«…Porque así nos ha mandado el Señor, diciendo: Te he puesto para luz de los gentiles, a fin de que seas para salvación hasta lo último de la tierra…” Hechos 13:47
Uno de los errores más graves que se están cometiendo a día de hoy dentro de las congregaciones Cristianas, es el de devaluar el evangelio, tomarlo con ligereza y hasta con desidia.
Desgraciadamente la Iglesia de Jesucristo no predica adecuadamente acerca de la salvación, ha reemplazado las «buenas nuevas» por doctrinas simplistas, conformistas y sin el alcance adecuado.
Mas cuando la dimensión real del evangelio es por fin comprendida, entendemos que nuestra primera gran labor como siervos de Jesús es no esconder estas buenas noticias, es más, nuestra boca debería llenarse de las maravillas que Dios nos ha otorgado por medio de Jesucristo, y el sacrificio perfecto que Él realizó por nosotros.
¿Qué es realmente el evangelio?
El evangelio es una buena noticia de parte de Dios para la humanidad, pues Jehová de los ejércitos es un juez justo y ávido de satisfacerla. Por otro lado, esa justicia eterna debería consumir a la humanidad por violar sus estatutos y sus decretos celestiales.
La ley que fue entregada a Moisés, lejos de ser una opción de fe para el pueblo de Israel, era un estatuto que por su obediencia recibía bendición, mientras que desobedecerla traía sobre la vida del pecador la ira de Dios, pues debía pagar por su pecado.
«…Y guarda sus estatutos y sus mandamientos, los cuales yo te mando hoy, para que te vaya bien a ti y a tus hijos después de ti, y prolongues tus días sobre la tierra que Jehová tu Dios te da para siempre…» Deuteronomio 4:40
Esta ley de Dios es perfecta de principio a fin, contiene todo lo que agrada a Dios y lo que le desagrada. Precisamente por ser Dios de carácter perfecto, el ser humano corruptible carece de la capacidad de cumplir a cabalidad la ley, por lo tanto se hace reo de todos sus mandamientos.
«…Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos…» Santiago 2:10
Y ese es el problema más grande del ser humano, es el origen principal de nuestra perdición. A la luz de la Ley y sus estándares, estamos muertos, perdidos y sin posibilidad de salvación. La perfección de los mandatos eternos de Dios nos muestra que nuestra naturaleza es perversa, pues el hombre no tiene bondad en su corazón ni benignidad ni ninguna cosa agradable, inclusive peor, nacemos en pecado y vamos a morir en pecado.
«…por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios…» Romanos 3:23
La palabra destitución sugiere que estamos excluidos de la gloria de Dios; no podemos acercarnos pues somos pecadores y Él es Santo. Esta separación es como un vacío enorme entre un despeñadero y otro, somos apartados, alejados de Dios, y es aquí donde el hombre encuentra lo peor de sí mismo.