Aparte de Moisés, el personaje del antiguo testamento que más se menciona en el nuevo es Abraham. Santiago se refiere a Abraham como el "amigo de Dios" (Santiago 2:23), un título que no se le da a nadie más en las escrituras. A los creyentes de todas las generaciones se les llama "hijos de Abraham" (Gálatas 3:7). La importancia y el impacto de Abraham en la historia redentora se ven claramente en las escrituras.
La vida de Abraham es recogida en una buena parte de la narrativa de Génesis, desde su primera mención en Génesis 11:26 hasta su muerte en Génesis 25:8. Aunque sabemos mucho de la vida de Abraham, sabemos muy poco de su nacimiento y de sus primeros años de vida. La primera vez que nos encontramos con Abraham, ya tenía 75 años. Génesis 11:28 registra que Taré, el padre de Abraham, vivía en Ur de los caldeos, una ciudad influyente en el sur de Mesopotamia situada en el margen del río Éufrates, aproximadamente a mitad de camino entre la cabecera del Golfo Pérsico y la moderna ciudad de Bagdad. También sabemos que Taré tomó a su familia para partir hacia la tierra de Canaán. Sin embargo, se estableció en la ciudad de Harán en Mesopotamia septentrional (en la ruta comercial desde la antigua Babilonia, a mitad de camino entre Nínive y Damasco).
La historia de Abraham se hace realmente interesante al comienzo de Génesis 12. En los primeros tres versículos, vemos el llamado que Dios le hace a Abraham:
“Pero el Señor había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra". (Genesis 12:1-3).
Dios llama a Abraham estando él en su tierra, Harán, y le dice que vaya a una tierra que Él le mostraría. Dios también le hace tres promesas a Abraham: 1) La promesa de una tierra que iba a ser de él; 2) la promesa de hacer de él una gran nación; y 3) la promesa de bendición. Estas promesas constituyen la base de lo que posteriormente sería llamado el pacto abrahámico (establecido en Génesis 15 y ratificado en Génesis 17). Lo que realmente hace especial a Abraham, es que él obedeció a Dios. Génesis 12:4 registra que, después de que Dios llamó a Abraham, él fue "como el Señor le había dicho". El autor de Hebreos usa varias veces el ejemplo de la fe de Abraham y se refiere específicamente a este sorprendente hecho: "Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba". (Hebreos 11:8).
¿Cuántos de nosotros dejaríamos atrás todo lo que nos es familiar para salir sin saber nuestro destino? El concepto de familia significaba todo para una persona en los tiempos de Abraham. En ese momento, las unidades familiares estaban fuertemente unidas; era inusual que los miembros de la familia vivieran a cientos de millas de distancia el uno del otro. Además, no se nos dice nada sobre la vida religiosa de Abraham y su familia antes de su llamado. La gente de Ur y Harán adoraban al antiguo panteón de dioses babilónico, especialmente a Sin, el dios de la luna, por lo que podemos decir que Dios llamó a Abraham de una cultura pagana. Abraham sabía y reconoció el llamado del Señor, y obedeció voluntariamente, sin dudar.
Otro ejemplo de la vida de fe de Abraham, se ve en el nacimiento de su hijo, Isaac. Abraham y Sara no tenían hijos (un verdadero motivo de vergüenza en esa cultura), sin embargo, Dios prometió a Abraham que tendría un hijo (Génesis 15:4). Este hijo sería el heredero de la inmensa fortuna de Abraham con la que Dios lo bendijo, y, lo que es más importante, él sería el heredero de la promesa y la continuación de la línea piadosa de Set. Abraham creyó la promesa de Dios, y esa fe se le acredita como justicia (Génesis 15:6). Dios reitera su promesa a Abraham en Génesis 17, y su fe es recompensada en Génesis 21 con el nacimiento de Isaac.
La fe de Abraham se pondría a prueba en la relación con su hijo, Isaac. En Génesis 22, Dios le ordena a Abraham que sacrifique a Isaac en el Monte Moriah. No sabemos cómo reaccionó Abraham en su interior a este mandato. Todo lo que vemos es que Abraham obedece fielmente a Dios quien era su escudo (Génesis 15:1) y quien había sido extraordinariamente bondadoso y bueno con él hasta este momento. Al igual que con la orden que le dio anteriormente de dejar su hogar y su familia, Abraham obedeció (Génesis 22:3). Sabemos que la historia termina cuando Dios no permite que Abraham sacrifique a Isaac, pero es de maginar cómo debió haberse sentido. Había estado esperando durante décadas para tener su propio hijo, y el Dios que le había prometido ese niño ahora se lo iba a quitar. El asunto es que la fe que Abraham tenía en Dios era mayor que el amor que tenía por su hijo, y confiaba en que incluso si sacrificaba a Isaac, Dios podía traerlo de vuelta de entre los muertos (Hebreos 11:17-19).
Pese a estar seguro, Abraham tuvo sus momentos de fracaso y pecado (como nos pasa a todos), y la biblia no duda en mencionarlos. Sabemos de por lo menos dos ocasiones en que Abraham mintió acerca de su relación con Sara, con el fin de protegerse a sí mismo en tierras potencialmente agresivas (Génesis 12:10-20; 20:1-18). En ambos incidentes, Dios protege y bendice a Abraham a pesar de su falta de fe. También sabemos que la frustración de no tener un hijo desgastó a Abraham y Sara. Sara le sugirió a Abraham que tuviera un hijo con su sierva Agar en nombre de ella; Abraham estuvo de acuerdo (Génesis 16:1-15). El nacimiento de Ismael no solo demuestra la futilidad de la locura y la falta de fe de parte de Abraham, sino que también demuestra la gracia de Dios (al permitir que se diera el nacimiento e incluso bendijo a Ismael). Curiosamente, Abraham y Sara se llamaban Abram y Sarai en ese momento. Pero cuando Ismael tenía trece años de edad, Dios le dio a Abram un nuevo nombre junto con el pacto de la circuncisión y una renovada promesa de darle un hijo a través de Sarai, a quien Dios también le dio un nuevo nombre (Génesis 17). Abram, que significa "padre enaltecido", se convirtió en Abraham, "padre de una multitud". De hecho, Abraham tuvo muchos descendientes físicos, y todos los que ponen su fe en Dios a través de Jesús, también son contados como herederos espirituales de Abraham (Gálatas 3:29). "El padre de los fieles" tuvo sus momentos de duda e incredulidad, pero, aun así, todavía es exaltado entre los hombres como un ejemplo de fidelidad en vida.
