sábado, 28 de junio de 2014

El ojo del Espíritu


¿Cómo se pueden comprender algunas cosas que se desarrollan o suceden en el mundo espiritual? Esto se logrará si se aprende a mirar con el "tercer ojo": la exploración del mundo espiritual.
En este momento, la ciencia tiene su auge con la civilización moderna. Es una época en la que se mide hasta dónde puede llegar la razón del hombre. 
Y la ciencia se desarrolla en base a la razón. En otras palabras, traído al contexto cristiano, la ciencia no es otra cosa que el desarrollo del alma del hombre.
No obstante, la fe no es una ciencia basada en la razón, no se descubre ni se desarrolla en base a la misma. Aun así, muchos cometen el error de considerar a la fe como un mecanismo del alma, de la razón y de la ciencia.
Algunos modernos teólogos, intentan explicar la fe desde el punto de vista de la ciencia. Erróneamente, llegan a la conclusión de que La Biblia es sólo un mito antiguo. Esto es un grave error. La Biblia, que relata episodios de encuentros entre el Dios eterno y el hombre temporal, no puede ser considerada como un mero objeto de análisis académico.
Obviamente, la razón adquiere un mayor conocimiento a través de los sentidos, es decir, comprendemos, perseguimos y sistematizamos los objetos a través de los sentidos: la vista, oído, olfato, gusto y tacto. Pero Dios habita en el mundo espiritual, un mundo que está por encima del mundo sensorial. De manera que resulta imposible conocer y percibir a Dios por medio del alma. Sólo es posible conocer a Dios a través del tercer ojo, es decir, el ojo espiritual. 

¿Y cómo podemos conocer a Dios a través del tercer ojo?
Pues por medio de nuestro espíritu. La vida cristiana se lleva a cabo en el espíritu, no en el alma. Nuestro espíritu no vive de la razón, sino de la inspiración divina, es decir, de la visión. Por eso la vida cristiana no está en un plano racional ni carnal, sino espiritual. El mundo espiritual abraza al mundo racional, y éste ocupa apenas una porción muy pequeña en el mundo espiritual. La vida cristiana consiste en comprender y creer en la Palabra de Dios mediante la revelación espiritual, para luego recibir la salvación, quebrantar la carne y administrar la vida mortal mediante el alma.

Podemos ver el mundo espiritual, cuando nacemos de nuevo en agua y en el Espíritu Santo. No es que nuestro espíritu, por sí mismo, pueda conocer el mundo espiritual. El hombre posee espíritu, sí, pero para llegar al conocimiento del mundo espiritual, tenemos que nacer de nuevo en agua y en el Espíritu Santo, tal como advirtió Jesús a Nicodemo.
El Espíritu Santo mora en nosotros, una vez que recibimos a Jesús y recibimos el perdón de nuestros pecados. Es entonces, cuando comenzamos a creer que La Biblia es La Palabra de Dios. No es que "comprendamos" La Biblia, sino que la "creemos". Y no queda, entonces, margen a la duda en cuanto a la Creación, la división del mar Rojo, el nacimiento virginal de Jesús, el milagro de los cinco panes y los dos pescados, y la resurrección de Jesús pasados los tres días de su muerte en la cruz. Toda aquella palabra que uno no podía comprender por medio de la razón y los sentidos, es revelada de tal forma, que uno comienza a creer como si la viera o escuchara directamente.

De esto trata el mundo espiritual, del mundo de la fe. La fe pertenece al mundo espiritual. Por añadidura, no la vemos con nuestros ojos físicos pero la tenemos, y ejerce una gran influencia en el plano espiritual.

