“Porque os acordáis, hermanos, de nuestro trabajo y fatiga; cómo trabajando de noche y de día, para no ser gravosos a ninguno de vosotros, os predicamos el evangelio de Dios”. 1 Tesalonicenses 2:9
Para el hombre, el trabajo es muy importante y necesario. El trabajo dignifica a la persona, que logra su sustento a través de su esfuerzo. Dignifica porque a semejanza de Dios, modificamos la creación. No es que creemos algo de la nada, sino que somos partícipes del acto creador infundiendo una forma y una finalidad a los objetos. Con los dones que recibimos de Dios, modificamos nuestro entorno y logramos nuestro alimento. Pero también crece nuestro espíritu, que se hace más esforzado y se acostumbra a las dificultades.
Es lo que deberíamos imitar nosotros, la prédica del Evangelio sin dejar por eso de trabajar y santificar nuestro lugar de trabajo. Lo contrario podría debilitar nuestro espíritu, haciéndonos cómodos y dados a los pensamientos ociosos.
Cuando Pablo le habla a la misma comunidad en otra ocasión, les dice: “Porque también cuando estábamos con vosotros, os ordenábamos esto: Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma. Porque oímos que algunos de vosotros andan desordenadamente, no trabajando en nada, sino entrometiéndose en lo ajeno.” (2 Tesalonicenses 3:10-11)
La falta de ocupación honesta, provoca que nuestro espíritu divague y pierda su firmeza. Nos empezamos a dedicar a lo superfluo, y así nos sobra energía. Nos empiezan a interesar los comentarios, las charlas sin sentido, los chismes, los escándalos.
Todo esto nos aleja de la Palabra de Dios. En ella vemos que los verdaderos hombres de Dios se dedicaron a predicar, pero sin dejar de ser útiles a los hermanos con su trabajo.






