“De paz inundada mi senda ya esté, /O cúbrala un mar de aflicción, /Mi suerte cualquiera que sea, diré: /Alcancé, alcancé salvación.” He cantado este himno de Horatio Spafford muchas veces. La mayoría de ellas en aquella pequeña congregación del Reparto Rocafort en La Habana. Una iglesia que, sin importar qué tonada evangélica estuviera en boga, seguía aferrada a los elocuentes himnos de siglos pasados. Recuerdo cómo surgía la melodía del himno del repique de las teclas de aquel viejo piano maltrecho que teníamos, la cadencia pasiva de la congregación y nuestro coro de hermanos inexpertos y maravillosos. Las lágrimas afloraban en las mejillas de varones y mujeres cuando empezaba la segunda estrofa: “Ya venga la prueba o me tiente Satán, /No amenguan mi fe ni mi amor; / Pues Cristo comprende mis luchas, mi afán / Y su sangre vertió en mi favor.” Era yo apenas un adolescente que comenzaba su andadura en la fe por aquellos tiempos, pero esos rostros llenos de serenidad me transmitían una indescriptible paz y gratitud que no se pueden traducir en palabras.
Había cantado muchas veces aquella tercera estrofa, pero ignoraba qué experiencia había dado lugar a semejante texto: “Feliz yo me siento al saber que Jesús, /Libróme del yugo opresor; /Quitó mi pecado, clavólo en la cruz, /Gloria demos al buen Salvador.” El final del himno no podía ser más emotivo. Es una declaración de fe vigorosa, y una proclamación escatológica sobre el Rey que vuelve. Es un canto al contentamiento y la esperanza: “La fe tornaráse en gran realidad /Al irse la niebla veloz; /Desciende Jesús con su gran majestad,/¡Aleluya! Estoy bien con mi Dios.”
Conocería la historia del himno más tarde y entendería por qué aquellas palabras me llegaban tan adentro del alma. Sus estrofas no fueron escritas desde un cómodo diván al pie de una chimenea en una preciosa tarde invernal, sino desde el camarote de un barco en circunstancias muy sombrías. Corría el año 1873, y Horatio Spafford había perdido mucho de su negocio con el gran incendio de Chicago de dos años atrás, y se proponía visitar Inglaterra para asistir a una serie de reuniones evangelísticas que conducía su amigo Moody. Por asuntos a amañar a última hora, envió a su esposa y sus cuatro hijas en el SS Ville du Havre, rumbo a Inglaterra, y él se les uniría a la semana siguiente. Mientras el barco cruzaba el Atlántico, colisionó con otro barco y se hundió en 12 minutos. Sus cuatro hijas se ahogaron y solo su esposa sobrevivió. Ella envió un telegrama desde Gales que decía: “Salvada sola.”
Spafford se embarcó en la primera nave que encontró para ir a buscar a su atormentada esposa. Mientras surcaban el Océano, el capitán del barco lo fue a buscar para mostrarle dónde había sido la tragedia. Fue entonces cuando Horatio compuso el himno que hoy rememoramos. Un himno que refleja la confianza en la bondad de Dios aún en los momentos más dolorosos. No es de extrañar que la División de manuscritos de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos tenga archivado el original del himno de Spafford. Hay que hacer acopio de mucho valor y tener una comprensión profunda de la fe, para escribir algo así en medio de una tragedia tan horrible.