Un muchacho vivía solo con su padre, y ambos tenían una relación extraordinaria y muy especial.
El joven, que pertenecía al equipo de fútbol americano de su colegio, habitualmente no tenía la oportunidad de jugar; bueno, casi nunca, sin embargo su padre siempre estaba en las gradas haciéndole compañía.
El joven, que pertenecía al equipo de fútbol americano de su colegio, habitualmente no tenía la oportunidad de jugar; bueno, casi nunca, sin embargo su padre siempre estaba en las gradas haciéndole compañía.
Durante su vida en la secundaria, lo recordaron como el calentador de banquillos porque siempre permanecía sentado… Su padre con su espíritu de luchador, siempre lo alentaba desde las gradas, dándole compañía, palabras de ánimo y el mejor apoyo que ningún hijo podía esperar. Cuando comenzó la universidad intentó entrar al equipo de fútbol; todos estaban seguros de que no lo lograría, pero a todos venció entrando al equipo.
El entrenador dio la noticia, admitiendo que lo había aceptado por cómo demostraba entregar su corazón y su alma en cada uno de los entrenos, al mismo tiempo que les daba a los demás el ejemplo perfecto. La noticia impactó y llenó por completo su corazón, corrió al teléfono más cercano y llamó a su padre, quien compartió con él su emoción. Le enviaba en todas las temporadas, entradas para que asistiera a todos los juegos de la universidad.

