¡Den gracias al Señor! ¡Proclamen su nombre! Cuenten a los pueblos sus acciones. Canten himnos en su honor. Hablen de sus grandes hechos. Siéntanse orgullosos de su santo nombre. Siéntase alegre el corazón de los que buscan al Señor. Recurran al Señor, y a su poder; recurran al Señor en todo tiempo. Él es el Señor, nuestro Dios; él gobierna toda la tierra. Ni aunque pasen mil generaciones se olvidará de las promesas de su alianza (Salmo 105,1 – 4; 7 – 8).
No solo hemos de aceptar vivir la Palabra de Dios; la Palabra es el Hijo de Dios que toma posesión de nuestra vida y nos transforma en Él, para que su encarnación se prolongue por medio de su iglesia, a través de la historia. Hemos de pedir al Señor que nos conceda su gracia para que no volvamos a la esclavitud de la ley; ella ya cumplió su función de conducirnos a Cristo (Gálatas 3,23 – 27). Ahora hemos de vivir no bajo el régimen de la ley sino bajo el régimen de la gracia; y si cumplimos la ley, no es porque por eso vayamos a salvarnos, sino porque se ha convertido en una norma de comportamiento moral que nos ayuda a permanecer fieles al amor a Dios y al amor al prójimo, conforme a la voluntad del Señor.
