Una historia cuenta que una noche gélida de invierno, un niño se encontraba vendiendo periódicos en una esquina. El pequeño vivía en la calle y dormía en una caja de cartón que colocó en un rincón, para tratar de guarecerse lo mejor posible de las inclemencias del clima y de algunas “alimañas” que solían andar sueltas.
Aquella noche hacía más frío de lo habitual, y la caja de cartón con la que pretendía proteger su frágil cuerpito, no iba a ser suficiente. Preguntó entonces a un policía, si sabía a dónde podría ir un niño en esas condiciones.
El uniformado le indicó una dirección cerca de allí y le dijo que cuando fuera atendido, dijera: “Juan 3:16”.
Así lo hizo el niño. La amable anciana que le atendió cuando escuchó “la frase”, le hizo pasar, le dio de comer y le bañó; le proveyó ropas y le acostó en una mullida cama. Al día siguiente, después de levantarse muy temprano, le ofreció un desayuno como nunca había disfrutado. El niño no entendía nada.
La anciana se sentó junto al pequeño, abrió una gastada Biblia, leyó Juan 3:16 y le habló acerca de Jesús.
Fue entonces, cuando el niño comprendió cómo el amor de Dios es capaz de hacer que un chiquillo en situación de abandono, pueda sentirse amado, seguro, protegido.