Nuestro objetivo como Iglesia es llevar a la gente a la fe en Jesús e integrarla en la familia de Dios. Y que nuestro carácter se parezca al de Cristo, glorificando a Dios y sirviendo en toda buena obra.
sábado, 2 de febrero de 2019
¿Qué podemos aprender de la vida de Noé?
La primera vez que escuchamos acerca de Noé es en Génesis 5, que comienza con "este es el libro de los descendientes de Adán". Esta es una frase recurrente en Génesis, y el capítulo 5 detalla la línea piadosa de Set, en contraposición a la línea mundana de Caín (Génesis 4:17-24). Suponiendo que no hay pausas generacionales, Noé representa la décima generación desde Adán. El relato genealógico de Noé dice, "Vivió Lamec ciento ochenta y dos años, y engendró un hijo; y llamó su nombre Noé, diciendo: Este nos aliviará de nuestras obras y del trabajo de nuestras manos, a causa de la tierra que Jehová maldijo" (Génesis 5:28-29).
Desde el principio vemos que Noé iba a ser especial, ya que es el único miembro de esta genealogía de quien vemos una explicación de su nombre. Su padre, Lamec, declara que su hijo, Noé, traerá alivio (el nombre "Noé" suena como la palabra hebrea para "descanso o alivio"). Aprendemos de qué los iba a aliviar Noé en Génesis 6:1-8, donde podemos ver los resultados incontrolados de la caída, por causa del aumento de la maldad en todo el mundo. Dios acusa a la humanidad con estas palabras: "Y vio el Señor que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal" (Génesis 6:5). Dios determinó: "Borraré de la faz de la tierra a los hombres que he creado, desde el hombre hasta la bestia, y hasta el reptil y las aves del cielo; pues me arrepiento de haberlos hecho" (Génesis 6:7). Sin embargo, incluso en esta situación, hay esperanza: "Pero Noé halló gracia ante los ojos del Señor" (Génesis 6:8). A pesar de la maldad desenfrenada que crecía exponencialmente en la tierra, había un hombre que sobresalía, un hombre cuya vida se caracterizó en que la mano de la gracia de Dios estaba sobre él. Noé halló gracia ante el Señor. Dios estaba a punto de enviar el juicio sobre el mundo por su maldad, pero extendió Su gracia salvadora a Noé y su familia.
Génesis 6:9 marca el comienzo de la narración del diluvio, y es aquí donde se aprende más acerca de la vida de Noé. Aprendemos que Noé era un hombre justo y perfecto en su generación, y que caminó con Dios. Casi podríamos ver una progresión de espiritualidad en esta descripción de la vida de Noé. Al decir que Noé era justo, sabemos que él era obediente a los mandamientos de Dios (lo mejor que pudo y entendió en ese momento). Él era perfecto en su generación, destacándose entre la gente de su tiempo. Mientras que ellos estaban participando en la perversión, Noé vivía una vida ejemplar. Noé caminó con Dios, lo cual lo sitúa en la misma clase de su bisabuelo Enoc (Génesis 5:24); esto implica no solo una vida obediente, sino una vida que tiene una relación viva e íntima con Dios.
Vemos la vida obediente de Noé demostrada en su disposición a obedecer sin cuestionar los mandatos del Señor sobre el arca (Génesis 6:22; 7:5, 9; 8:18). Consideremos que lo más probable es que Noé y su generación nunca hubieran visto llover antes, sin embargo, Dios le dice a Noé que construyera un gran buque marítimo en un lugar que no tenía mar cercano. La confianza de Noé en Dios era tal, que obedeció rápidamente. La vida perfecta de Noé se pone de manifiesto cuando obedece al Señor, a la luz de la cercanía del día de la ira. El apóstol Pedro nos dice que Noé era un "pregonero de justicia" (2 Pedro 2:5), y el autor de Hebreos dice que "por esa fe condenó al mundo" (Hebreos 11:7), a través de sus acciones justas. A pesar del prolongado retraso del juicio venidero, Noé siguió obedeciendo fielmente al Señor. Como prueba de su caminar con Dios, después del diluvio, Noé edificó un altar y ofreció sacrificios a Dios (Génesis 8:20). La adoración era una parte central de la vida de Noé.
Aparte del relato del diluvio y la historia de su embriaguez registrada en Génesis 9:20-27, no sabemos mucho acerca de la vida de Noé. Seguramente, la embriaguez no fue el único caso de conducta incorrecta en la vida de Noé. Como todos nosotros, Noé nació con una naturaleza pecaminosa. Pero a pesar de este incidente, vemos que Noé fue reverenciado como uno de los pocos hombres justos en la historia del pueblo de Dios. Dos veces en Ezequiel 14, Dios dice a través del profeta que, aunque Noé, Daniel y Job estuvieran presentes en la tierra, Dios no perdonaría a las personas del juicio. También sabemos que Noé se incluye como ejemplo de fe en el libro de Hebreos 11, siendo esto otro indicio de que Noé fue considerado como un modelo de fidelidad y alguien que tenía la clase de fe que agrada a Dios (Hebreos 11:7).
Desde el principio vemos que Noé iba a ser especial, ya que es el único miembro de esta genealogía de quien vemos una explicación de su nombre. Su padre, Lamec, declara que su hijo, Noé, traerá alivio (el nombre "Noé" suena como la palabra hebrea para "descanso o alivio"). Aprendemos de qué los iba a aliviar Noé en Génesis 6:1-8, donde podemos ver los resultados incontrolados de la caída, por causa del aumento de la maldad en todo el mundo. Dios acusa a la humanidad con estas palabras: "Y vio el Señor que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal" (Génesis 6:5). Dios determinó: "Borraré de la faz de la tierra a los hombres que he creado, desde el hombre hasta la bestia, y hasta el reptil y las aves del cielo; pues me arrepiento de haberlos hecho" (Génesis 6:7). Sin embargo, incluso en esta situación, hay esperanza: "Pero Noé halló gracia ante los ojos del Señor" (Génesis 6:8). A pesar de la maldad desenfrenada que crecía exponencialmente en la tierra, había un hombre que sobresalía, un hombre cuya vida se caracterizó en que la mano de la gracia de Dios estaba sobre él. Noé halló gracia ante el Señor. Dios estaba a punto de enviar el juicio sobre el mundo por su maldad, pero extendió Su gracia salvadora a Noé y su familia.
