Hay tres etapas en el crecimiento espiritual.
La primera es la infancia. El término griego “…hijitos…” se refiere a niños pequeños, y si hay algo que los niños saben hacer muy bien, es tropezar y caer. Hasta que aprendan a caminar, necesitan que alguien los recoja, que seque sus lágrimas, vende sus rodillas heridas y les asegure que caerse no significa que nunca caminarán o que no son parte de la familia.

Y hay dos cosas que un niño espiritual necesita entender:
(a) las diferencias entre sus etapas de crecimiento y
(b) su posición ante Dios.
Confiar en la obra completa de Cristo es lo único que te justifica delante del Señor. Desde ese momento eres un hijo suyo completamente aceptado y redimido, y así es como Él te ve. Si olvidas esto, tendrás muchos problemas, porque cada vez que caigas el diablo te hará dudar de tu salvación.
El perdón que recibes cuando naces de nuevo, es un acto judicial de parte de Dios haciéndote un miembro íntegro de su familia. Por otra parte, el perdón que recibes diariamente es un hecho consecuente. Suponte que metas unos números incorrectos en tu calculadora. y, ¿qué es lo que haces? Pues bien, tienes un botoncito que dice: “cancelar”, que te permite borrar el error y comenzar de nuevo. Eso es lo que la sangre de Cristo hace por ti. El arrepentimiento te concede pasar por encima del pecado, provocando el perdón del Señor para que el flujo de su gracia continúe. Y cuando la gracia fluye, el crecimiento viene después. Lo más importante que hay que recordar acerca del pecado es tener siempre las “cuentas al descubierto” con Dios.
“OS ESCRIBO A VOSOTROS, JÓVENES, PORQUE HABÉIS VENCIDO AL MALIGNO” (1 Juan 2:13b)