La cruz de Cristo

La escena de la Cruz permite vislumbrar algo del carácter de Dios. Dios se enfrenta con la humanidad y en una escala infinitamente menor, yo me enfrento con... aquella dama o aquel hombre. ¿Cómo puede ser justo y amable a la misma vez? ¿Cómo puede ser veraz y misericordioso al mismo tiempo? ¿Cómo puede redimir al pecador sin endosar el pecado?
¿Puede un Dios santo pasar por alto nuestras faltas? ¿Puede un Dios amable castigar nuestras faltas?
Desde nuestra perspectiva, hay solo dos soluciones a estas preguntas, igualmente inapelables las dos. Pero desde su perspectiva, hay una tercera. Se llama "la Cruz de Cristo".
La cruz. ¿Puedes dirigir la mirada a cualquier parte sin ver alguna? Encaramada en lo alto de una capilla. Esculpida en una lápida en el cementerio. Tallada en un anillo, o suspendida de una cadena. La cruz es el símbolo universal del Cristianismo. Extraña decisión del símbolo. Extraño el hecho que un instrumento de tortura llegara a representar un movimiento de esperanza. Los símbolos de otras religiones son más optimistas: la estrella de seis puntas de David, la luna en cuarto creciente del Islam, una flor de loto del Budismo... ¿pero una cruz para el Cristianismo? ¿Un instrumento de ejecución?
¿Te pondrías una pequeña silla eléctrica en el cuello? ¿Crearías una horca de oro plateado en la muralla? ¿Imprimirías una foto de un pelotón de fusilamiento en una tarjeta de negocios? Pero eso es lo que nosotros hacemos con la cruz. Muchos incluso hacen la señal de la cruz cuando oran. ¿Por qué no hacer la señal de la guillotina? En lugar de la señal triangular, que la gente se hace en la frente y en el pecho, ¿por qué no un golpe de kárate en la palma de la mano? ¿No vendría a ser lo mismo?
¿Por qué es la cruz el símbolo de nuestra fe? Para hallar la respuesta no hay que ir más lejos de la misma cruz. Su diseño no podría ser más sencillo. Un madero horizontal y el otro vertical. Uno mirando hacia fuera, como el amor de Dios. El otro hacia arriba, como lo hace la santidad de Dios. Uno representa la anchura de su amor; el otro refleja la altura de su santidad. La cruz es la intersección. La cruz es donde Dios perdonó a sus hijos sin rebajar sus estándares. ¿Cómo pudo hacer tal cosa? Digámoslo en una frase: Dios puso nuestros pecados sobre su Hijo y los castigó allí.
"Dios puso lo malo sobre quien nunca hizo lo malo para que así nosotros pudiéramos aparecer como justos ante Dios" (2 Corintios 5.21).
O como se traduce en otra versión: "¡Cristo nunca pecó! Pero Dios lo trató como a un pecador, para que así Cristo pudiera hacernos aceptables a Dios".
Visualiza el momento. Dios en su trono. Tú en la tierra. Y entre tú y Dios, suspendido entre tú y el cielo está Cristo sobre su cruz. Tus pecados han sido puestos sobre Jesús. Dios, que castiga el pecado, libera su justa ira sobre tus faltas. Jesús recibe el castigo. Como Cristo está entre tú y Dios, no estás tú. El pecado es castigado, pero tú estás a salvo, a salvo a la sombra de la cruz. Esto es lo que hizo Dios, ¿pero por qué? ¿Por qué lo hizo? ¿Cuestión moral? ¿Obligación celestial? ¿Exigencia paternal? No. Dios no tiene por qué hacer nada.

A los que Aman a Dios

Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados. Romanos 8:28.

Seguramente este versículo te parece familiar. Es un versículo que consuela a las personas en los momentos de dolor y de prueba. Su sentido principal es que nada sucede a los hijos de Dios sin un propósito. Dios sabe por qué permite que el dolor llegue a la vida del cristiano. Pero, el texto no es la simple promesa de que todo dolor tiene un propósito; si se analiza el contenido con detenimiento, se ve que la promesa es solo para los que “aman a Dios”.

Personalmente, si le entregas el corazón a Jesús, te colocas en las manos de un Dios que jamás pierde el control de las cosas. El mundo puede estar cayéndose a pe­dazos, pero tu vida está segura porque, aunque los hijos de Dios también sufren en esta tierra, el dolor, para ellos y para ti, tiene un propósito formativo. Es en el dolor como creces; es en medio de las lágrimas como aprendes a depender de Dios.

Pero, ¿por qué sufren los hijos de Dios? Hay varios motivos. El principal, es que vivimos en un mundo de pecado, en el cual el dolor es como la lluvia o como el sol que, cuando llegan, llegan para todos, para justos e injustos. Sin embargo, en el contexto de Romanos 8, los hijos de Dios muchas veces sufren, y no saben lo que es bueno para ellos. Esto es lo que dice el versículo 26: “Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles”.

Vuelve a casa - Reflexiones

Una viuda vivía con su hijo en un miserable desván. Tiempo atrás, la mujer se había casado en contra de la voluntad de sus padres y se marchó a vivir con su esposo a un lejano país.
Volver a casaSu esposo fue un hombre infiel e irresponsable y después de varios años, murió sin haber hecho ahorro alguno para ella y su hijo. Con muchas dificultades, logró hacer frente a las necesidades básicas de la vida.
Los momentos más felices en la vida del niño, fueron cuando la madre lo tomaba en sus brazos y le contaba sobre la casa de su abuelo en el antiguo país. Le hablaba sobre el césped verde, los elevados árboles, las flores silvestres, los hermosos paisajes y las deliciosas cenas.
El chico nunca había visto la casa de su abuelo, pero para él, era el lugar más hermoso de todo el mundo. Anhelaba la llegada del momento en que iría a vivir allí.
Cierto día, el cartero tocó a la puerta del desván. La madre reconoció la escritura en el sobre y con dedos temblorosos, lo abrió. En su interior había un cheque y una hoja de papel en la que podían leerse solo tres palabras: “Vuelve a casa”.

