martes, 17 de marzo de 2015

La trampa del orgullo

En los últimos tiempos, nuestra cultura ha contribuido, por todos los medios, a elevar nuestro “orgullo” bajo el nombre de “autoestima”. Ambas palabras significan lo mismo: tener un concepto inflado de nosotros mismos.
El orgullo se camufla con el disfraz de la que los psicólogos llaman, autoestima, cuya esencia es “exaltar nuestras cosas buenas y minimizar las malas”. Pero como siempre, la Biblia nos hace volver al punto de equilibrio, contrastando la verdad con lo que dice la mayoría, y el tema de la autoestima no es la excepción.
Se manifiesta fundamentalmente en la forma como pensamos que somos nosotros mismos, y la forma como nos relacionamos con los demás.

El orgullo en la apreciación de nosotros mismos
“Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno” Romanos 12:3
El orgullo nos impide ver cuán pobres son nuestras obras buenas. Si pudiéramos quitar el orgullo de nuestro corazón, podríamos ver que nuestras buenas acciones no son tan buenas ni tan grandiosas como nuestro orgullo las hace parecer. El orgullo es un enemigo que nos oculta nuestra triste realidad:
-        Impide ver nuestros pecados ocultos, para retrasar nuestra santidad.
-        Infla nuestra bondad y reduce nuestra maldad, para poder juzgar a otros.
-        Disfraza nuestros fracasos y debilidades, para hacernos ver como víctimas de los demás.
-        Exagera nuestros triunfos, para que busquemos los aplausos.
-        Se jacta de nuestra sabiduría, y retarda nuestro conocimiento.
-        Miente al hacernos creer que siempre tenemos la razón y dificulta pedir perdón.
-        Nos engaña al hacernos ver como más importantes y mejores que los otros, buscando todo merecimiento.
-        Enmascara nuestra perversidad con hipocresía, para cuidar nuestra reputación.

El orgullo en nuestra relación con los demás
“Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros. Filipenses 2:3-4
El orgullo nos hace tener un alto concepto de nosotros mismos, y ver
a los demás como inferiores; nos hace adoptar posturas de pensamiento y acciones altivas, queriendo dominarlos sutilmente. El orgullo no permite que nuestra imagen y gloria estén amenazados, nos lleva a reclamar siempre nuestros derechos y a ocuparnos de que “se haga justicia”, sin tener en cuenta la justicia del otro. El orgullo afecta a nuestras relaciones sociales porque dificulta la convivencia con los demás y sobre todo, nuestra relación matrimonial.
¿Cómo sabemos hasta qué punto somos orgullosos? Vemos aquí, una lista de actitudes; conque una sola de ellas se haga evidente en nuestro carácter, ya se demuestra que tenemos un corazón altivo:

-        Se ofende fácilmente.
-        Es impaciente.
-        Siempre está a la defensiva.
-        Le preocupa mucho su apariencia.
-        Necesita ser elogiado y aprobado.
-        Quiere sobresalir, compite.
-        Es controlador y le gusta mandar.
-        Se preocupa por el que dirán.
-        Busca ser recompensado.
-        Pelea por sus derechos sin importar a quien pisotee.
-        Siempre tiene la razón, le es difícil pedir perdón.
-        Se burla y critica al que no es como él.
-        Cree que es más espiritual que otros.
-        Cree que todo se lo merece, le dificulta ver lo que otros hacen para su bien.
-        Es perfeccionista y todo debe hacerse a su manera.
-        No acepta consejos, siempre cree saber qué hacer.
-        No sabe escuchar, solo piensa en sus problemas.
-        No asume su responsabilidad cuando se equivoca, busca culpar al otro.
-        No administra bien el dinero, o se queja de su escasez, pues quiere más de lo que puede tener.
-        No admira las cosas buenas de sus iguales. No le gusta que otro prospere.
-        Menosprecia al pobre y al que está en posición social menor.
-        Usa sarcasmos para referirse a los menos favorecidos.
-        Es rápido para encontrar las faltas de otros.

