Un día, cierto pastor de origen humilde, pero con muy vivaz imaginación, hacía el siguiente comentario sobre la vida en victoria del cristiano.
“El pecado en el cristiano, es como una garrapata en el rabo de un chucho (perro)…; es incómoda, lo detiene a cada momento para rascarse, y por más que lo intente no se la puede quitar solo.”
“El pecado en el cristiano, es como una garrapata en el rabo de un chucho (perro)…; es incómoda, lo detiene a cada momento para rascarse, y por más que lo intente no se la puede quitar solo.”
Razón tenía el salmista cuando escribió “Mientras encubrí mi pecado, mi cuerpo se consumía” (salmo 32:3) , pues no hay nada más dañino y que robe tanto la vida como el parásito del pecado. Al igual que los parásitos físicos no dejan prosperar a nadie, los espirituales también son dañinos y contagiosos.
La verdad es que los hábitos pecaminosos, por más que queramos convivir con ellos o por más que nos hagamos los locos, ahí están, y cada día que pasa nos van robando la paz y el gozo, además de que son incómodos y nos producen desazón y mal humor y sobre todo, nos detienen cuando deseamos avanzar. Definitivamente necesitamos, al igual que nuestro peludo amigo, alguien que nos ayude.

Aunque el ejemplo del perrito a alguno puede parecer lesivo, la verdad es que la biblia usa con nosotros la imagen de ovejas, y como ovejas, también se nos pegan los parásitos.
El tema del pecado es muy recurrente en la biblia, y parece como si solo de eso tratara. A los cristianos no nos gusta este tema y últimamente se está dando un frecuente mensaje de prosperidad, de ser campeón, etc. Conviene dejar claro que para nada es mala la prosperidad, y por supuesto, la prosperidad bíblica, como tampoco que Dios nos vea a través de Jesús como un campeón, pero es una realidad que debemos tener cuidado de nuestra vida diaria.