viernes, 27 de junio de 2014

Un amigo magnífico

La sociedad está compuesta por personas, hombres y mujeres, de tal manera que cuando se habla usando el término sociedad, se refiere a personas. Personas que se comunican y se relacionan entre sí. Ahora bien, para que las relaciones puedan tener un resultado, sea cual fuere, es necesario que actúen los miembros de dicha sociedad, y, con justa razón, se sostiene que la familia es el fundamento de ella. Es precisamente en la familia donde comienzan las primeras relaciones humanas, para luego relacionarse con otros como por ejemplo, los niños que por primera vez ingresan en el colegio. Allí surge el primer efecto de la nueva relación: los amigos.
amigos
Se cuenta la historia de un soldado que en plena batalla, dijo a su oficial directo: —Señor, mi amigo no ha regresado. Solicito permiso para ir en su búsqueda—. El oficial contestó; permiso denegado, no quiero que usted arriesgue su vida por un hombre que ya debe estar muerto—. El soldado, desobedeciendo la orden, se internó en el campo de batalla en busca de su amigo. Casi una hora después, regresó mortalmente herido cargando el cadáver de su amigo. El oficial al ver lo que había acontecido, montó en cólera contra el soldado y lo increpó duramente,—¡te dije que ya estaba muerto!, ahora en vez un soldado muerto, he perdido a dos valiosos hombres. Dime soldado, ¿valía la pena que corrieras peligro para traer un cadáver?—, el soldado moribundo, respondió,—¡por supuesto que sí!, cuando lo encontré todavía estaba vivo, y me dijo, “sabía que vendrías por mí”.

Tiempo de justicia

Cuando pasamos por alguna infamia, un engaño, una traición u otra experiencia dolorosa, queremos que la persona que nos dañó o las personas involucradas que lo hicieron, paguen por lo que hicieron. Una frase dice que “Si la justicia tarda, ya no es justicia”, porque tenemos aún el dolor o la rabia de lo acontecido a flor de piel, al extremo que inclusive queremos tomarnos la justicia por nuestra mano.
Cometemos el error de actuar reaccionando al impulso que nos causa la rabia y si no vemos, en ese momento, a esa persona pagando por lo que hizo, nos frustramos y creemos que no existe justicia en la tierra.
Justicia es dar a cada uno lo suyo, y ten por seguro que Dios te dará lo tuyo: consuelo, amor, paz y sanidad. Preocúpate más en recibir lo que Dios te está dando que en lo que recibirá la otra persona.
Dios tiene un tiempo para actuar en cada caso y su tiempo no será el mismo que el nuestro, puesto que Dios no hace justicia a aquellos solamente para que se arrepientan, sino para provocar el cambio en sus vidas. Su justicia va más allá de las leyes terrenales.
No te presentamos nuestras súplicas porque seamos justos, sino confiados en la grandeza de tu misericordia. Daniel 9;19

El placer de servir

Toda la naturaleza es un anhelo de servicio. Sirve la nube, sirve el viento, sirve el surco. 
Donde haya un árbol que plantar, plántalo tú; donde haya un error que enmendar, enmiéndalo tú; donde haya un esfuerzo que todos esquivan, acéptalo tú. 
Sé el que aparta la piedra del camino, el odio entre los corazones y las dificultades del problema. Hay una alegría en ser sano y en ser justo, pero hay, sobre todo, la hermosa, la inmensa alegría de servir. 
Qué triste sería el mundo si todo estuviera hecho, si no hubiera un rosal que plantar, una tarea que emprender. Que no te llamen solamente para los trabajos fáciles ¡Es muy bello hacer lo que otros eluden! Pero no caigas en el error de que solo se hace méritos con los grandes trabajos; hay pequeños servicios que son buenos servicios: ordenar una mesa, ordenar unos libros, peinar una niña. Aquel que critica, es el que destruye, sé tú el que sirve. 

Servir no es tarea de seres inferiores. Dios, que da el fruto y la luz, sirve. Podría llamarse así: Dios, “El que Sirve”. Y tiene sus ojos fijos en nuestras manos y nos pregunta cada día: ¿Tú serviste hoy? ¿A quién? ¿Al árbol, a tu amigo, a tu madre?

¡Vamos!…, vamos servir en aquello para lo que Dios nos llama. Pero no podremos servir con debilidad espiritual ni con un liderazgo inútil. 
• ¿Tienes claro el propósito de Dios para tu vida? 
• ¿Qué motiva tu servicio? 
• Si analizas tu ministerio ¿logras determinar si eres servido o estás sirviendo?


¿Qué nos espera el día de mañana?

