martes, 3 de marzo de 2015

Los escalones que sean necesarios para llegar

La vida se compone de momentos, buenos y malos, siendo imposible mantenerse solo en unos. La gran mayoría quisiéramos que siempre fueran buenos, pero siendo realistas no existe una vida sin dificultades, como tampoco una sin cosas buenas, afortunadamente.
Podemos ver la vida como una escalera en la que los escalones se construyen diariamente. Por cada logro es uno que subes, por cada prueba otro que construyes; todos los procesos de la vida son buenos, solo que no todas las cosas que nos pasan pueden disfrutarse desde que comienzan, es decir, cada situación tiene algo que nos hace bien, pero a veces llegan en forma agradable y clara, y otras más... digamos que de una manera un tanto envuelta que hay que descubrir poco a poco, y donde el proceso a veces tarda y llega a ser difícil.
Cuando nos toca estar en la cima de un logro, o sea, pisando sobre el escalón, todo nos va muy bien, parece que la vida nos sonríe, que todo tiene sentido y encaja a la perfección; pero llega el momento de subir un poco más, y todo se ve complicado y difícil, como si de repente tuviéramos una racha negativa en la que nada es comprensible, en la que buscas salidas y no las hay, en la que te preguntas a dónde se han ido las cosas buenas y qué es lo que está sucediendo; pues bien, la respuesta es que quedaron en el escalón de abajo mientras sigues construyendo el que te lleva más alto.

¡Disfrute la espera!

En 2 Tesalonicenses 3:5, Pablo ora por sus lectores para que se den cuenta de que Dios deseaba labrar en ellos varios rasgos del carácter importantes. Una de esas cualidades es la paciencia. La paciencia no solo es la capacidad para esperar; es además, cómo se actúa mientras se espera. Necesitamos aprender a esperar con una buena actitud.
Esperar es un hecho de la vida. Vamos a esperar siempre no importa lo que hagamos. Realmente, pasamos más tiempo esperando que recibiendo. Y nuestras actitudes y acciones durante la espera determinan si disfrutamos o no el viaje y también, la amplitud de la espera.
Hay una buena razón por la que necesitamos ser pacientes. Debemos tratar con las actitudes que nos estorban, como ser celosos de otros que ya tienen lo que estamos esperando; tener regularmente nuestros propios "festines de lástima"; andar en una montaña rusa emocional; dar a luz a "Ismaeles" en nuestra propia fuerza (vea Génesis 12-16), y exhibir otras clases de malas actitudes. Estas maneras de pensar y sentir deben ser erradicadas de nosotros, ¡y ellas son precisamente la razón por la que debemos esperar! La preparación es un proceso que requiere tiempo, y cualquier longitud de tiempo requiere una espera.
Aún cuando estemos más maduros y listos para algo de lo mejor de Dios para nosotros, es posible que tengamos que esperar que Dios trate con las otras personas que participarán.
La obra de Dios siempre es intrincada y polifacética. Usted estará mucho mejor si deja que Dios obre. Permita que Dios sea Dios en su vida, y aprenda a tener paciencia mientras Él erradica de usted las actitudes poco saludables. Si lo hace, ¡disfrutará mucho más su espera!

7 Textos Bíblicos Antes De Tomar Decisiones Difíciles

¿No sería grandioso si hubiera una gran parte espiritual que influyera en nosotros a la hora de tomar la decisión correcta? Podemos postergarla el mayor tiempo posible, pero con el tiempo llegará el momento en que la decisión tiene que ser hecha. Las decisiones son difíciles debido a las consecuencias que pueden tener. ¿Qué versículos de la Biblia pueden ayudar en el momento de tomar decisiones difíciles?

Oremos por la sabiduría de Dios

“Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.” (Santiago 1:5).
Siempre debemos empezar pidiendo sabiduría a Dios. La sabiduría que viene del mundo trae una paz temporal seguida por más frustración. En cambio, la sabiduría de Dios trae paz verdadera y vida, incluso cuando las cosas se ponen difíciles. Cuando oramos con fe, creyendo que Dios nos da sabiduría para tomar la mejor decisión, Él responde y nos da más de lo que necesitamos.

Buscar en las escrituras de Dios

“Los mandamientos de Jehová son rectos, que alegran el corazón; El precepto de Jehová es puro, alumbra los ojos.”(Salmo 19:8).
Antes de tomar decisiones difíciles, es importante escudriñar las Escrituras que hablan de nuestra situación. Es maravilloso y alegre el momento de descubrir una Escritura específica que habla de nuestra situación. La memorización de esta escritura es más sencilla porque está viva y respira en nosotros su palabra, y de esta manera la manifestación de su presencia estará con nosotros.

