Era un día muy caluroso, los vecinos salían de sus viviendas buscando algún alivio para tan sofocante temperatura.
Algunos niños del pueblo decidieron ir a bañarse a uno de los arroyos cercanos. Caminaron un buen rato y exhaustos por el gran calor, se detuvieron a descansar. Uno de los niños dijo: tenemos que apurarnos si queremos disfrutar el día en el arroyo, por lo cual los demás tomaron nuevas fuerzas, y pese al cansancio retomaron la marcha con entusiasmo. Por el camino hablaban de lo que harían al llegar y de cómo aprovecharían un clima tan favorable. Pero un tiempo después volvieron a sentir el rigor del calor y si bien caminaban, lo hacían con suma desgana.
El mismo niño de antes volvió a hablar y dijo: “No sirve de nada que hayamos comenzado con tanto ánimo, si ahora estamos a punto de darnos por vencidos. ¿De verdad quieren llegar al arroyo y disfrutar del agua y la pesca?" Todos contestaron al unísono que sí y comenzaron a animarse unos a otros. De esa manera y al poco tiempo, pudieron llegar al lugar y disfrutar de un excelente día de sol y de amistad.
El mismo niño de antes volvió a hablar y dijo: “No sirve de nada que hayamos comenzado con tanto ánimo, si ahora estamos a punto de darnos por vencidos. ¿De verdad quieren llegar al arroyo y disfrutar del agua y la pesca?" Todos contestaron al unísono que sí y comenzaron a animarse unos a otros. De esa manera y al poco tiempo, pudieron llegar al lugar y disfrutar de un excelente día de sol y de amistad.
Estos niños emprendieron con gran ánimo la marcha hacia su objetivo, pero diferentes obstáculos se fueron presentando en el camino, el calor, los fuertes rayos del sol, la sed, el cansancio y seguramente el peor de todos, el desánimo. Sí, porque algunos de ellos, a mitad de camino y viendo que la cosa se ponía difícil, comenzaron a plantearse desistir. Decían que quizá estuvieran perdiendo el tiempo, que nunca llegarían,... y poco después todos estaban desanimados, porque el desánimo es contagioso.