Días atrás me encontré con un amigo que estaba desconsolado, se había quedado sin trabajo, su matrimonio no andaba bien, se le terminaba el dinero que tenía y para colmo, tenía que pagar al banco a fin de mes.
Todos, de cierta forma y en algún momento de nuestras vidas, pasamos por preocupaciones, desesperanza e incertidumbres; y tampoco sabemos qué nos espera el día de mañana.
Las reacciones ante estas situaciones son muy diferentes. Algunos acuden a adivinos para hacerse una limpieza ¿de qué? y quitarse la mala suerte, cuando en realidad lo único que hacen es ensuciarse el alma. Otros no quieren luchar y piensan que el suicidio es una solución para no sufrir más; creen que de esta forma, sus problemas se resolverán. Otro gran porcentaje se refugia en el alcohol y las drogas, creyendo que así podrán olvidar y encontrar alivio, pero no se dan cuenta que este método es pasajero y no soluciona nada. Al contrario, lo empeora completamente.
Existe también un grupo más pequeño que acude a Dios. Nuestro pasado, presente y futuro debería estar en sus manos, pues no hay un lugar más seguro. Él es muro de fuego alrededor de todos aquellos que le teman, es la roca donde podemos construir nuestra vida, familia y sociedad, nuestro pronto auxilio en medio de las tribulaciones. Sólo en sus manos misericordiosas vamos a encontrar paz en medio de la tormenta.
No acudas más a los adivinos o a los vicios que ningún beneficio te traen, busca a Dios, Él tiene las manos extendidas ofreciéndote lo que necesitas.
Si quieres saber verdaderamente, qué te depara la vida más adelante, corre a los brazos de Dios, que en Él tu pasado, tu presente y tu futuro están asegurados.
“Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones”. Salmos 46 (RVR1960)

Entre apóstoles y apostolados

No había visto a este pastor amigo en unos... dos años. Lo encontré en la sala de espera de un aeropuerto. Fue una alegría intercambiar experiencias, recuerdos y momentos vividos en el pasado en el ministerio. Entonces, me vino a la mente una pregunta que habitualmente hago, a compañeros de ministerio a quienes no he visto en mucho tiempo. “¿Y cuál es tu próxima meta? ¿Hacia dónde Dios te está llevando para los próximos años?” Y mi amigo, con una sonrisa en los labios, me dijo: “Estoy viajando a... esa ciudad, porque recibiré la unción apostólica del apóstol fulano”. 

Me di cuenta de que mi amigo había sido atraído, como muchos más, por la corriente del momento. El aviso por los altavoces de la aerolínea para abordar, interrumpió sin misericordia alguna, nuestra charla. Ya en el avión, mi pensamiento me animó a decir la expresión: “la Iglesia de hoy está entre apóstoles y apostolados”. Es innegable que la Biblia en Efesios 4:11 habla de ministerios múltiples. Es decir, una red completa puesta al servicio de la edificación del cuerpo de Cristo, para que cada miembro desarrolle, proyecte y fructifique el ministerio dado por Dios. 
Sin embargo, recordemos que en los últimos cien años, la Iglesia cristiana evangélica se ha movido fundamentalmente, a través de la exaltación de nuevos enfoques que, al inicio toman vigencia y luego disminuyen en fuerza; enfoques que traen frustración, tanto a los ministros que corren en la búsqueda de alguna renovación, como del cuerpo de creyentes que espera la dirección de sus líderes. ¿Cómo afecta esto a la Iglesia? 

Veamos, necesitamos hacer la distinción entre forma y fondo. La forma en nada afecta, pero el fondo o fundamento sí. Pablo en la carta a los Efesios, explica claramente el fondo. Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo. Efesios 4:11-13.

O sea, Jesús es quien constituye, selecciona y nombra cada uno de los ministerios, no es un maestro, profeta o apóstol quien lo hace. Estos ministerios son múltiples, diferentes, únicos y equilibrados en su distribución. Ésta no depende de una escala jerárquica. La finalidad de los ministerios es “perfeccionar a los santos para la obra del mismo ministerio”, no es tenerlos para simplemente conocerlos. Es perfeccionarse con ellos y enseñar. Y la finalidad en general, es edificar a todo el cuerpo de Cristo. La meta final es que todos, tanto los ministros como los creyentes, lleguemos a la unidad de la fe. De manera que, cuando un ministerio en particular divide y fracciona, ha perdido la meta final: que todos lleguemos al conocimiento del Hijo de Dios, a la estatura de la plenitud de Cristo. El efecto final es ser como Jesús lo fue y, aunque era el Señor, nunca exigió supremacía alguna sobre los demás, sino que dio la mejor lección de humildad. Cuando mantenemos este fondo, la forma pasa desapercibida, y ésta solo podrá servir para hacer más práctica la labor de la extensión del Reino.