la mesa con ellos. 30- Los escribas y los fariseos murmuraban contra los discípulos, diciendo:
—¿Por qué coméis y bebéis con publicanos y pecadores?
31- Respondiendo Jesús, les dijo:
—Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. 32- No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento. Lucas 5:27-32
El camino del seguimiento de Jesús empieza con la renuncia al pecado. No podemos avanzar si antes no abandonamos totalmente nuestra vida pasada. Pero no debemos temer, porque Dios no busca que perezca nuestra alma sino que viva. Por eso debemos confiar en su misericordia y agradecerle todos los días, que vino a darnos la salvación mediante su Hijo.
I. Jesús nos llama a abandonar el pecado totalmente (versos 27-28)
Cristo conoce los corazones mucho mejor que nosotros mismos. Por esto, vio que había predisposición en el publicano Leví para dejar el pecado. El pecado de Leví estaba representado por la mesa donde se sentaba a cobrar los impuestos. Él le hizo el mismo llamado que tenemos nosotros los cristianos: “Sígueme” (verso 27).
El seguimiento de Jesús no es otra cosa que comenzar el proceso de la conversión para llegar, mediante el Espíritu Santo, a la justificación. Pero como todo camino en la vida, implica un primer paso, que es el abandono de la ocasión de pecar. Por esto Leví no lo dudó y abandonó la mesa que representaba su pecado. A cambio de algo material, recibió el comienzo de su vida espiritual.
Nuestro camino en la fe debe ser igual de radical. No tenemos tiempo para dudas. No debe haber medias tintas en la decisión de amar a Dios sobre todas las cosas. De lo contrario, dejamos la puerta abierta a la tentación para volver sobre nuestros pasos (Ezequiel 18:30b).
No debemos confundir la justicia de Dios con su misericordia. Dios es justo, castiga al pecador y premia a los que aman su Palabra y la practican. Pero que sea justo no significa que no admita el arrepentimiento, de lo contrario nadie estaría salvado. Si nos convertimos con sinceridad, grande es la misericordia de Dios para perdonarnos, por grandes que sean nuestras faltas (Isaías 55:7).