Guarda silencio ante Dios

“Guarda silencio ante Jehová, y espera en Él. No te alteres con motivo del que prospera en su camino, por el hombre que hace maldades.”(Salmo 37:7).
A veces, cuando somos presionados para tomar decisiones difíciles, se puede presentar la tentación por obrar rápidamente en lugar de esperar en Dios. Sí, de acuerdo, al esperar en Dios vamos a tener períodos de tiempo en los que parece que no está pasando nada, sin embargo, en el Espíritu del Señor está presente nuestro nombre y petición. Se trata de un momento de reflexión en silencio y meditación de gratitud por la bondad del Señor.

Busca el consejo de personas piadosas

”El que anda con sabios, sabio será; mas el que se junta con necios será quebrantado.” (Proverbios 13:20).
Todo el mundo puede tener una opinión sobre cual es la mejor decisión para ti. Sin embargo, es importante descartar las voces ajenas, pero oír a los que andan cerca de Dios. Ore y pídale al Señor que le revele a sus siervos para ti. Reconocerás el Espíritu de Dios en ellos, ya que su consejo se apoya en gran medida, en las verdades de la palabra de Dios sin temor, ansiedad, o presunción.

lunes, 2 de marzo de 2015

Llenando el cántaro

Un hombre envió a su joven hijo a llenar un cántaro al río, y le dijo que volviera lo antes posible. El joven obedeció y fue hacia el río mientras su padre le observaba de lejos.
Entonces, éste vio a su hijo poniendo el cántaro debajo de una cascada, y la fuerza del agua fue tal y la cantidad tan grande, que el líquido no logró entrar al recipiente pues su cuello era demasiado delgado. Cuando el hijo llegó con el cántaro, le mostró cómo el cuello del mismo había sido roto por el fuerte y constante golpeteo del agua. Además, este hecho provocó que la poca agua recogida llegará turbia y sucia. El padre preguntó entonces:
- ¿Por qué no sumergiste el cántaro en el río? ¿No veías que el agua de la cascada era demasiada para el cuello del cántaro?”. El hijo contesto:
“Sí, pero es que quería llenarlo lo más rápido posible”.

“La belleza está en los ojos del que la contempla”

Los cánones de belleza física están condicionados por la cultura. En otras palabras, lo que se considera bello o deseable para algunos pueblos puede resultar feo, e incluso desagradable, para otros. Por ejemplo: los masáis consideran atractiva la lengua negra; los sirios las cejas muy tupidas; en cambio los mongos, ven hermosa la falta de cejas y pestañas. Los hotentotes destacan las nalgas gigantescas; los chinos los pies pequeños; los ila los ombligos grandes y… así podemos seguir hasta el infinito. De lo que se deduce que el tema del atractivo físico es bastante variable, subjetivo.
Mientras, en algunas culturas como la occidental, lo “hermoso” representa los criterios de cualquier concurso de belleza; en otras sociedades no está definido en términos físicos, sino más bien como ciertos caracteres que hacen al comportamiento.
Los estudiosos de la materia, dicen que no existe un cuerpo deseable para la generalidad de los pueblos. Un ejemplo claro de ello es la consideración de la obesidad. Cada persona sabe lo que la gordura significa en su grupo social y actúa en consecuencia. En las sociedades en las que la comida escasea, ser gorda o gordo es señal de salud y estatus social. De ahí que en los pueblos del oeste de África resulten atractivas las personas obesas; cuando para otras culturas no lo es.

Jesús te espera

El Señor… es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento. 2 Pedro 3:9.
Jesús, cansado, estaba sentado junto al pozo de Jacob (Juan 4:6) en Sicar, ciudad de Samaria. En eso llegó una mujer con su cántaro a sacar agua. Era una samaritana despreciada, una mujer que vivía en el desorden moral. No sabía que se hallaría ante Quien conocía toda su vida.
Cuando llegó al pozo, se extrañó de que un hombre judío le pidiera de beber. Jesús le dijo: “Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber, tú le pedirías, y él te daría agua viva” (Juan 4:10). Esta respuesta despertó en ella la necesidad del agua que verdaderamente apacigua la sed. “Señor”, dijo ella, “dame esa agua, para que no tenga yo sed” (4.15). 