Génesis 6:9 marca el comienzo de la narración del diluvio, y es aquí donde se aprende más acerca de la vida de Noé. Aprendemos que Noé era un hombre justo y perfecto en su generación, y que caminó con Dios. Casi podríamos ver una progresión de espiritualidad en esta descripción de la vida de Noé. Al decir que Noé era justo, sabemos que él era obediente a los mandamientos de Dios (lo mejor que pudo y entendió en ese momento). Él era perfecto en su generación, destacándose entre la gente de su tiempo. Mientras que ellos estaban participando en la perversión, Noé vivía una vida ejemplar. Noé caminó con Dios, lo cual lo sitúa en la misma clase de su bisabuelo Enoc (Génesis 5:24); esto implica no solo una vida obediente, sino una vida que tiene una relación viva e íntima con Dios.
Vemos la vida obediente de Noé demostrada en su disposición a obedecer sin cuestionar los mandatos del Señor sobre el arca (Génesis 6:22; 7:5, 9; 8:18). Consideremos que lo más probable es que Noé y su generación nunca hubieran visto llover antes, sin embargo, Dios le dice a Noé que construyera un gran buque marítimo en un lugar que no tenía mar cercano. La confianza de Noé en Dios era tal, que obedeció rápidamente. La vida perfecta de Noé se pone de manifiesto cuando obedece al Señor, a la luz de la cercanía del día de la ira. El apóstol Pedro nos dice que Noé era un "pregonero de justicia" (2 Pedro 2:5), y el autor de Hebreos dice que "por esa fe condenó al mundo" (Hebreos 11:7), a través de sus acciones justas. A pesar del prolongado retraso del juicio venidero, Noé siguió obedeciendo fielmente al Señor. Como prueba de su caminar con Dios, después del diluvio, Noé edificó un altar y ofreció sacrificios a Dios (Génesis 8:20). La adoración era una parte central de la vida de Noé.
Aparte del relato del diluvio y la historia de su embriaguez registrada en Génesis 9:20-27, no sabemos mucho acerca de la vida de Noé. Seguramente, la embriaguez no fue el único caso de conducta incorrecta en la vida de Noé. Como todos nosotros, Noé nació con una naturaleza pecaminosa. Pero a pesar de este incidente, vemos que Noé fue reverenciado como uno de los pocos hombres justos en la historia del pueblo de Dios. Dos veces en Ezequiel 14, Dios dice a través del profeta que, aunque Noé, Daniel y Job estuvieran presentes en la tierra, Dios no perdonaría a las personas del juicio. También sabemos que Noé se incluye como ejemplo de fe en el libro de Hebreos 11, siendo esto otro indicio de que Noé fue considerado como un modelo de fidelidad y alguien que tenía la clase de fe que agrada a Dios (Hebreos 11:7).
¿Qué podemos aprender de la vida de José?
José fue el undécimo hijo de Jacob, y su primer hijo con Raquel, su esposa favorita. La historia de José se encuentra en Génesis 37 a 50. Tras su nacimiento, vemos a José como un joven de 17 años de edad que regresaba de apacentar el rebaño con sus medio hermanos, para darle a Jacob un mal informe acerca de ellos. También se nos dice que Jacob "amaba a José más que a todos sus hijos, porque lo había tenido en su vejez; y le hizo una túnica de diversos colores" (Génesis 37:3). Los hermanos de José sabían que su padre lo amaba más que a ellos, haciendo de esto un motivo para odiarlo (Génesis 37:4). Para empeorar las cosas, José comenzó a relatar sus sueños a la familia, unas proféticas visiones que mostraban que José un día gobernaría sobre su familia (Génesis 37:5-11).
El rencor hacia José alcanzó su punto álgido cuando sus hermanos conspiraron para matarlo en el desierto. Rubén, el primogénito, se opuso rotundamente al asesinato y sugirió que lo lanzaran a una cisterna, pues tenía previsto volver y rescatar al muchacho. Pero, en la ausencia de Rubén, algunos comerciantes pasaban, y Judá propuso vender a José como esclavo; los hermanos lograron su cometido antes de que Rubén pudiera rescatarlo. Tomaron la túnica de José, y después de sumergirla en sangre de cabra, engañaron a su padre para que pensara que su hijo favorito había sido devorado por alguna bestia salvaje (Génesis 37:18-35).
José fue vendido por los comerciantes a un egipcio de alto rango llamado Potifar, y eventualmente se convirtió en el supervisor de la casa de Potifar. En Génesis 39 leemos cómo José sobresalió en sus funciones, se convirtió en uno de los siervos de mayor confianza de Potifar, y fue puesto a cargo de su casa. Potifar podía ver que en cualquier cosa que hiciera José, Dios estaba con él, y prosperaba en todas las cosas que hacía. Pero lamentablemente, la esposa de Potifar trató de seducir a José. Constantemente José se negaba a sus insinuaciones, mostrando honor para el amo que le había confiado mucho y diciendo que sería un "gran mal, y pecaría contra Dios" si se acostaba con la esposa de Potifar (Génesis 39:9). Un día, la esposa de Potifar lo agarró por su ropa y nuevamente le hizo insinuaciones sexuales. José huyó, dejando su manto en su mano. Con mucha ira, ella acusó falsamente a José de intento de violación, y Potifar lo puso en prisión (Génesis 39:7-20).
