ENOC TUVO TESTIMONIO DE HABER AGRADADO A DIOS (Hebreos 11:5)
En la película "Jamaica Bajo Cero" los cuatro componentes del equipo jamaicano de Bobsleigh están tan obsesionados con ganar una medalla olímpica, que se han convencido a sí mismos de que ninguno de sus esfuerzos merecería la pena si no la consiguieran.
Todo lo que han aprendido, las alegrías, el progreso y la dedicación que han demostrado, carecen de valor cuando se comparan con ese trozo de metal. Su entrenador es un hombre de 180 kilos que ganó una medalla olímpica en Bobsleigh hace veinte años y desde entonces nada le ha ido bien. Les dice a los componentes del equipo: “Si no sois bastante buenos antes de la medalla, tampoco lo seréis aunque la ganéis”.
Jesús habló mucho de las recompensas. Pero ir tras ellas puede decepcionarnos si nos las proponemos por motivos equivocados.
Un trofeo no es un logro en sí mismo, como tampoco representa lo que hemos aprendido, los músculos que hemos desarrollado ni la valentía que hemos adquirido. No es más que un símbolo de haber conseguido algo. Es una señal externa que ratifica nuestro valor.
En el mejor de los casos, los trofeos en las vitrinas son pequeños recordatorios, algo que nos recuerda estar agradecidos por el pasado y nos hace estar motivados para el futuro. Y en el peor de los casos, la vitrina de trofeos se convierte en un lugar de adoración, algo que potencia una falsa imagen de nosotros.
Los trofeos nos aportan una alegría pasajera que puede crear adicción, pero ese placer luego se desvanece. En el libro de Apocalipsis, vemos cómo los veinticuatro ancianos “echan sus coronas delante del trono, diciendo: Señor, digno eres” (Apocalipsis 4:10-11). Cuando le das toda la gloria a Dios, tus éxitos te aportarán gozo auténtico; sin embargo, si te atribuyes el mérito a ti mismo, los trofeos perderán su lustro y su color, y llegarán a ser una carga. Considera a Enoc: su mayor trofeo fue que agradó a Dios.