domingo, 1 de enero de 2017

No yo, sino Él

“No alejen de ustedes el Espíritu Santo”. 1 Tesalonicenses 5:19

“No yo, sino Él, reciba amor y honra; no yo, sino Él, en mí ha de reinar; no yo, sino Él, en todo cuanto haga; no yo, sino Él, en todo mi pensar. No yo, sino Él, a confortar mis penas; no yo, sino Él, mis llantos a enjugar; no yo, sino Él, a aligerar mis cargas; no yo, sino Él, mi duda a disipar. Jesús, no diré más palabra ociosa; Jesús, no quisiera yo pecar más; Jesús, no me venza el orgullo más; Jesús, no inspire el yo más mi hablar. No yo, sino Él, lo que me falta suple; no yo, sino Él, da fuerza y sanidad; Jesús a ti, mi espíritu, alma y cuerpo, lo rindo hoy por la eternidad”, dice la letra de una canción.
NO YO, SINO ÉLNo yo, sino Él. Él, que nos invita a entregamos a Dios a base de mostramos las contradicciones entre nuestras inclinaciones naturales y el bien. Él, que hace de nosotros personas justas y equilibradas. Él, que nos permite nacer de nuevo cada día, superando las limitaciones de nuestra naturaleza carnal, y dándonos la victoria en la batalla entre nuestros razonamientos y nuestras emociones. Él, que nos da la verdadera espiritualidad.
¿Y quién es Él? El Espíritu Santo, que Jesús nos envió antes de irse. ¿Qué tal si damos gracias a Dios por la intervención directa del Espíritu Santo sobre nuestra conciencia? ¿Qué tal si tenemos presente en el día de hoy que no se trata de mí, del yo, sino de Él obrando en mí?
No importa si cantamos ese himno desentonados musicalmente. Lo que importa es que vivamos en sintonía con este concepto, que nos ayuda a vencer el yo, a dejar de lado el mí, y a centramos en quien, desde fuera de nosotros, produce cambios en nuestro interior.
No yo, sino Él, el Espíritu de Cristo, ha de ser quien dirija mi vida. No yo, sino Él, ha de ser quien me ayude a pensar. No a mí, sino a Él, han de ver los demás cuando traten conmigo. No yo, sino Él, ¿qué más se puede añadir?
No eres un ser humano en busca de una experiencia espiritual. Eres un ser espiritual inmerso en una experiencia humana. Teilhard de Chardin

Crónica de un engaño

“Dios mío, no te alejes de mí. Dios mío, ven pronto a ayudarme. Que perezcan humillados mis acusadores; que se cubran de oprobio y de ignominia los que buscan mi ruina. Pero yo siempre tendré esperanza, y más y más te alabaré”.
(Salmos 71: 12 -14 NVI)
Mi Dios, eres mi vida, la única constante en mis caídas y en mis más grandes victorias. Has estado siempre a mi lado dándome esperanza y eso te lo agradezco. Te necesito, más aún cuando siento desfallecer…
No soy de hierro, aunque ocasionalmente lo parezca, pero en realidad estoy hecha de carne y hueso; carne que con el tiempo se malogra y hueso que se convertirá en polvo, volviendo a mi estado original.
Dame fuerzas hoy Señor, no las tengo. Me sofocan las dudas, las lágrimas me ahogan, y la respiración agitada y consumida por la desesperación me hace pensar en que te necesito más que nunca.
El engaño pulula en el ambiente, es real y a la vez desconocido para mí, pero no para ti mi Dios. Conoces cada poro de mi piel, mis pensamientos y mi alma, y sabes que me siento desmayar…Quiero cerrar los ojos, encontrarte entre mis sueños, tener una conversación seria contigo, preguntarte tantas cosas, entender este entrenamiento duro, gélido y destructivo.
Moriré y volveré a vivir, porque es por ti y para ti que respiro. Quiero demostrártelo hasta que tú decidas que mi historia continúa como ciudadana de un cielo que anhelo conocer.
Me ahogo, me asfixio entre mis lágrimas, en la falsa esperanza de promesas no cumplidas. Pero no me rindo, avanzaré, seguiré de tu mano que me sostiene; mi alma llora amargamente por mi incapacidad de flotar por encima de las circunstancias, al pasar ese camino estrecho y empedrado rodeada por la más densa oscuridad.
Me abraza, me abruma, me aterra; inutilizada, bloqueada y anulada…mi alma llora, no hay remedio…Podrán desfallecer mi alma y mi corazón pero Tú permanecerás para siempre en mi mente, en mis entrañas, en mi interior.
Mi Dios, mi todo; apiádate de mí, de esta sierva tuya que pareciera perder, aunque ha sido vencedora desde el principio…escapo, se esfuman mis ilusiones y en verdad no sé si quiero ya atraparlas; parar, cambiar el rumbo de mi destino; respirar, contar hasta 10 y permitir que mis fuerzas sean renovadas para volar hacia la libertad.
Mi amor, mi único y verdadero amor, Jesús…
Me restaurarás, nunca paras de hacerlo.
Viví un sueño y desde hoy debe renovarse. Aquel se desvanece como la bruma al salir el sol; hoy nace en mí un nuevo propósito, vivir por ti, para ti y SIEMPRE junto a ti.