La mente es el campo de batalla

Nuestros pensamientos nos meten en problemas más que ninguna otra cosa. Es así, porque nuestros pensamientos son las raíces de cada palabra y hecho. En Isaías 55:8, el Señor dice: “Porque mis pensamientos no son los de ustedes, ni sus caminos son los míos”. Desechemos, por carecer de trascendencia, lo que podamos pensar, Dios ha escrito sus pensamientos para nosotros en su libro, la Biblia. Debemos examinar nuestros pensamientos a la luz de la Palabra de Dios, siempre dispuestos a someter nuestros pensamientos a los suyos, sabiendo que los suyos son los mejores. 
Esto es exactamente el punto señalado en 2 Corintios 10:4, 5. Por medio de cuidadosas estrategias y astuto engaño, Satanás intenta establecer “fortalezas” en nuestra mente. Una fortaleza mental es un área en la cual somos esclavos de una manera equivocada de pensar. Examine lo que hay en su mente. Si no está de acuerdo a los pensamientos de Dios (la Biblia), deseche sus propios pensamientos y en cambio, piense en los de Dios. Para hacer esto, debe conocer la Palabra de Dios lo suficientemente bien para comparar sus pensamientos con lo que está en la mente de Dios.
Las personas que viven con la vanidad de su mente, no sólo se destruyen a sí mismas, sino que muy a menudo, acarrean destrucción a quienes los rodean. Sin embargo, aquellos que viven por la verdad de Dios son bendecidos, y traen bendición a los demás. ¡La mente es el campo de batalla!
En el campo de batalla de la mente, usted ganará o perderá la guerra que Satanás ha declarado en su contra. Ore para que deseche las ideas y todo lo altanero y elevado que se exalta a sí mismo en contra del conocimiento de Dios, llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Jesucristo, para que pueda vivir en victoria, gozo y paz.

¿Debe la tradición Católica tener igual o mayor autoridad que la Biblia?

¿Debe concederse a las tradiciones eclesiásticas la misma autoridad que tienen las Escrituras? o, ¿deben seguirse las tradiciones de la iglesia solo si están en total concordancia con la Escritura? La respuesta a estas preguntas juega un importante papel para determinar lo que tú crees y cómo vives la vida cristiana. Ante todo, tengamos en cuenta que la Escritura es la única fuente autoritativa e infalible, para la doctrina y la práctica cristiana. Las tradiciones solo son válidas si tienen su origen en el firme fundamento de la Escritura, y si están en total acuerdo con toda ella. A continuación vamos a ver siete razones bíblicas que respaldan la enseñanza de que la Biblia debe ser aceptada como la autoridad para la teoría de la fe y su práctica:

(1) Es la Escritura de quien se dice haber sido inspirada por Dios (2 Timoteo 3:16), y es la Escritura la que contiene la repetida frase “Así dice el SEÑOR...”. En otras palabras, es la Palabra escrita la que repetidamente es vista como la Palabra de Dios. De ninguna tradición eclesiástica se ha dicho que sea igualmente infalible e inspirada por Dios.


(2) Es la Escritura a quien Jesús y los apóstoles recurrían una y otra vez para la base o defensa de sus acciones y enseñanzas (Mateo 12:3,5; 19:4; 22:31; Marcos 12:10). Hay más de 60 versos en los que se lee “está escrito....” usados por Jesús y los apóstoles para respaldar sus enseñanzas.

(3) Es la Escritura hacia donde la iglesia es encomendada para combatir el error o errores que habrían de surgir (Hechos 20:32). De igual manera, es la palabra escrita la que era consultada en el Antiguo Testamento como fuente de verdad, y sobre la cual se basaba la vida. (Josué 1:8; Deuteronomio 17:18-19; Salmo 1; Salmo 19:7-11; 119; etc.) Jesús dijo que una de las razones por la que los saduceos estaban equivocados, concerniente a la resurrección, es que ellos no conocían las Escrituras (Marcos 12:24)

