«De igual manera, el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad, porque no sabemos orar como es debido, pero el Espíritu mismo ruega a Dios por nosotros, con gemidos que no pueden expresarse con palabras».
Romanos 8: 26, DH
Muchos son los que, aunque se esfuerzan por guardar los mandamientos de Dios, tienen poca paz y alegría. Ese vacío en su experiencia es el resultado de no ejercer la fe debidamente. Caminan como si estuvieran en un desierto. Exigen poco, cuando podrían pedir mucho, ya que las promesas de Dios son ilimitadas. No representan correctamente la santificación que se obtiene mediante la obediencia. Pero el Señor desea que todos sus hijos sean felices, llenos de paz y obedientes, y mediante el ejercicio de la fe el creyente llega a poseer estas bendiciones. Mediante ella puede suplirse cada deficiencia del carácter, purificarse de cada contaminación, corregirse de cada falta, desarrollar cada excelencia.
Fue en el monte con Dios, donde Moisés contempló el modelo de aquel maravilloso edificio donde debía morar su gloria. Es en el monte con Dios - en el lugar secreto de comunión - donde nosotros podemos contemplar Su glorioso ideal para la humanidad. En todas las edades, mediante la comunión con el cielo, Dios ha cumplido su propósito para sus hijos, desarrollándolos gradualmente ante sus mentes, las doctrinas de la gracia. Su manera de impartir la verdad se ilustra con las siguientes palabras: «Tan cierto como que sale el sol» (Oseas 6: 3, NVI). El que se coloca donde Dios puede iluminarlo, va, por decirlo así, desde la oscuridad parcial del alba hasta la plena luz del mediodía.