“Me has hecho pasar por muchos infortunios, pero volverás a darme vida; de las profundidades de la tierra volverás a levantarme. Acrecentarás mi honor y volverás a consolarme”.

(Salmos 71: 20 -21 NVI)

Conducir con cuidado

Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría. Salmo 90:12
Vivimos en una sociedad invadida de señales de advertencia. Desde los avisos y exención de responsabilidades en píldoras, las fechas de caducidad en sobres de sopa, hasta los indicadores de peligro en sierras eléctricas, estas etiquetas procuran evitar peligros latentes. 
Inline image 1Hace poco, recibí una caja con un precioso regalo. El envoltorio tenía una enorme etiqueta adhesiva roja que decía: Frágil; manejar con cuidado. Cuando pienso en la fragilidad de la vida, me pregunto si no deberíamos colocarnos todos uno de esos adhesivos colorados.
No es buena idea andar por la vida pensando que somos invencibles y que todo va a salir bien, para después descubrir que somos mucho más frágiles de lo que pensábamos. Solo hace falta una llamada del médico diciendo que tenemos una enfermedad casi mortal, o el viraje brusco de un conductor descuidado delante de nosotros, para que recordemos que la vida es totalmente incierta. ¡No hay garantía de nada! Nadie puede estar seguro de que seguirá respirando. Por eso, el salmista da un consejo importante… una etiqueta de advertencia, por así decirlo: «Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría» (Salmo 90:12).
Decidamos vivir como si fuera nuestro último instante en este mundo, amando más intensamente, con mayor disposición a perdonar, dando más generosamente y hablando con más delicadeza. Esta es la manera de manejar la vida con cuidado.
El ayer pasó; el mañana es incierto; el hoy está aquí ahora, usémoslo sabiamente.

La raíz de todos los males

Donde esté tu riqueza, allí estará también tu corazón” (Mateo 6:21).
Resultado de imagen de la raíz de todos los males es el amor al dinero
Es innegable que la mentalidad capitalista se ha impuesto hoy en el mundo. Dondequiera que se viva, tener dinero, bienes materiales, vestir bien, etc., son valores en alza en nuestra sociedad. Los valores cambian de generación en generación, y esta generación nuestra da un gran valor a las riquezas. El materialismo nos ha invadido, por lo que ¿es correcto, bueno, positivo que nosotras, las mujeres cristianas, tengamos una mentalidad de este tipo?
Decía el gran filósofo alemán Arthur Schopenhauer que “la riqueza es como el agua salada; cuanta más se bebe, más sed da”. Y ése es precisamente el problema que plantea el amor al dinero y el estilo de vida que deriva de él, que nos vuelve insaciables. Endeudarse, querer tener cada vez más, y por eso endeudarse más y más, pagar esas deudas, en fin, buscar cualquier manera posible para hacer más y más dinero… Es un círculo vicioso difícil de romper. Por eso mismo, “el amor al dinero es raíz de toda clase de males; y hay quienes, por codicia, se han desviado de la fe y se han causado terribles sufrimientos” (1 Timoteo 6:10). Entre el amor al dinero y la desviación de la fe hay un espacio muy pero que muy pequeño.
“El que está satisfecho con su parte es rico”, dijo Lao-tsé. Pero hace falta madurez para saber valorar este tipo de riqueza. Como mujeres valoramos mucho la seguridad, y es fácil que lleguemos a creer que nuestra seguridad depende en gran medida de nuestra cuenta bancaria, pero este pensamiento, en sí mismo, encierra un enorme engaño que nos desvía de la fe. Nuestra seguridad no está en nada material, nuestra seguridad está única y exclusivamente en Dios.