Nuestro objetivo como Iglesia es llevar a la gente a la fe en Jesús e integrarla en la familia de Dios. Y que nuestro carácter se parezca al de Cristo, glorificando a Dios y sirviendo en toda buena obra.
Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él. (Colosenses 3:17).
¡Qué fácil es acostumbrarse a lo bueno! Hasta tal punto nos habituamos a una buena casa, un buen automóvil, un buen trabajo o una familia sana que los damos por supuestos. En otras palabras, perdemos la perspectiva de que, en realidad,nada es nuestro, y dejamos de ser agradecidos con Dios. Esta es nuestra tendencia natural, pero ha de ser revertida en Cristo. En Cristo aprendemos a dar gracias a Dios siempre por todo, porque todo lo hemos recibido de Él como un préstamo temporal inmerecido que hemos de gestionar para su gloria.
Solemos dar gracias a Dios por aquellas cosas verdaderamente sorprendentes, por las cosas que nos “quitan la respiración”, pero ¿y por la respiración misma, que no nos la ha quitado sino que nos la ha seguido manteniendo a cada instante? No creas que eso es algo fútil; para que te hagas una idea, una persona respira aproximadamente 23.000 veces al día (por 364 días que hemos vivido ya de este año pasado, estamos hablando de que Dios nos ha concedido 8.372.000 milagros solo en 2016). Vamos a ver: ¿cuándo fue la última vez que le diste gracias por el complejo y maravilloso proceso de tu respiración?
Después de despedir a la multitud, subió al monte a orar aparte; y cuando llegó la noche, estaba allí solo. Mateo 14:23
Era una mañana atareada en el salón de la iglesia
donde yo estaba ayudando. Casi una docena de niños hablaban y jugaban. Con tanta
actividad, empezó a hacer calor en la habitación, y abrí la puerta. Un
muchachito consideró que esa era su oportunidad de escaparse. Entonces, cuando creyó que nadie lo veía, salió de puntillas. Cuando estaba a punto de alcanzarlo, no me
sorprendió que fuera derecho hacia los brazos de su papá.
El niño hizo lo que todos queremos hacer cuando
la vida se vuelve ardua y angustiosa: se escabulló para estar con su padre.
Jesús buscaba oportunidades para pasar tiempo en oración con su Padre celestial.
Según el Evangelio de Mateo, fue a un lugar solitario cuando lo seguía una
multitud. Al ver sus necesidades, los sanó y les dio de comer. Sin embargo,
después de eso, «subió al monte a orar aparte» (Mateo 14:23).
Aunque Jesús ayudó muchas veces a una gran cantidad
de personas, no permitió que esto lo agotara ni lo apresurara, sino que
alimentaba su comunión con Dios por medio de la oración.
¿Y qué sucede contigo? ¿Dedicarás tiempo a estar a
solas con Dios para experimentar la fortaleza y la satisfacción que solo Él
ofrece?
¿Qué te
produce mayor satisfacción: cumplir con las demandas de la vida o cultivar tu
relación con el Creador?
Cuando nos
acercamos a Dios, ¡refrescamos la mente y renovamos las fuerzas!
Hace ya un tiempo, un hombre castigó a su pequeña niña de 3 años por desperdiciar un rollo de papel de envoltura dorado.
El dinero era escaso en esos días, por lo que explotó de furia cuando vio a la niña tratando de envolver una caja para ponerla debajo del árbol de navidad.
Sin embargo, la niña le llevó el regalo a su padre la mañana siguiente y dijo: ‘”Esto es para ti, Papito’”.
Él se sintió avergonzado de su reacción furiosa, pero volvió a explotar cuando vio que la caja estaba vacía.
Le volvió a gritar diciendo: -”¿No sabes que cuando das un regalo a alguien, se supone que debe haber algo dentro?”
La pequeñita miró hacia arriba, con lágrimas en los ojos, y dijo:
– ”Oh papito, no está vacía, yo soplé besos para adentro de la caja. Todos para ti, papi.”
El padre se sintió morir, puso sus brazos alrededor de su niña y le suplicó que lo perdonara.
He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que aman su venida. 2 Timoteo 4:7, 8. Cuando Pablo finalmente llegó a Roma, las autoridades no lo encarcelaron sino que le permitieron vivir en una casa alquilada. Aunque estaba bajo guardia armada, se le dio libertad para recibir visitas en cualquier momento.
