
Un corazón rendido:
Marta y María invitaron a su casa a Jesús. Cuando entró junto con sus discípulos, solo recibió la atención de María, ya que Marta, en lugar de disfrutar su estadía con un corazón hambriento, siguió ocupándose de las preocupaciones cotidianas. Es como si le hubiese dicho: -"Jesús, a pesar de que estés en casa, yo estoy afanada, preocupada, tengo muchas tareas". Ella tenía al Mesías a su lado y aún así, captaba solo el lado normal de su visita. En cambio, su hermana María, después de acabar sus quehaceres, decidió darle prioridad absoluta a Dios y su familia. ¿La imitamos?
Hoy es muy normal oír que no hay tiempo para orar, para interceder por otros, para pasar momentos a solas con Jesús. En otras palabras, estamos imitando a Marta y no llegamos a aprender el inolvidable ejemplo de María. Sin embargo, estamos a tiempo de tener el corazón de María en un mundo de Martas.
Aunque todos estén ocupados, presionados, nerviosos y sin tiempo, cada uno de nosotros puede buscar el momento para sentarse por fe, a los pies del Maestro cada día y disfrutar de su presencia.
Dios está buscando corazones hambrientos. El secreto de una vida fructífera está en amarlo con todo el corazón.
¿Cuáles son tus metas en la vida? Pues allí está tu corazón. Es bueno amar el trabajo, anhelar una casa mejor, obtener mayor comodidad, pero hay algo que está por encima de todo: en 1 de Corintios 14:1 habla de “Seguir el amor…”. Lo más importante no es obtener el éxito, sino encontrar a Jesús. Luego, como consecuencia, todas nuestras necesidades serán satisfechas, pero no estaremos sumidos en una carrera interminable de materialismo, sino que disfrutaremos de la plenitud del amor.
Dios creó muchas maravillas aquí en la tierra, para llenarnos de amor. Él nos creó para amarnos y para que también lo amemos. A veces nos cuesta amar, no lo sabemos expresar o tenemos miedo de sentirnos rechazados. Y otras, sencillamente nos hallamos con personas a las que no tenemos ni una pizca de amor para darles. Pero el Señor desea que aprendamos a recibir amor y también a darlo en abundancia.
Este es el tiempo de vaciarse del rencor, y prepararse para ser de bendición. ¡Vamos a dar del amor que recibimos!
Todo brilla cuando el amor de Dios está en tu corazón.