Roma, 7 de septiembre. Hace unas semanas, dos jóvenes vinieron a nuestra casa a ofrecerme mucho dinero para dar de comer a la gente. En Calcuta damos de comer a 9 mil personas al día. Querían que el dinero se destinara para alimentar a esta gente. Les pregunté "¿De dónde han sacado tanto dinero?" Ellos me respondieron: "Nos acabamos de casar hace dos días. Antes de la boda decidimos que no compraríamos trajes para la ceremonia ni para la fiesta. Queremos darles a ustedes el dinero."
EL AMOR EN ACCIÓN.
Muchos se quedaron completamente sorprendidos al ver cómo una familia de ese nivel, no había comprado trajes ni había organizado fiestas con motivo de la boda. Para un hindú de clase alta esto es un escándalo. Después les pregunté "¿Por qué lo han hecho?". Esta fue la extraña respuesta que dieron: "Nos amamos tanto que queríamos dar algo a otros, y comenzar nuestra vida en común con un sacrificio." Me impresionó mucho constatar cómo estas personas estaban hambrientas de Dios. Una manera de manifestarse el amor mutuo era hacer ese sacrifico enorme, y estoy segura de que los occidentales no pueden entender lo que esto significa. En nuestro país, la India, sabemos lo que significa no tener vestidos para la boda. Sin embargo, estos dos jóvenes tuvieron el valor de comprometerse así. Esto es verdaderamente un amor en acción. Y, ¿dónde comienza el amor? En la propia casa. ¿Cómo comienza? Orando juntos. Una familia que ora unida permanece unida. Y si permanece unida, se amarán unos a otros como Dios nos ama.
Para amar hay que compartir.
Con frecuencia me preguntan cuándo terminará el hambre en el mundo. Y yo respondo, "Cuando aprendamos a compartir". Cuanto más tenemos, menos damos. Cuanto menos tenemos más dispuestos estamos a dar.
Ese niño me enseñó a amar.
En una ocasión, en Calcuta, no teníamos azúcar para nuestros niños. Sin saber cómo, un niño de cuatro años había oído decir que la Madre Teresa se había quedado sin azúcar. Se fue a su casa y les dijo a sus padres que no comería azúcar durante tres días, para dárselo a la Madre Teresa. Sus padres lo trajeron a nuestra casa: entre sus manitas tenia una pequeña botella de azúcar, lo que no había comido.
Aquel pequeño me enseñó a amar. Lo más importante no es lo que damos sino el amor que ponemos al dar.
APRENDAMOS A AMAR.
Ustedes conocen a los pobres de su zona. Saben que se encuentran en todos lados, en Roma, México, en Nueva York, en Londres y en otros sitios, también aquí, y muchos. Nuestras hermanas dan de comer a los hambrientos de esta ciudad. Hay personas que duermen por las calles. Quizá se sorprendan al ver a personas como ustedes, que duermen arropados por cartones, temblando de frío. Esto sí que es sufrir. Tienen que tener un amor tierno, tienen que reconocer al pobre donde quiera que vivan. En la India es maravilloso ver a hindúes y musulmanes que se preocupan por lo pobres. También aquí, al igual que en muchos lugares, la gente es consciente de la necesidad de compartir la alegría de amar. Pero, ¿dónde comienza este amor? En el hogar. No podemos dar lo que no tenemos. Y yo rezo para que este amor pueda comenzar. La oración hace el corazón transparente. Un corazón transparente puede ver a Dios, y solo podemos ver a Dios si hacemos algo por alguien. Tienen que saber quién es ese "alguien" y quién lo ha creado. A los pobres no les hace falta demasiado, lo que necesitan es ternura y amor.
