El ser humano es propenso a desear lo bueno, lo excelente, lo conveniente para él mismo. Decir que preferimos un sueldo bajo a uno alto equivaldría a engañarnos, pues hemos nacido para ser ganadores y sobre todo felices. Sin embargo, no todo siempre sale a pedir de boca, no siempre se logra el éxito a la primera vez que lo intentamos, y esto puede causar un poco de frustración, tristeza, depresión, amargura y hasta envidia.
Es incongruente tener en nuestro haber esta negatividad que, sin darnos cuenta, nos destruye y hace de nosotros personas miserables, sin esperanza. Hasta llegamos a la autocompasión, ya que pensamos que somos las víctimas de la película y los demás son los villanos, y es en esta etapa cuando tratamos de encontrar defectos a nuestra “competencia” para justificar nuestra supuesta falta de éxito.
Lo cierto es que en vez de sentirnos mal porque aquella persona logró tal objetivo, deberíamos inspirarnos en él o ella, y es más, su éxito debe alentarnos y desafiarnos a ser más disciplinados, estudiosos con nosotros mismos. No se trata de opacar a nadie, como tampoco de sentirse inferior, porque esa persona tiene talentos tanto como tú y yo.
Ahora bien, usted se preguntará cómo evitarla. En primer lugar, debemos reconocer que se siente ese "recorrido" de envidia, y en el momento que la sentimos recorrer todo nuestro ser, es cuando debemos actuar de inmediato, antes de que sea demasiado tarde y se convierta en algo arraigado en nosotros.