Desde la cisterna

Esta es la historia de la vida de José. Cuenta cómo debió haberse sentido mientras se encontraba en aquella cisterna, lo que tuvo que experimentar para que se cumpliera el propósito de Dios en su vida. Así que, como si fuera él, espero que este texto sea de bendición a sus vidas.
Señor, ¡mira como me han arrojado a esta cisterna! Por causa de mi amor a tu nombre, por querer hacer bien las cosas y ser diferente, me han tirado como si fuera un "don nadie". Me han aislado, han querido apartarme por envidia y molestia. El dolor que siento por la traición es grande, porque fueron mis propios hermanos los que me hicieron este daño. Se han burlado de mí, me han criticado y menospreciado. Han causado una herida mortal en mi alma.
Padre, aquí estoy en plena oscuridad, ¡casi no puedo ver nada! Pero aunque con mis ojos no puedo ver ni mi ser entiende lo que sucede, con mi corazón te siento y con mi fe te veo y puedo declarar que te alcanzaré.
Ahora mis hermanos me han sacado para venderme, pero en realidad, algunos querían matarme. Parece que de ser hijo, ahora soy un simple mendigo. Lo tenía todo y ahora sirvo de esclavo en casa extraña. Pero aunque no entiendo nada, sé que sigues teniendo el control. Porque los sueños que yo tuve, no fueron míos, Tú los sembraste en mí. Pese a todo, yo te veo obrar porque eres muy real. Ha pasado algo de tiempo, pero de esclavo me han ascendido a mayordomo. El dueño de la casa confía en mí y no lo quiero defraudar. Tú has permitido que traiga bendición a este lugar y él lo ha notado. Lo que sí me preocupa es que su esposa me mira de un modo extraño, ¡me hace sentir incómodo, no me atrevo ni a mirarle! Dame fuerzas Señor, y no permitas que caiga cautivo de la tentación.
¡Dios mío, mira ahora donde me encuentro! Cuando creía que todo iba mejorando, me acusan de algo que no cometí. Estoy preso en una cárcel, distante de todos, muy lejos de mi hogar. Hazme rememorar mi sueño en ti, porque me alienta y me da esperanza. Porque aunque yo no sé lo que harás, tengo confianza en ti, sé que vas a obrar. Que mi fe no decaiga porque aunque estoy pasando por el fuego, espero brillar como el oro.

El poder positivo de la confianza

El apóstol Pablo era un hombre de una gran confianza. Durante una parte de su vida, estuvo basada totalmente en sus credenciales, o sea, en su educación y posición. Pero su encuentro con el Señor (Hechos 9.1-6) le hizo darse cuenta del poco valor de esas cosas. ¿Cuál era, entonces, la base de su nueva confianza?
La relación de Pablo con el Señor se convirtió en el nuevo fundamento de su vida. Al ver sus antiguos derroteros en vida como un capítulo cerrado, abrazó su nueva vida en Cristo. Pablo no solo reconoció la insuficiencia de todo aquello en lo que había confiado, sus conocimientos, logros y autoridad, sino que también se despojó de cualquier atisbo de vida independiente de Dios. El apóstol se convirtió en un hombre que dependió totalmente del Señor (Gálatas 2.20).
La confianza inquebrantable de Pablo en la fidelidad de Dios, tuvo un papel clave. Creía en su promesa de fortalecerlo y equiparlo; de guiarlo en todas las situaciones; de atender todas sus necesidades; y de que nunca lo abandonaría. Al enfrentarse a pruebas, Pablo experimentaba el poder del Espíritu Santo que fluía en él. Al creer en lo que Dios decía, podía enfrentarse a las adversidades con valentía. Su confianza no era en sí mismo, sino en la presencia, la ayuda y el poder de Dios; por eso se mantuvo firme.
¿Ve usted la razón y la clave, por la que podemos estar confiados los seguidores de Cristo? Lo que importa no es lo que somos, lo que creemos sobre nosotros mismos, o las fortalezas y las capacidades que tenemos. Desarrollar una confianza absoluta en Cristo es lo que produce la verdadera confianza. ¿Cuánto confía usted en Él?
Lectura bíblica: Filipenses 4.4-13

domingo, 1 de marzo de 2015

La conformidad

Gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento; porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar. Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto. Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición; porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores (1 Timoteo 6.6–10).
Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús… he aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación. Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece (Filipenses 4.6–7, 11–13).
¿Satisfechos? Nunca lo estamos. No estamos nunca satisfechos. 
Cogemos unas vacaciones fabulosas… nos saciamos de sol, de diversión, de buena comida. Pero ni siquiera estamos empezando el camino de regreso, cuando ya nos entristece el fin del viaje y comenzamos a planear otro.
No estamos satisfechos, cuando de niños decimos: ¡Quién fuera adolescente!. Y ya de adolescentes decimos: ¡Quién fuera adulto!. Y como un adulto: Si estuviera casado.... Como cónyuge: ¡Quién tuviera hijos!
No estamos nunca satisfechos. La conformidad es una virtud difícil ya que no hay nada en este mundo, que pueda satisfacer nuestros anhelos más profundos.
Anhelamos ver a DIOS. El paso de las hojas de la vida, al ser movidas éstas por el viento, susurran el rumor de que lo veremos,... y no quedaremos satisfechos hasta lograrlo.