En la cárcel, José nuevamente fue bendecido por Dios (Génesis 39:21-23). José interpretó los sueños de dos de sus compañeros de prisión, ambas interpretaciones resultaron ser verdaderas, y luego uno de los hombres fue liberado de la cárcel y restaurado a su posición de copero del rey (Génesis 40:1-23). Pero el copero se olvidó de José y no habló con el faraón acerca de él. Dos años más tarde, el propio rey tuvo algunos sueños que lo perturbaban, y el copero recordó el don que tenía José de interpretar sueños. El rey llamó a José y le contó sus sueños. De acuerdo a los sueños del faraón, José predijo siete años de cosechas abundantes seguidos por siete años de una severa hambruna en Egipto, y aconsejó al rey para que empezara a almacenar grano como parte de una preparación para la próxima escasez (Génesis 41:1-37). Por su sabiduría, José se convirtió en gobernante de Egipto, el segundo después del rey. José estaba encargado de almacenar alimentos durante los años de abundancia, y se los vendió a los egipcios y extranjeros durante los años de hambruna (Génesis 41:38-57). Durante los años de abundancia José tuvo dos hijos, Manasés y Efraín (Génesis 41:50-52).
Cuando el hambre azotó, incluso Canaán fue afectada. Entonces, Jacob envió a diez de sus hijos a Egipto para comprar grano (Génesis 42:1-3). Jacob no dejó que Benjamín, su hijo más joven y el único otro hijo de Raquel, se fuera (Génesis 42:4). Mientras estaban en Egipto, los hombres se reunieron con su hermano perdido, a quien ellos no reconocieron. Sin embargo, José sí reconoció a sus hermanos.
Jacob vino a vivir a Egipto con toda su familia. Antes de morir, Jacob bendijo los dos hijos de José y dio gracias a Dios por su bondad: "No pensaba yo ver tu rostro, y he aquí Dios me ha hecho ver también a tu descendencia" (Génesis 48:11). Entonces Jacob dio la mayor bendición para el menor de los dos hijos (versículos 12-20). Más tarde, en la historia de Israel, Efraín y Manasés, las tribus de José, fueron consideradas generalmente como dos tribus distintas. Los descendientes de Jacob vivieron en Egipto durante 400 años, hasta el tiempo de Moisés. Cuando Moisés sacó a los hebreos de Egipto, tomó los restos de José, así como José había solicitado (Génesis 50:24-25; Éxodo 13:19).
El rencor hacia José alcanzó su punto álgido cuando sus hermanos conspiraron para matarlo en el desierto. Rubén, el primogénito, se opuso rotundamente al asesinato y sugirió que lo lanzaran a una cisterna, pues tenía previsto volver y rescatar al muchacho. Pero, en la ausencia de Rubén, algunos comerciantes pasaban, y Judá propuso vender a José como esclavo; los hermanos lograron su cometido antes de que Rubén pudiera rescatarlo. Tomaron la túnica de José, y después de sumergirla en sangre de cabra, engañaron a su padre para que pensara que su hijo favorito había sido devorado por alguna bestia salvaje (Génesis 37:18-35).
José fue vendido por los comerciantes a un egipcio de alto rango llamado Potifar, y eventualmente se convirtió en el supervisor de la casa de Potifar. En Génesis 39 leemos cómo José sobresalió en sus funciones, se convirtió en uno de los siervos de mayor confianza de Potifar, y fue puesto a cargo de su casa. Potifar podía ver que en cualquier cosa que hiciera José, Dios estaba con él, y prosperaba en todas las cosas que hacía. Pero lamentablemente, la esposa de Potifar trató de seducir a José. Constantemente José se negaba a sus insinuaciones, mostrando honor para el amo que le había confiado mucho y diciendo que sería un "gran mal, y pecaría contra Dios" si se acostaba con la esposa de Potifar (Génesis 39:9). Un día, la esposa de Potifar lo agarró por su ropa y nuevamente le hizo insinuaciones sexuales. José huyó, dejando su manto en su mano. Con mucha ira, ella acusó falsamente a José de intento de violación, y Potifar lo puso en prisión (Génesis 39:7-20).
En la cárcel, José nuevamente fue bendecido por Dios (Génesis 39:21-23). José interpretó los sueños de dos de sus compañeros de prisión, ambas interpretaciones resultaron ser verdaderas, y luego uno de los hombres fue liberado de la cárcel y restaurado a su posición de copero del rey (Génesis 40:1-23). Pero el copero se olvidó de José y no habló con el faraón acerca de él. Dos años más tarde, el propio rey tuvo algunos sueños que lo perturbaban, y el copero recordó el don que tenía José de interpretar sueños. El rey llamó a José y le contó sus sueños. De acuerdo a los sueños del faraón, José predijo siete años de cosechas abundantes seguidos por siete años de una severa hambruna en Egipto, y aconsejó al rey para que empezara a almacenar grano como parte de una preparación para la próxima escasez (Génesis 41:1-37). Por su sabiduría, José se convirtió en gobernante de Egipto, el segundo después del rey. José estaba encargado de almacenar alimentos durante los años de abundancia, y se los vendió a los egipcios y extranjeros durante los años de hambruna (Génesis 41:38-57). Durante los años de abundancia José tuvo dos hijos, Manasés y Efraín (Génesis 41:50-52).
Cuando el hambre azotó, incluso Canaán fue afectada. Entonces, Jacob envió a diez de sus hijos a Egipto para comprar grano (Génesis 42:1-3). Jacob no dejó que Benjamín, su hijo más joven y el único otro hijo de Raquel, se fuera (Génesis 42:4). Mientras estaban en Egipto, los hombres se reunieron con su hermano perdido, a quien ellos no reconocieron. Sin embargo, José sí reconoció a sus hermanos.
Los probó acusándolos de ser espías, los encerró durante tres días y luego los liberó a todos excepto a uno, enviándolos con grano para sus hogares y pidiéndoles que volvieran con su hermano menor (Génesis 42:6-20). Sin saber aún la identidad de José, los hermanos fueron afligidos con la culpabilidad de haber vendido a su hermano años antes (Génesis 42:21-22). José escuchó su discusión y se apartó a llorar (Génesis 42:23-24). Mantuvo a Simeón en la cárcel y envió a los demás por su camino, devolviendo secretamente el dinero en sus sacos de grano (Génesis 42:25). Cuando más adelante los hermanos se dieron cuenta de que les habían devuelto el dinero, temieron aún más (Génesis 42:26-28, 35). Una vez en casa, le dijeron a Jacob todo lo que les había sucedido. Jacob lloró de nuevo la pérdida de José y a eso añadió la pérdida de Simeón. Jacob se negó a enviar a Benjamín, a pesar de la promesa que Rubén hizo, diciendo: No descenderá mi hijo con vosotros, pues su hermano ha muerto y él ha quedado solo; si le acontece algún desastre en el camino por donde vais, haréis descender mis canas con dolor al seol. (Génesis 42:35-38).
