Nani era una niñita de seis años. Aquella tarde parecía haberse propuesto generar un terrible chirrido que, por lo estridente, trastornaba los sentidos tanto a residentes como a quienes simplemente pasaban por allí. Y es que iba montada, pedaleando a toda velocidad, en su viejo y oxidado triciclo, un triciclo que habían disfrutado cuatro dueños anteriores.
Era tal la felicidad que mostraba, al no haber tenido que disputar con ninguno de sus cuatro hermanos el juguete, que se sentía la reina y dueña de la calle.
Realmente, no había ninguna cosa en ese instante que le interesara más que pedalear, subiendo y bajando a toda velocidad por la acera. Para ella, ese chirrido era música celestial.
Tras muchas vueltas, se interpuso en su camino un hombre que traía en su mano una latita. Era un anciano de gentiles ojos que transmitían amor. Cuando ella alzó su mirada y vio ese rostro tan bondadoso, su corazón vio al padre y abuelito que nunca tuvo. El diálogo entre los dos fue muy breve: “¿Me dejas arreglarte tu triciclo?” Obviamente, se trataba de uno de los atormentados vecinos. Después de aceitado el triciclo, se oyó un “gracias, señor”, acompañado de una gran sonrisa que ambos se regalaron.
Ese sencillo gesto bastó para que se iniciara una gran y pura amistad entre los dos. No había día en que Nani, camino a su escuela, no pasara por el negocio del gentil anciano y le saludase con su manita y una sonrisa, a través del vidrio de la ventana.