Y después de casi dos años de arresto domiciliario, Pablo fue llevado ante el emperador Nerón, para enfrentarse a las acusaciones. Nerón era tan cruel que hasta había matado a su propia madre. Pero la mano de Dios estaba sobre su siervo y, para sorpresa de todos, Nerón comprendió que Pablo era inocente y lo dejó libre. Pero apenas había comenzado Pablo a volver a visitar a las iglesias en Grecia y Asia Menor, hubo un terrible incendio en Roma que quemó una buena parte de la ciudad. Los rumores de que el mismo Nerón era responsable del incendio recorrieron todas las calles. El pueblo se encolerizó y enfureció, y para disculparse a sí mismo y, al mismo tiempo, para quitar de la ciudad a una clase que temía y odiaba, Nerón dirigió la acusación sobre los cristianos. Su ardid tuvo éxito, y millares de los seguidores de Cristo, hombres, mujeres y niños, fueron cruelmente martirizados. Pablo sabía que no tenía mucho tiempo. Por lo que trabajó más que nunca visitando a las iglesias y alentando a los creyentes. Los judíos incrédulos habían estado buscando alguna manera de detenerlo, así que, acusaron a Pablo de ser el pirómano que había comenzado el fuego en Roma. Pablo no tenía un abogado que lo defendiera, pero cuando estuvo valientemente en pie delante del Emperador, le contó la verdad acerca de Dios. Nerón no había oído nunca antesalgo como eso, y por un momento este sanguinario gobernante quiso realmente cambiar. Pero ese momento pasó, y Nerón puso al gran apóstol en un calabozo oscuro y, más tarde, lo mandó decapitar. La última carta de Pablo fue para Timoteo, el ex adolescente que se había unido a Pablo y a Silas años antes. Aunque estaba sentado en prisión, aparentemente derrotado, las palabras del anciano apóstol brillaban de triunfo, mientras su pluma las trazaba sobre las páginas. Pablo bajó al sepulcro ganando la aprobación de Dios, mientras que Nerón, quien se había apartado de la verdad, terminó suicidándose cuando tenía solo 32 años.
“Dios mío, no te alejes de mí. Dios mío, ven pronto a ayudarme. Que perezcan humillados mis acusadores; que se cubran de oprobio y de ignominia los que buscan mi ruina. Pero yo siempre tendré esperanza, y más y más te alabaré”.
(Salmos 71: 12 -14 NVI)
Mi Dios, eres mi vida, la única constante en mis caídas y en mis más grandes victorias. Has estado siempre a mi lado dándome esperanza y eso te lo agradezco. Te necesito, más aún cuando siento desfallecer…
No soy de hierro, aunque ocasionalmente lo parezca, pero en realidad estoy hecha de carne y hueso; carne que con el tiempo se malogra y hueso que se convertirá en polvo, volviendo a mi estado original.
Dame fuerzas hoy Señor, no las tengo. Me sofocan las dudas, las lágrimas me ahogan, y la respiración agitada y consumida por la desesperación me hace pensar en que te necesito más que nunca.
El engaño pulula en el ambiente, es real y a la vez desconocido para mí, pero no para ti mi Dios. Conoces cada poro de mi piel, mis pensamientos y mi alma, y sabes que me siento desmayar…Quiero cerrar los ojos, encontrarte entre mis sueños, tener una conversación seria contigo, preguntarte tantas cosas, entender este entrenamiento duro, gélido y destructivo.
Moriré y volveré a vivir, porque es por ti y para ti que respiro. Quiero demostrártelo hasta que tú decidas que mi historia continúa como ciudadana de un cielo que anhelo conocer.
Me ahogo, me asfixio entre mis lágrimas, en la falsa esperanza de promesas no cumplidas. Pero no me rindo, avanzaré, seguiré de tu mano que me sostiene; mi alma llora amargamente por mi incapacidad de flotar por encima de las circunstancias, al pasar ese camino estrecho y empedrado rodeada por la más densa oscuridad.
Me abraza, me abruma, me aterra; inutilizada, bloqueada y anulada…mi alma llora, no hay remedio…Podrán desfallecer mi alma y mi corazón pero Tú permanecerás para siempre en mi mente, en mis entrañas, en mi interior.
Mi Dios, mi todo; apiádate de mí, de esta sierva tuya que pareciera perder, aunque ha sido vencedora desde el principio…escapo, se esfuman mis ilusiones y en verdad no sé si quiero ya atraparlas; parar, cambiar el rumbo de mi destino; respirar, contar hasta 10 y permitir que mis fuerzas sean renovadas para volar hacia la libertad.
Mi amor, mi único y verdadero amor, Jesús…
Me restaurarás, nunca paras de hacerlo.
Viví un sueño y desde hoy debe renovarse. Aquel se desvanece como la bruma al salir el sol; hoy nace en mí un nuevo propósito, vivir por ti, para ti y SIEMPRE junto a ti.
“Me has hecho pasar por muchos infortunios, pero volverás a darme vida; de las profundidades de la tierra volverás a levantarme. Acrecentarás mi honor y volverás a consolarme”.
Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría. Salmo 90:12 Vivimos en una sociedad invadida de señales de advertencia. Desde los avisos y exención de responsabilidades en píldoras, las fechas de caducidad en sobres de sopa, hasta los indicadores de peligro en sierras eléctricas, estas etiquetas procuran evitar peligros latentes. Hace poco, recibí una caja con un precioso regalo. El envoltorio tenía una enorme etiqueta adhesiva roja que decía: Frágil; manejar con cuidado. Cuando pienso en la fragilidad de la vida, me pregunto si no deberíamos colocarnos todos uno de esos adhesivos colorados. No es buena idea andar por la vida pensando que somos invencibles y que todo va a salir bien, para después descubrir que somos mucho más frágiles de lo que pensábamos. Solo hace falta una llamada del médico diciendo que tenemos una enfermedad casi mortal, o el viraje brusco de un conductor descuidado delante de nosotros, para que recordemos que la vida es totalmente incierta. ¡No hay garantía de nada! Nadie puede estar seguro de que seguirá respirando. Por eso, el salmista da un consejo importante… una etiqueta de advertencia, por así decirlo: «Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría» (Salmo 90:12). Decidamos vivir como si fuera nuestro último instante en este mundo, amando más intensamente, con mayor disposición a perdonar, dando más generosamente y hablando con más delicadeza. Esta es la manera de manejar la vida con cuidado. El ayer pasó; el mañana es incierto; el hoy está aquí ahora, usémoslo sabiamente.
Donde esté tu riqueza, allí estará también tu corazón” (Mateo 6:21).
Es innegable que la mentalidad capitalista se ha impuesto hoy en el mundo. Dondequiera que se viva, tener dinero, bienes materiales, vestir bien, etc., son valores en alza en nuestra sociedad. Los valores cambian de generación en generación, y esta generación nuestra da un gran valor a las riquezas. El materialismo nos ha invadido, por lo que ¿es correcto, bueno, positivo que nosotras, las mujeres cristianas, tengamos una mentalidad de este tipo? Decía el gran filósofo alemán Arthur Schopenhauer que “la riqueza es como el agua salada; cuanta más se bebe, más sed da”. Y ése es precisamente el problema que plantea el amor al dinero y el estilo de vida que deriva de él, que nos vuelve insaciables. Endeudarse, querer tener cada vez más, y por eso endeudarse más y más, pagar esas deudas, en fin, buscar cualquier manera posible para hacer más y más dinero… Es un círculo vicioso difícil de romper. Por eso mismo, “el amor al dinero es raíz de toda clase de males; y hay quienes, por codicia, se han desviado de la fe y se han causado terribles sufrimientos” (1 Timoteo 6:10). Entre el amor al dinero y la desviación de la fe hay un espacio muy pero que muy pequeño.
“El que está satisfecho con su parte es rico”, dijo Lao-tsé. Pero hace falta madurez para saber valorar este tipo de riqueza. Como mujeres valoramos mucho la seguridad, y es fácil que lleguemos a creer que nuestra seguridad depende en gran medida de nuestra cuenta bancaria, pero este pensamiento, en sí mismo, encierra un enorme engaño que nos desvía de la fe. Nuestra seguridad no está en nada material, nuestra seguridad está única y exclusivamente en Dios.
Dios ha sido fiel y siempre lo será, celebramos que con su poder venceremos.
Feliz Navidad y exitoso año nuevo para ti y tu familia. Que la luz de la esperanza nunca se apague en ti
y que Dios te bendiga siempre. Mis deseos para ti son que seas guiado por Dios en todo lo que hagas, que sean quitados los obstáculos del camino y alcances lo que tienes planeado según los planes de Dios para tu vida. Siempre tendremos pruebas que superar, problemas que resolver, pero a medida que damos pasos de fe vemos la mano de Dios con nosotros. Recuerda que todo lo puedes en Cristo Jesús, que un día nació para darte libertad y victoria, para darte una vida abundante y de paz.
No os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad. 2 Pedro 1:16
Los que visitábamos a mi padre hospitalizado, nos
reíamos a carcajadas: dos viejos chóferes de camiones, un ex cantante de música
country, un artesano, dos mujeres de granjas vecinas y yo.
«… después, se levantó y me partió una botella en la
cabeza», dijo el artesano, para terminar su historia sobre una pelea en un
bar. Mi padre, mientras luchaba contra su cáncer e
intentaba conseguir un poco de aire para reírse, dijo para que se cuidaran de lo
que contaban: «Randy es pastor». Aunque se callaron durante unos segundos,
estallaron de risa ante la noticia.
Unos 40 minutos después, el artesano aclaró su
garganta, miró a mi padre y se puso serio: «Howard, ahora ya no bebo más ni
peleo en bares. Todo eso pasó. Tengo una nueva razón de vivir. Quiero contarte
sobre mi Salvador». Y lo hizo, sin prestar atención a la leve
reticencia de mi padre.
Nunca escuché una manera más delicada de presentar
el evangelio. Años más tarde, mi padre también creyó en Jesús.
Fue el sencillo testimonio de una viejo amigo que
vivía una vida sencilla, y eso me recordó que lo sencillo no es ni ingenuo ni
estúpido, sino directo y sin pretensiones… como Jesús; como la salvación.
Señor, que
pueda ver esas oportunidades en que los corazones están preparados para oír de
ti y les hable de tu amor. Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo,y enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado. Y yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.» Amén. Mateo 28:19-20