Pero el hambre llegó a ser tan grave que Jacob aceptó. Judá persuadió a Jacob que enviara a Benjamín con él, dando su propia vida como garantía (Génesis 43:1-10). Jacob estuvo de acuerdo, enviando también de las mejores frutas y el doble del dinero para el grano (Génesis 43:11-14). Cuando José vio a los hombres, ordenó a sus siervos que sacrificaran un animal y prepararan una comida para cenar con sus hermanos (Génesis 43:15-17). Temerosos por la invitación a la casa de José, los hermanos se disculparon con el mayordomo de José por el dinero que había sido devuelto la primera vez. El mayordomo de José los tranquilizó y trajo a Simeón (Génesis 43:18-25). Cuando José regresó, los hermanos se inclinaron ante él (Génesis 43:26). Les preguntó sobre el bienestar de su familia y de nuevo lloró, esta vez entrando en su cámara (Génesis 43:27-30). Cuando los hombres se sentaron a comer, en una mesa aparte de José, se quedaron sorprendidos de ser puestos en la mesa por orden de nacimiento. A Benjamín le dieron le dieron cinco veces más la porción que los demás hermanos recibieron (Génesis 43:31-34). Antes de enviarlos de vuelta a su padre, José nuevamente probó a sus hermanos devolviendo el dinero en sus sacos de grano y poniendo su copa de plata en el saco de Benjamín. Dejó que los hermanos iniciaran en su viaje y, luego, envió a su mayordomo tras ellos para fingir ira y amenazar con matar a Benjamín. En presencia de José, Judá abogó por la vida de Benjamín, diciendo que, si Benjamín moría, también moriría Jacob. Judá habló del duelo de Jacob por la pérdida de José y la convicción de que su padre no podría soportar la pérdida de su otro hijo. Judá también habló de la promesa que le hizo a Jacob y ofreció su vida por la de Benjamín (Génesis 44).
Al ver este cambio de corazón en sus hermanos, José mandó salir a todos sus siervos y lloró a gritos, para que los egipcios y la casa de faraón lo escucharan. Luego, se dio a conocer a sus hermanos (Génesis 45:1-3). Inmediatamente los tranquilizó, diciéndoles que no estuvieran enojados con ellos mismos por lo que habían hecho con él y diciéndole que Dios lo había enviado a Egipto con el fin de preservarlos (Génesis 45:4-8). José reafirmó su perdón años más tarde, tras la muerte de su padre, diciendo que, aunque sus hermanos planearon el mal contra él, Dios lo encaminó para bien (Génesis 50:15-21). José envió a sus hermanos de vuelta a Jacob para traer el resto de su familia para irse a vivir a Gosén, donde estarían cerca de José, y donde él podría sustentarlos (Génesis 45:9-47:12).
Pero el hambre llegó a ser tan grave que Jacob aceptó. Judá persuadió a Jacob que enviara a Benjamín con él, dando su propia vida como garantía (Génesis 43:1-10). Jacob estuvo de acuerdo, enviando también de las mejores frutas y el doble del dinero para el grano (Génesis 43:11-14). Cuando José vio a los hombres, ordenó a sus siervos que sacrificaran un animal y prepararan una comida para cenar con sus hermanos (Génesis 43:15-17). Temerosos por la invitación a la casa de José, los hermanos se disculparon con el mayordomo de José por el dinero que había sido devuelto la primera vez. El mayordomo de José los tranquilizó y trajo a Simeón (Génesis 43:18-25). Cuando José regresó, los hermanos se inclinaron ante él (Génesis 43:26). Les preguntó sobre el bienestar de su familia y de nuevo lloró, esta vez entrando en su cámara (Génesis 43:27-30). Cuando los hombres se sentaron a comer, en una mesa aparte de José, se quedaron sorprendidos de ser puestos en la mesa por orden de nacimiento. A Benjamín le dieron le dieron cinco veces más la porción que los demás hermanos recibieron (Génesis 43:31-34). Antes de enviarlos de vuelta a su padre, José nuevamente probó a sus hermanos devolviendo el dinero en sus sacos de grano y poniendo su copa de plata en el saco de Benjamín. Dejó que los hermanos iniciaran en su viaje y, luego, envió a su mayordomo tras ellos para fingir ira y amenazar con matar a Benjamín. En presencia de José, Judá abogó por la vida de Benjamín, diciendo que, si Benjamín moría, también moriría Jacob. Judá habló del duelo de Jacob por la pérdida de José y la convicción de que su padre no podría soportar la pérdida de su otro hijo. Judá también habló de la promesa que le hizo a Jacob y ofreció su vida por la de Benjamín (Génesis 44).
Al ver este cambio de corazón en sus hermanos, José mandó salir a todos sus siervos y lloró a gritos, para que los egipcios y la casa de faraón lo escucharan. Luego, se dio a conocer a sus hermanos (Génesis 45:1-3). Inmediatamente los tranquilizó, diciéndoles que no estuvieran enojados con ellos mismos por lo que habían hecho con él y diciéndole que Dios lo había enviado a Egipto con el fin de preservarlos (Génesis 45:4-8). José reafirmó su perdón años más tarde, tras la muerte de su padre, diciendo que, aunque sus hermanos planearon el mal contra él, Dios lo encaminó para bien (Génesis 50:15-21). José envió a sus hermanos de vuelta a Jacob para traer el resto de su familia para irse a vivir a Gosén, donde estarían cerca de José, y donde él podría sustentarlos (Génesis 45:9-47:12).
