Ahora es el momento oportuno: ¡busquen a Dios!; ¡llámenlo ahora que está cerca! Arrepiéntanse, porque Dios está siempre dispuesto a perdonar; él tiene compasión de ustedes. Isaías 55:6-7 (TLA)
Orar es hablar con Dios, es la manera en la que nos comunicamos con nuestro Padre y Creador. No se trata de repetir determinadas palabras aprendidas, sino de expresar todo lo que sentimos y compartir con Dios todo lo que tenemos guardado en nuestro interior; dicho de otro modo, es poner al descubierto nuestro corazón delante de Él.
Nuestra vida debe convertirse en una vida de oración. Por esto debemos desear tener tiempos con Dios, diarios y constantes. Los tiempos personales y grupales de oración se complementan, no se reemplazan los unos por los otros.
Cuando Jesús estuvo físicamente en la tierra, su prioridad siempre fue pasar tiempo a solas con su Padre. Aunque Jesucristo era completamente Dios, también era completamente humano. Se vio sometido a una vida de impresionantes presiones y de continuas persecuciones. Al llevar a cabo su ministerio, tuvo que enfrentarse con una creciente oposición, continuamente acosado e incluso teniendo hambre y sed. Pero para poder manejar todo esto Jesús se apartaba a orar. Se retiraba a solas, para buscar a su Padre y tener comunión con Él.
En Mateo 26:39-46 la biblia nos relata lo siguiente:
Cuando Jesús llegó a Getsemaní con sus discípulos, les dijo: Sentaos aquí, entre tanto que voy allí y oro. Y tomando a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera.
Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo.
Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú.
Vino luego a sus discípulos y los halló durmiendo y dijo a Pedro: ¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora?
Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil.
Otra vez fue, y oró por segunda vez, diciendo: Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad.
Vino otra vez y los halló durmiendo, porque los ojos de ellos estaban cargados de sueño.
Y dejándolos, se fue de nuevo y oró por tercera vez, diciendo las mismas palabras.
Entonces vino a sus discípulos y les dijo: Dormid ya y descansad. He aquí ha llegado la hora y el Hijo del Hombre es entregado en manos de pecadores. Levantaos, vamos; ved, se acerca el que me entrega.