(4) La infalibilidad jamás se estableció como propiedad exclusiva de aquellos que se convirtieran en líderes de la iglesia, sucediendo a los apóstoles. En ambos Testamentos, Antiguo y Nuevo, se puede ver que algunos líderes religiosos eran responsables de que el pueblo de Dios se extraviara en el error (1 Samuel 2:27-36; Mateo 15:14; 23:1-7; Juan 7:48; Hechos 20:30; Gálatas 2:11-16). En cambio, ambos Testamentos exhortan a la gente a estudiar las Escrituras para determinar lo que es verdadero y lo que es falso (Salmos 19;119; Isaías 8:20; 2 Timoteo 2:15; 3:16-17). Mientras que Jesús enseñó respeto hacia los líderes religiosos (Mateo 23:3), enseñanza que siguieron los apóstoles, tenemos también, el ejemplo de los mismos apóstoles de resistir la autoridad de sus líderes religiosos, cuando estaban en oposición a lo que Jesús había ordenado (Hechos 4:19)

(5) Jesús compara las Escrituras con la palabra de Dios (Juan 10:35). Como contraste, cuando se trata de tradiciones religiosas, Él condena algunas de ellas porque contradicen la Palabra escrita (Marcos 7:1-13). Jesús nunca usó las tradiciones religiosas como soporte a Sus acciones o enseñanzas. Antes de la escritura del Nuevo Testamento, el Antiguo Testamento era la única Escritura inspirada. Sin embargo, había literalmente cientos de “tradiciones” judías registradas en el Talmud (una colección de comentarios compilados por los rabinos judíos). Jesús y los apóstoles seguían tanto el Antiguo Testamento como la tradición Judía. Pero en ninguna parte de la Escritura, Jesús o alguno de los apóstoles se refiere a las tradiciones judías. En cambio, Jesús y los apóstoles sí citan o aluden al Antiguo Testamento cientos de veces. Cuando los fariseos acusaron a Jesús y los apóstoles de “quebrantar las tradiciones” (Mateo 15:2), Jesús les respondió con una reprensión, “...¿Por qué también vosotros quebrantáis el mandamiento de Dios por vuestra tradición?” (Mateo 15:3). La manera en que Jesús y los apóstoles priorizaban y distinguían entre las Escrituras y las tradiciones que tenían, es un ejemplo para la iglesia. Jesús específicamente, reprende el tratar a los “mandamientos de hombres” como doctrinas (Mateo 15:9).

(6) Es la Escritura la que tiene la promesa de infalibilidad; que toda ella sería cumplida. Nunca es dada esta promesa a las tradiciones de la iglesia (Salmos 119:89,152; Isaías 40:8; Mateo 5:18; Lucas 21:33).


(7) Son las Escrituras las que son el instrumento del Espíritu Santo y Su medio, para derrotar a Satanás y cambiar vidas. (Hebreos 4:12; Efesios 6:17).

“... y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra.” (2 Timoteo 3:15-17). “¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido.” (Isaías 8:20)

El llamado de Dios

¿Algunas veces piensa usted en Dios como alguien “cercano y personal”? En vez de estar distante y de ser inaccesible, el Creador del universo ha buscado siempre acercarse a nosotros. Para salvarnos, decidió identificarse con el hombre al enviar a su Hijo Jesús a vivir en la Tierra. También hizo posible que su Espíritu morara en nosotros como nuestro consejero y guía. El Padre invita a todos a tener una relación personal con Él, y se complace cuando le seguimos de cerca.
Si nos fijamos en su llamado a diversas personas, a lo largo de la historia registrada en la Sagrada Escritura, es evidente que no se trata de algo arbitrario y/o general (Jeremías 1.5). Dios desea que usted lo busque con todo el corazón, para que pueda encontrarlo a Él y al futuro que ha ideado para usted (Jeremías 29.11-13).
Pero la prioridad absoluta de Dios para todos, es el llamado a la salvación; Él quiere que abramos la puerta de nuestro corazón para poder limpiarnos y hacer un trabajo de transformación en nuestra vida. Nos llama individualmente para que podamos recibir su amor, su perdón y una nueva identidad por medio de un nuevo nacimiento: el espiritual.
Tu destino eterno depende de la decisión de responder a su llamado con un corazón abierto. Aceptarlo es emprender la aventura de una vida nueva llena de propósito -la vida con Él, para lo cual fuimos creados. ¿Ha respondido usted a este increíble llamado? Si lo hizo, reafirme su compromiso con Él. Si no ha respondido todavía a la invitación, haga de hoy el día que lo cambiará todo: reciba al Señor Jesús como su Salvador personal, y hágalo el Señor de su vida.