Jacob vino a vivir a Egipto con toda su familia. Antes de morir, Jacob bendijo los dos hijos de José y dio gracias a Dios por su bondad: "No pensaba yo ver tu rostro, y he aquí Dios me ha hecho ver también a tu descendencia" (Génesis 48:11). Entonces Jacob dio la mayor bendición para el menor de los dos hijos (versículos 12-20). Más tarde, en la historia de Israel, Efraín y Manasés, las tribus de José, fueron consideradas generalmente como dos tribus distintas. Los descendientes de Jacob vivieron en Egipto durante 400 años, hasta el tiempo de Moisés. Cuando Moisés sacó a los hebreos de Egipto, tomó los restos de José, así como José había solicitado (Génesis 50:24-25; Éxodo 13:19).
miércoles, 30 de enero de 2019
Jesús, yo confío en ti
¿Qué estás pasando en este momento? Puede que te sientas sin fuerzas, que no tengas esperanza, que no encuentres salida y pienses que lo que estás viviendo no es tan fácil de superar. En ocasiones nos sentimos totalmente desolados y lo que hay a nuestro alrededor parece hundirnos más en ese estado de desesperación, de angustia y de ansiedad. Pues, ¿sabes qué? Que no importa lo que estás pasando, no importa lo grande que es el pantano en el que te estás hundiendo, pues el Señor no te desamparará. Él pronto estirará su mano y te ayudará a salir del fango en el que te encuentras.
Algo que nos debe alentar en cada situación difícil que atravesemos, es que cuanto más difícil parezca, para el Señor es mucho mejor, pues su nombre será mayormente glorificado; pensemos bien, cómo podría el Señor hacer milagros en nuestra vida si no existieran las crisis; si realmente estuviéramos bien y ocurrieran los milagros, estos no los llegaríamos a notar, porque cuando todo está en calma, nosotros estamos tranquilos, y entonces el nombre de Jesús no se glorifica; pero cuando estamos en crisis y todo empieza a oscurecer, de repente llega Él con su luz, de la nada, y resplandece todo. Alegra saber que no estamos solos, nos llena de satisfacción saber que en Él estamos seguros, que Él no va a fallarnos porque no es como nosotros, que sus ojos siempre nos están mirando y que su mano victoriosa siempre está dispuesta a salvarnos.
No olvidemos que Jesús entregó su vida por nosotros, Él pagó el precio por nuestros pecados y nuestras necesidades; para Él no hay absolutamente nada imposible, y todo esto que estás atravesando y que te duele, con toda seguridad obrará para tu bien y al final verás la luz del Señor brillar en tu vida e iluminar todo lo que es parte de ti. Él es fiel, Él cumple sus promesas; toma su palabra, come del pan de vida que es Jesús y confía plenamente en que tu vida está en sus manos. Él no fracasará contigo, Él te llevará a lo alto, y en lo alto tú le darás la gloria porque grandes maravillas hará Él con la situación que estás viviendo.
Si te encuentras en un pantano, no te angusties, en cualquier momento llegará su mano a rescatarte, en cualquier momento Él aparecerá y te sorprenderá; es más, Él nunca se ha ido de tu lado, está pendiente de ti. No dudes de Él, confía en su amor y en su fidelidad. Dile gracias, dile te amo, dile Jesús yo confío en ti y sé que todo lo que estoy viviendo será para glorificar tu Santo Nombre.
No olvides que la palabra de Dios es infalible, pues si así no fuera se negaría a sí mismo y no sería Dios; pero esto nunca va a pasar porque Él es Dios, nuestro único Dios, el Todopoderoso, Bueno, Justo y Misericordioso. Dios cumple fielmente sus promesas; tú solo espera en Él; no es fácil pero es lo más seguro que tienes; tu garantía son sus promesas.
Pero una cosa quiero tener presente y poner en ella mi esperanza: El amor del Señor no tiene fin, ni se han agotado sus bondades. Cada mañana se renuevan; ¡qué grande es su fidelidad! Y me digo: ¡El Señor lo es todo para mí; por eso en Él confío! El Señor es bueno con los que en Él confían, con los que a Él recurren. Es mejor esperar en silencio a que el Señor nos ayude.
Lamentaciones 3:21-26 (Dios Habla Hoy).
En las buenas y en las malas dile:
“Jesús, yo confío en ti”
Viene el día
Los tiempos son peligrosos porque la sociedad está como en los días de Noé, el mundo está lleno de violencia y los pensamientos de la gente son malos, las personas son:
“hombres amadores de sí mismos, avaros, vanidosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, engreídos, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella. A esos evítalos.” 2 Timoteo 3:2-5.
Y debemos tener claro que la salvación no es una decisión hecha en el pasado y ya está, sino que tenemos que velar hasta el fin, pues los últimos tiempos ya están:
“por tanto, no durmamos como los demás, sino velemos y seamos sobrios. Pues los que duermen, de noche duermen, y los que se embriagan, de noche se embriagan. Pero nosotros, que somos del día, seamos sobrios, habiéndonos vestido con la coraza de fe y de amor, y con la esperanza de salvación como yelmo” 1 Tesalonicenses 5:6-8.
Leamos la Palabra de Dios en Miqueas 7:11-19 “Viene el día en que se edificarán tus muros; aquel día se extenderán los límites. En ese día vendrán hasta ti desde Asiria y las ciudades fortificadas, y desde las ciudades fortificadas hasta el Río, y de mar a mar, y de monte a monte. Y será asolada la tierra a causa de sus moradores, por el fruto de sus obras. Apacienta tu pueblo con tu cayado, el rebaño de tu heredad, que mora solo en la montaña, en campo fértil; busque pasto en Basán y Galaad, como en el tiempo pasado. Yo les mostraré maravillas como el día que saliste de Egipto. Las naciones verán, y se avergonzarán de todo su poderío; pondrán la mano sobre su boca, ensordecerán sus oídos. Lamerán el polvo como la culebra; como las serpientes de la tierra, temblarán en sus encierros; se volverán amedrentados ante Jehová nuestro Dios, y temerán a causa de ti. ¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado del remanente de su heredad? No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en misericordia. El volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados”.
