Norman Vincent Peale contó una historia de su niñez, que ilustra la forma en que la desobediencia obstaculiza nuestras oraciones. Cuando era niño, una vez se apoderó de un puro. Se dirigió a un pasillo trasero donde imaginó que nadie lo vería y lo encendió.
Se saludaron, y para consternación del muchacho, su padre comenzó a conversar con él. Desesperado estaba por distraer la atención de éste, cuando divisó un cartel cercano que anunciaba un circo.
-¿Puedo ir al circo, papá?, le rogó. ¿Puedo ir cuando venga al pueblo? ¿Por favor, papá?
-Hijo, respondió su padre en voz baja pero firme, nunca hagas una petición mientras, al mismo tiempo, tratas de ocultar el humo espeso de la desobediencia a tus espaldas.
Peale nunca olvidó la respuesta de su padre. Le enseñó una valiosa lección acerca de Dios. Él no puede pasar por alto nuestra desobediencia aunque tratemos de distraerlo. Solo nuestra obediencia restaura nuestra relación con Él y añade poder a nuestras oraciones.