lunes, 16 de marzo de 2015

El culto familiar

Existen una serie de ordenanzas y también, medios de gracia claramente implícitos en la Palabra de Dios, pero en la práctica tenemos en cuenta pocos, unos pocos preceptos claros y positivos; más bien nos limitamos a recogerlos del ejemplo de hombres santos y de diversas circunstancias secundarias. Pero si los tenemos en cuenta, se logra un fin importante a través de ellos; es así como se prueba el estado de nuestro corazón. Sirve para hacer evidente si los cristianos descuidan un deber claramente implícito, simplemente por el hecho de no poder cumplirlo. De esta forma, se descubre más del verdadero estado de nuestra mente, y se hace manifiesto si tenemos o no un amor ardiente por Dios y por servirle. Esto se aplica tanto a la adoración pública como a la familiar. Consideremos de hecho, que no es difícil dar pruebas de la obligación de ser devotos en el hogar.

Consideremos primero el ejemplo de Abraham, el padre de los fieles y el amigo de Dios. Fue por su devoción a Dios en su hogar como recibió la bendición de: “Porque yo lo he conocido, sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová, haciendo justicia y juicio” (Génesis 18:19). El patriarca es elogiado aquí por instruir a sus hijos y siervos en el más importante de los deberes, “el Camino del Señor”: la verdad acerca de su gloriosa persona, su derecho indiscutible sobre nosotros, lo que requiere de nosotros. Son importantes las palabras “que mandará”, es decir, que usaría la autoridad que Dios le había dado como padre y cabeza de su hogar, para hacer cumplir en Él los deberes relacionados con la devoción a Dios. Abraham oraba a la vez que también enseñaba a hacerlo a su familia: dondequiera que levantaba su tienda, edificaba “allí un altar a Jehová” (Génesis 12:7; 13:4). Ahora bien, amigos, preguntémonos: ¿Somos “simiente de Abraham” (Gálatas 3:29) si no “hacéis las obras de Abraham” (Juan 8:39) si descuidamos el serio deber del culto familiar? El ejemplo de otros hombres santos es similar al de Abraham. Consideremos la devoción que reflejaba la determinación de Josué, quien declaró a Israel: “Yo y mi casa serviremos a Jehová” (Josué 24:15). No dejó que la posición exaltada que ocupaba, ni las obligaciones públicas que lo presionaban, lo distrajeran de procurar el bienestar de su familia.
También, cuando David llevó el arca de Dios a Jerusalén con gozo y gratitud, después de cumplir con sus obligaciones públicas “volvió para bendecir su casa” (2 Samuel 6:20). Además de estos importantes ejemplos, podemos citar los casos de Job 1:5 y Daniel 6:9. Limitándonos a solo un ejemplo en el Nuevo Testamento, pensamos en la historia de Timoteo, quien se crió en un hogar piadoso. Pablo le hizo recordar la “fe no fingida” que había en él, y agregó: “la cual residió primero en tu abuela Loida, y en tu madre Eunice”. Con razón pudo decir enseguida: “desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras” (2 Timoteo 3:15)

Por otra parte, podemos observar las terribles amenazas pronunciadas contra los que descuidaban este deber. Cuántos habremos reflexionado seriamente sobre estas palabras impresionantes: “¡Derrama tu enojo sobre las gentes que no te conocen, y sobre las naciones que no invocan tu Nombre!” (Jeremías 10:25) Qué tremendamente serio es saber que las familias que no oran son consideradas aquí, iguales a los paganos que no conocen al Señor. ¿Sorprendidos? Pues hay muchas familias paganas que se juntan para adorar a sus dioses falsos. ¿Y no es esto causa de vergüenza para los cristianos profesos? Pero observemos también que Jeremías 10:25 registra imprecaciones terribles sobre ambas clases por igual: “Derrama tu enojo sobre...” Con cuánta claridad nos hablan estas palabras.

Vida real, relaciones reales

Las relaciones virtuales son parte de nuestro mundo. Pero nuestros niños necesitan establecerse y asegurarse en relaciones que no sean solo virtuales.