El tiempo es un regalo de Dios y no se puede alterar la cantidad que nos da, de manera que debemos manejar las veinticuatro horas de cada día conforme a las demandas sobre nuestro tiempo que el Señor nos hace, y eso es lo que nos debe interesar. Jesús dijo:
“Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura; la noche viene, cuando nadie puede trabajar” Juan 9:4, y lo dijo para enseñarnos cómo usar el tiempo.
Si el tiempo de vida no se puede cambiar, lo que debemos hacer como hijos de Dios es saber lo que debemos hacer para Su reino, o sea, lo que nos corresponde a nosotros con nuestros diferentes dones y cargos, pues al final la tarea es por una misma causa, la predicación del evangelio de la salvación. Ya que el mundo ofrece muchas opciones, pues vivimos en tiempos engañosos, y las cosas que parecen ser buenas no siempre lo son, debemos orar por discernimiento para invertir nuestro tiempo en lo que realmente cuenta para la eternidad.
Debemos discernir y dar prioridad a hacer los trabajos para el Señor cuando necesitan ser hechos; no hay que postergarlos, ya que eso nos pone bajo presiones innecesarias y en el peligro de no tener tiempo para las cosas más importantes; pensemos, por ejemplo, en que si hay alguna persona que se está muriendo de cáncer, por el hecho de postergar la visita podemos perder la oportunidad de orar con ella, y perderíamos la paz con Dios por nuestra pereza; ¿has pensado en cuántas oportunidades has perdido por no trabajar para Dios mientras que el día dura?
No se trata de lo que uno tiene que hacer para ser salvo, porque “ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” Romanos 8:1, sino que debemos abrir los ojos de los que no creen para que vean los peligros que hay en la vida de hoy, y esforzarnos con nuestra fe para animarlos a vivir una vida que agrade a Dios; y no es solo para ellos, sino que es para el bien de nosotros mismos. “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos” 2 Corintios 13:5.
Dios te ama y quiere bendecirte y prepararte para el Reino de los Cielos, preparación que es un proceso donde nadie está listo todavía, “por tanto, dejando ya los rudimentos de la doctrina de Cristo, vamos adelante a la perfección” Hebreos 6:1, o “¿acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán ambos en el hoyo? El discípulo no es superior a su maestro; mas todo el que fuere perfeccionado, será como su maestro” Lucas 6:39-40, pero si no has comenzado aún, ¿no crees que ya es hora?
El mandato es....
La evangelización es fundamental para el crecimiento de la iglesia, y por lo tanto, del Reino de Dios; ¿qué lugar ocupa la evangelización en sus vidas? Nosotros, el Cuerpo de Cristo, tenemos un compromiso, movilizarnos para ganar almas para el Señor, y esta tarea evangelista no se realiza en el interior del templo, sino fuera de él:
“¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el que discute asuntos de este siglo? ¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo? Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación” 1 Corintios 1:20-21.
Dios extiende el Evangelio a través de sus instrumentos en la tierra, y esos instrumentos somos nosotros, los cristianos, y es por lo que un verdadero cristiano no pierde tiempo en su tarea de evangelización, como cuando:
“entrando Pablo en la sinagoga, habló con denuedo por espacio de tres meses, discutiendo y persuadiendo acerca del reino de Dios. Pero endureciéndose algunos y no creyendo, maldiciendo el Camino delante de la multitud, se apartó Pablo de ellos y separó a los discípulos, discutiendo cada día en la escuela de uno llamado Tiranno. Así continuó por espacio de dos años, de manera que todos los que habitaban en Asia, judíos y griegos, oyeron la palabra del Señor Jesús” Hechos 19:8-10.
En la palabra de Dios, leemos en Hechos 8:1-8 “Y Saulo consentía en su muerte. En aquel día hubo una gran persecución contra la iglesia que estaba en Jerusalén; y todos fueron esparcidos por las tierras de Judea y de Samaria, salvo los apóstoles. Y hombres piadosos llevaron a enterrar a Esteban, e hicieron gran llanto sobre él. Y Saulo asolaba la iglesia, y entrando casa por casa, arrastraba a hombres y a mujeres, y los entregaba en la cárcel. Pero los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio. Entonces Felipe, descendiendo a la ciudad de Samaria, les predicaba a Cristo. Y la gente, unánime, escuchaba atentamente las cosas que decía Felipe, oyendo y viendo las señales que hacía. Porque de muchos que tenían espíritus inmundos, salían éstos dando grandes voces; y muchos paralíticos y cojos eran sanados; así que había gran gozo en aquella ciudad”.
La palabra Evangelio viene de la palabra griega que significa “buenas noticias” y que tiene sus raíces en otra que significa “ángel”. Bien..., sabemos que ángel significa enviado o mensajero de Dios, y al convertirnos nos estamos comprometiendo con el Señor a ser sus mensajeros de las buenas nuevas que han transformado nuestras propias vidas, y por lo tanto, con nuestra experiencia y testimonio, proclamaremos el evangelio de salvación a la humanidad.
Mateo nos dice que “Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” Mateo 28:18-20
Jesús nos hace la invitación a evangelizar de una manera especial, ya que para poder comprender este mandato, primero tenemos que experimentar la buenas nuevas en nuestras propias vidas, mostrando los frutos.
domingo, 27 de enero de 2019
Dios no está sujeto a las matemáticas
“Uno solo de ustedes puede poner en fuga a mil; porque ustedes cuentan con la ayuda del Señor su Dios, que es quien pelea, tal y como lo prometió.” (Josué 23:10 RVC).
Saber que Dios hace suyas nuestras batallas, conforta nuestra alma. Tener la seguridad de que Dios nos capacita para enfrentar todo lo que se levanta en contra de nosotros que pretende destruir nuestra fe, nuestra familia, el ministerio y el servicio a Dios, nos anima a seguir en el camino del evangelio.
1. CON DIOS SOMOS MAYORÍA.
“…Cinco de vosotros perseguirán a cien, y cien de vosotros perseguirán a diez mil, y vuestros enemigos caerán a filo de espada delante de vosotros…” (Levítico 26:8).
