Dos gallos reñían por la preferencia de las gallinas y al fin, uno puso en fuga al otro. Resignadamente, se retiró el vencido a un matorral, ocultándose allí. En cambio el vencedor, orgulloso, se subió a una tapia alta poniéndose a cantar con gran estruendo.
Pero no tardó un águila en caer, atacarlo y raptarlo. Desde entonces, el gallo que había perdido la riña se quedó con todo el gallinero.
Pero no tardó un águila en caer, atacarlo y raptarlo. Desde entonces, el gallo que había perdido la riña se quedó con todo el gallinero.
A quien hace alarde de sus propios éxitos, no tarda en aparecérsele quien se los arrebate.
Reflexionemos: La cura para los malos deseos es la humildad. El orgullo nos hace egocéntricos y nos lleva a pensar que tenemos derecho a todo lo que podemos ver, tocar o imaginar. Crea apetitos codiciosos de obtener más de lo que necesitamos.
Pero podemos ser librados de nuestros deseos egocéntricos al humillarnos delante de Dios, tomando conciencia de que lo único que necesitamos es su aprobación. Cuando su Espíritu Santo nos llena, nos damos cuenta de que las atracciones seductoras del mundo son solo sustitutos baratos en comparación con lo que Dios nos ofrece.
Proverbios 16:18-19 Antes del quebrantamiento es la soberbia, Y antes de la caída la altivez de espíritu. Mejor es humillar el espíritu con los humildes.