Empero grande ganancia es la piedad con contentamiento. Porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar. Así que, teniendo sustento y con qué cubrirnos, seamos contentos con esto. Porque los que quieren enriquecerse, caen en tentación y lazo, y en muchas codicias locas y dañosas, que hunden a los hombres en perdición y muerte. Porque el amor del dinero es la raíz de todos los males: el cual codiciando algunos, se descaminaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores. Mas tú, oh hombre de Dios, huye de estas cosas, y sigue la justicia, la piedad, la fe, la caridad, la paciencia, la mansedumbre. Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna, a la cual asimismo eres llamado, habiendo hecho buena profesión delante de muchos testigos. 1 Timoteo 6:6-12

Desde que tengo memoria he oído a cristianos que se hacían esta pregunta. Verdaderamente, es fuerte la tentación de jugar un numerito en una lotería que, por una cantidad mínima de dinero, promete hacernos millonarios de la noche a la mañana. Se nos hace la boca agua ante la posibilidad de esta instantánea oportunidad y así, salir de nuestra escasez, dificultades, miserias y necesidades, y poder tener todo lo que deseamos si somos los afortunados.
Pero la Biblia dice claramente que “el principio de todos los males es el amor al dinero”. Cuando el creyente se deja arrastrar por el amor al dinero, pierde o ha perdido de vista el objetivo principal para el cual Dios le ha llamado.
El cristiano debe de estar contento y agradecido con lo que Dios le ofrece. Jesucristo mismo, en el Sermón del Monte, nos dijo que no estuviéramos afanados por nada, por lo que hemos de vestir o comer, pues si buscamos primero el reino de Dios y su Justicia, Él nos suplirá todas esas cosas por añadidura. La Biblia no nos dice taxativamente “No jugarás a los juegos de azar”, pero en cuanto a las loterías y los juegos podemos ver claramente, que jugar a ellos va en contra del principio y deseo de Dios para el hombre, porque crea un sentido de ambición en la persona que, a medida que pasa el tiempo y con él, la repetición del hecho, se puede llegar a convertir en un estorbo para su vida espiritual.