Una de las facetas en la que es necesario que los padres seamos mentores de nuestros hijos, es la de tener relaciones saludables. Los niños están sumamente cómodos en un mundo virtual.
Tienen amigos virtuales de todo el mundo. Mientras que los padres usan las redes sociales, como una oportunidad para establecer contacto con viejos amigos que han conocido personalmente en la secundaria, en la universidad, y en el presente, sus hijos se esfuerzan por sumar una multitud de "amigos", se hayan conocido antes o no. Esto puede provocar que un hijo o una hija acepten como amigo al hermano del primo del vecino de su amigo: ¡alguien a quien nunca han conocido en la vida real!

El dilema con esto, es que mientras los adolescentes están buscando aceptar más y más amigos para ser populares, su mundo relacional cambia del equilibrio de lo real... a la inestabilidad virtual. Cambian las relaciones reales, auténticas, cara a cara, por ilusiones virtuales, falsas impresiones... y engaños.

Esta observación tiene una doble perspectiva. 
Primero, mientras más relaciones virtuales tengan nuestros niños con personas que no han visto cara a cara, en mayor riesgo estarán. En nuestro ámbito es norma que ellos tienen que haber compartido cierto tiempo cara a cara con alguien, antes de agregarlo como amigo a su lista, sea cual sea la actividad en la que estén. De esta manera, al menos sabemos que los amigos son realmente quienes dicen ser.
Cuando nos encontramos con la gente por primera vez, solemos tratar de averiguar qué clase de personas son. Aunque las tratemos desde hace años, si no las conocemos bien, por lo general observamos lo que dicen y cómo actúan para ver si nos gustaría tenerlas en nuestra vida. Hacemos esto con al menos, dos de los cinco sentidos que tenemos: vista y oído. Pero con las relaciones virtuales no tenemos disponibles ninguna de estas dos opciones. Podemos "ver", pero solo estamos viendo una imagen distorsionada, la imagen que la otra persona quiere proyectar al mundo, y muchas veces, esa imagen es diferente de la persona real. No es más que una máscara. Queremos que nuestros niños tengan con la gente, relaciones en las que puedan aprender a discernir quienes son realmente esas personas, sin la máscara.

Es tiempo de dar gracias a Dios

Papito Dios, gracias por tu infinita misericordia, por amarme como me amas, por la gracia que me concedes en Cristo Jesús de acercarme confiadamente a tu Trono y rendirte mi corazón, mis deseos, mis angustias y mis necesidades. Gracias, porque aunque he pecado, sé que en el nombre de Jesucristo, puedo tener la certeza de que Tú me estás escuchando y me estás llenando con tu Divina Presencia. Gracias por la limpieza y la pureza que estás dando a mi corazón, gracias por perdonar mis pecados, gracias por concederme el honor de confiar en ti, de creer en ti, de poner mi fe en ti; gracias por enseñarme todos los días a ser como Tú, mi buen Jesús, gracias por hacerme odiar el pecado y permitirme anhelar tu voluntad, gracias Espíritu Santo, por convencerme de todo pecado, justicia y juicio.
Gracias Señor, por mi vida, por el aire que respiro, por lo que tengo, por lo que sé y por lo que soy; gracias por mis seres queridos, por todo y todos los que son parte de mí.
¿Cuántas veces Señor, me bendices en el día?, y ¿cuántas veces te lo agradezco verdaderamente? Este es el momento para darte las gracias Señor, por todo aquello que me has dado a lo largo de la vida, gracias por darme el privilegio de haber sido llamado(a) por ti, gracias por haberte fijado en mí aún con tantas imperfecciones como tengo; gracias por tu fidelidad, por tu gran amor, por tu gracia y tu poder en mi vida. Gracias por cada una de las bendiciones que desde antes de formarme en el vientre de mi madre, ya habías apartado para mí.
Gracias Señor, por ser mi Amo, mi Señor y mi Protector. Gracias por darme el aliento que necesito para salir adelante, gracias por fortalecerme en tu amor, en tus caminos y en tu voluntad. Gracias por no desecharme, gracias por no dejar tu obra en mí iniciada o en la mitad, gracias porque te has propuesto lograr en mí cosas inimaginables, gracias porque lo que vas a hacer, sé que lo estás haciendo y sé que lo culminarás.

