Saulo fue un hombre que nació en Tarso, zona de la actualmente conocida como Turquía. En aquel entonces era una ciudad que pertenecía al Imperio Romano, pero cambió de nombre a Cilicia.
Este hombre nació en el seno de una familia hebrea de la tribu de Benjamín y al crecer, fue educado a los pies de un erudito de la época llamado Gamaliel. Con el tiempo seguiría los mismos pasos de su maestro, para convertirse en fariseo y en un judío de profundas convicciones, educado para servir y obedecer la Ley de Dios.
Este hombre nació en el seno de una familia hebrea de la tribu de Benjamín y al crecer, fue educado a los pies de un erudito de la época llamado Gamaliel. Con el tiempo seguiría los mismos pasos de su maestro, para convertirse en fariseo y en un judío de profundas convicciones, educado para servir y obedecer la Ley de Dios.
El libro de los Hechos de los apóstoles, en sus primeros capítulos, narra el primer contacto de Saulo con los seguidores de Jesús, a los que, sin considerar la condición y situación de cualquier hombre, mujer o niño, los metía a todos a la cárcel y, si le parecía bien, mandaba matar a algunos, como hizo con Esteban en la ciudad de Damasco.
Satisfecho por sus acciones, montó en un caballo y cabalgó erguido hacia Damasco, pensado que estaba haciendo lo correcto. Pero justo en el momento en el que creía que había llevado su ministerio al triunfo, una luz blanca y brillante que venía del cielo lo derribó y quedó ciego por tres días.
Saulo, conocido después de este suceso como Pablo, explica esta experiencia como una “visión” (1 Corintios 9:1), como una “aparición” de Jesucristo resucitado (1 Corintios 15:8), y como una “revelación” de Jesucristo y su Evangelio (Gálatas 1:12-16; 1 Corintios 2:10).