Dios no está sujeto a la regla de tres. La regla de tres en matemáticas, es una forma de resolver problemas de proporcionalidad entre tres o más valores conocidos y una incógnita. En esta regla matemática se establece una relación lineal (proporcional) entre los valores involucrados. Si aplicamos la regla de tres simple directa a la proporción que Dios establece en Levítico 26:8, los resultados serían diferentes. La regla de tres simple directa, dice que si 5 persiguen a 100, entonces proporcionalmente, 100 deberían perseguir a 2.000 (100 x 100 ÷ 5 = 2.000). Pero Dios dice que 100 perseguirán a 10.000. Porque en lo espiritual rige la regla de un efecto acumulativo a medida que se avanza en las cuentas.
Cuando dependemos de Dios y hacemos equipo con Él, los resultados serán superiores a la suma de los resultados de esfuerzos individuales. Con Dios, aunque seamos menos, somos mayoría. Con Dios, aunque parezcamos inferiores, somos superiores. Con Dios, aunque parezcamos incompetentes, somos capaces. Con Dios, aunque seamos débiles, somos fuertes.
La historia de Gedeón en el A. Testamento corrobora esta verdad. Gedeón se enfrentó con 300 hombres a un numeroso ejército de madianitas, amalecitas e hijos del oriente. El cronista describe a este ejército enemigo como una plaga de langosta y compara a sus camellos con la arena del mar (Jueces 7:7 y 12). Era una batalla totalmente desproporcionada. Pero con Dios somos mayoría. El caso es que a Dios se le ocurrió reducir el ejército de Gedeón de 32.000 a 300 guerreros. (menos de un 1%). Dios quería evitar que la autosuficiencia y el orgullo les hicieran creer al pueblo de Israel que ellos habían derrotado a sus enemigos con sus propias fuerzas (Jueces 7:2). Quería demostrarles que la victoria dependía no de la fuerza o del número de soldados, sino de la obediencia y el compromiso con Él. Una de las actitudes que libera el poder de Dios a nuestro favor es la obediencia.
Ésta es una buena lección que debemos aprender todos los cristianos de hoy, que aunque seamos incapaces por nuestra debilidad humana, tenemos victoria sobre satanás, el mundo y la carne, únicamente a través del poder de Dios. David estaba convencido de que “Con Dios conseguiremos la victoria; ¡él pisoteará a nuestros enemigos!” (Salmos 108:13 PDT). [Zacarías 4:6]
Guarda Tu Corazón
“Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón, porque de él mana la vida. Aparta de ti la perversidad de la boca, y aleja de ti la iniquidad de los labios. Que tus ojos miren lo recto y diríjanse tus párpados hacia lo que tienes delante. Examina la senda de tus pies, y que todos tus caminos sean rectos. No te desvíes a la derecha ni a la izquierda; aparta tu pie del mal”.
Proverbios 4:23-27
El proverbista Salomón, hombre sabio e inteligente, escribió de manera sencilla una frase corta que nos lleva a reflexiones muy profundas. Porque cuando uno guarda algo, es porque lo protege, lo cuida, valora y estima.
Es de vital importancia que guardemos nuestro corazón físico. Pero siendo muy importante el corazón físico para la vida, es también igual de importante, o aún más, proteger nuestro corazón (lugar donde se asientan y producen nuestros pensamientos y sentimientos); lugar de donde pueden nacer las guerras, los pecados, las malas acciones y los deseos.
De nuestro corazón brota o aflora la vida. Vida que es nuestra, pero que también compartimos con otros. Por lo tanto, medita por favor, en la importancia de no permitir que el odio, el rencor y las raíces de amargura florezcan y se alojen en tu corazón. Es difícil, sí que lo es. Todos sabemos lo que se siente cuando te traicionan, cuando te hacen un mal o cuando te pagan un bien que hiciste con mal. Sabemos el dolor que se siente, y muchas veces uno quisiera tomar la venganza en sus manos. Explotar contra la persona que te lo hizo, cobrar o corresponder con el mismo mal.
Mas la Palabra dice que debemos vencer el mal con el bien. ¡Qué cosa más difícil a veces! Pero es el mejor camino. No debes permitir que tu corazón sea prisionero de sentimientos y actitudes tan negativas y dañinas. Porque finalmente, a la persona que más afectará lo que sientas es precisamente a ti mismo.
Los de Corazón limpio
«Bienaventurados los de corazón limpio, porque verán a Dios» (Mateo 5:8).
I. ¿Qué es el corazón? Abarca la voluntad, el asiento de los afectos y de los deseos. Es el Lugar Santísimo en el hombre, la cámara secreta del Espíritu.
II. ¿Qué es la limpieza? La limpieza implica la ausencia de todo aquello que pueda ensuciar o quebrantar la armonía de nuestro más elevado ser. Aire, agua u oro puros significan la ausencia de elementos contaminantes o rebajadores.
III. ¿Qué se entiende por un corazón limpio? Un corazón devuelto a su verdadera y original condición, traído a la perfecta armonía con la voluntad de Dios. El lenguaje de los de limpio corazón es: «El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado» (Salmos 40:8).
IV. ¿Cómo puede el corazón ser limpiado? El corazón, aunque engañoso más que todas las cosas, y perverso, puede ser limpiado:
1. Por la fe en la sangre expiatoria de Cristo (Hechos 15:9; Hechos 9:14).
2. Por una continua permanencia en la verdad (Juan 17:17; Efesios 5:26).
2. Por una continua permanencia en la verdad (Juan 17:17; Efesios 5:26).
V. ¿Cuál es la bienaventuranza de los de limpio corazón? «Verán a Dios».
1. En Cristo Jesús.
2. En las Escrituras.
3. En la providencia.
4. En sus propios corazones.
2. En las Escrituras.
3. En la providencia.
4. En sus propios corazones.
Persisten «como viendo al Invisible» (Hebreos 11:27).
VI. ¿Cómo es que solo los de limpio corazón pueden gozar de esta bienaventuranza? Porque la impureza ciega los ojos para no ver aquello que es puro y santo, así como los ojos con ictericia decoloran los objetos o como los vapores terrenales ocultan los cielos. «Cual es su pensamiento en su corazón, tal es Él» (Proverbios 23:7).
VII. ¿Es limpio, mi corazón? «Escudríñame, oh Dios» (Salmo 139:23).
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