Un corazón como el del Padre

Tal como la necesidad espiritual solamente puede ser saciada al entrar en intimidad con Dios, la misericordia es fruto del hambre y sed de justicia.
Bienaventurados los misericordiosos, pues ellos recibirán misericordia. Mateo 5:7 En esta bienaventuranza tenemos una de las más claras evidencias de que es Dios el que está obrando transformación en la vida y no la persona misma. La misericordia se refiere específicamente, a una sensibilidad al dolor de otros que, a su vez, produce un deseo de aportar alivio al afligido. No cabe duda de que esta postura refleja el carácter de nuestro Dios, pues la misericordia tiene que ver con un corazón compasivo, bondadoso y tierno. No mide si la otra persona es merecedora de nuestra socorro, sino que se da a sí mismo por el bien del otro.
Conforme a la progresión espiritual que vamos observando, es natural que crezca en nosotros, esta actitud de misericordia, fruto del hambre y sed de justicia. Esta necesidad espiritual solamente puede ser saciada al entrar en intimidad con Dios mismo. La cercanía a Su Persona, no solamente sacia las necesidades de nuestra alma, sino que comienza a contagiarnos de la misma visión que Dios tiene de la gente. Ya no juzgamos con dureza a aquellos que están en situaciones difíciles, condenándolos porque vemos en sus vidas las claras consecuencias del pecado. Más bien, comenzamos a comprender que son personas atrapadas en un sistema maligno, cegadas por las tinieblas de este mundo, que necesitan con desesperación que alguien se les acerque para indicarles el camino hacia la luz y la vida.
¡Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos recibirán aún mayores demostraciones de misericordia!

¿Es bíblico orar a María / los santos?

El hecho de que los católicos oren a los santos es un asunto muy confuso. La posición oficial de la Iglesia Católica Romana, es que los católicos no es que oren directamente a los santos o a María, sino que los católicos piden a los santos y a María que oren, intercedan por ellos. La posición oficial de la Iglesia Católica es que en pedir a los santos por oraciones, no hay ninguna diferencia a que le pidas a alguien aquí en la tierra que ore por ti. Sin embargo, la práctica de la mayoría de los católicos difiere mucho de la enseñanza oficial de la Iglesia Católica Romana. Muchos católicos, de hecho, oran directamente a los santos y/o María, pidiéndoles ayuda, en vez de pedirles a los santos y/o María que intercedan ante Dios por ayuda. Cualquiera que sea el caso, ya sea que se ore a un santo o a María, o el pedirles que oren, ninguna de estas prácticas tiene una base bíblica.

La Biblia en ninguna parte instruye a los creyentes en Cristo a orar a nadie más que a Dios. Tampoco la Biblia, en ningún lugar, anima ni menciona que los creyentes le pidan oraciones a individuos en el cielo. ¿Por qué entonces, muchos católicos oran a María y/o a los santos, o les piden orar por ellos? Porque los católicos ven a María y a los santos como “intercesores” ante Dios. Por lo tanto, si un santo le lleva una oración a Dios, es más efectivo que el que oremos directamente a Dios. Este concepto es evidentemente anti-bíblico.Hebreos 4:16 nos dice que nosotros, los creyentes aquí en la tierra, “... acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.”


1 Timoteo 2:5 declara, “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre.” No hay nadie más que pueda ser mediador ante Dios por nosotros. Si Jesús es EL ÚNICO mediador, eso indica que María y los santos no pueden ser mediadores. Ellos no pueden ser mediadores de nuestras peticiones en oración a Dios. Más aún, la Biblia nos dice que Jesucristo mismo intercede por nosotros ante el Padre “por lo cual (Jesucristo) puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos.” (Hebreos 7:25). Con Jesús mismo intercediendo por nosotros, ¿por qué necesitamos que María o los santos intercedan por nosotros? ¿A quién escuchará Dios que sea más cercano que Su Hijo? Romanos 8:26-27 describe al Espíritu Santo intercediendo por nosotros. Con el segundo y tercer miembro de la Trinidad ya intercediendo por nosotros ante el Padre en el Cielo, ¿qué necesidad habría de tener a María o a los santos intercediendo por nosotros?